La puerta metálica se abrió con un estruendo que hizo temblar todo el almacén.
Cinco agentes irrumpieron apuntando con sus linternas.
—¡Nadie se mueva!
Mateo levantó lentamente las manos.
Su rostro estaba completamente pálido.
Elena permaneció inmóvil, sujetando el teléfono donde guardaba la grabación que podía destruirlo para siempre.
El inspector se acercó.
—¿Quién hizo la llamada?
—Yo —respondió Elena sin apartar la vista de Mateo.
Le entregó el teléfono.
—Aquí está la confesión completa.
El agente presionó el botón de reproducción.
La voz de Mateo llenó el almacén.
—Cuando la fábrica desaparezca, Elena perderá todo. Nadie sospechará de mí.
Los policías intercambiaron miradas.
Pero antes de que la grabación continuara, Mateo comenzó a reír.
No era una risa nerviosa.
Era tranquila.
Casi victoriosa.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Qué te causa tanta gracia?
Mateo levantó lentamente la cabeza.
—Porque esa grabación está incompleta.
El inspector frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Mateo señaló el teléfono.
—Escúchenla hasta el final.
El agente dejó correr el audio.
Después de unos segundos de silencio apareció otra voz.

Era masculina.
Desconocida.
—Haz exactamente lo que te pedimos y tu familia seguirá con vida.
Elena abrió los ojos con incredulidad.
Nunca había escuchado esa parte.
La grabación continuó.
—No quería hacerle daño a Elena —respondía Mateo con la voz completamente quebrada—. Pero ustedes amenazaron con matar a mi hermano.
Toda la sala quedó en silencio.
Mateo respiró profundamente.
—Sí, traicioné a Elena.
Bajó la mirada.
—Pero jamás inicié el incendio.
Los agentes comenzaron a observarlo con atención.
—La fábrica ya estaba preparada para explotar cuando llegué.
El inspector preguntó con firmeza.
—¿Quién organizó todo?
Mateo levantó lentamente un dedo.
Señaló directamente a Elena.
Ella retrocedió sorprendida.
—¿Estás loco?
—No te estoy acusando a ti.
Mateo negó con la cabeza.
Su voz apenas era un susurro.
—Estoy señalando a la persona que está detrás de ti.
Elena giró instintivamente.
Su abogado, Álvaro, permanecía inmóvil cerca de la salida.
Era el hombre que la había acompañado durante los últimos cuatro años.
El mismo que había preparado todas las demandas contra la competencia.
El mismo en quien había confiado cada documento importante de la empresa.
Álvaro sonrió lentamente.
Aplaudió dos veces.
—Debo admitir que llegaste mucho más lejos de lo que esperaba, Mateo.
Elena sintió que las piernas dejaban de responderle.
—¿Qué… qué estás diciendo?
El abogado metió una mano dentro del bolsillo de su saco.
Sacó un pequeño control remoto negro.
—Durante años ustedes dos pelearon entre sí.
Miró fijamente a Elena.
—Y nunca imaginaron que quien destruyó realmente su imperio estuvo sentado a su lado en cada reunión.
El inspector dio un paso adelante.
—¡Suelte ese dispositivo!
Álvaro sonrió sin mostrar el menor miedo.
Luego presionó el botón rojo.
En ese mismo instante, una explosión sacudió el edificio desde los pisos inferiores.
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