Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
La limusina negra acababa de detenerse frente a la mansión.
Dos asistentes abrieron la puerta con rapidez.
Un hombre de cabello gris descendió con paso firme.
Los sirvientes palidecieron al reconocerlo.
Era don Alejandro Montes.
El fundador del grupo empresarial y propietario de toda la fortuna familiar.
La madrastra perdió inmediatamente la sonrisa.
—¿Papá… qué hace aquí?
Don Alejandro ni siquiera la miró.
Sus ojos estaban clavados en Lucía.
La pequeña seguía de pie junto a Mateo, con el vestido manchado y los ojos enrojecidos por el llanto.
El anciano caminó lentamente hasta ella.
Se arrodilló.
Con delicadeza acarició su cabello.
—¿Quién te hizo llorar?
Lucía bajó la mirada sin responder.
Mateo dio un paso al frente.
—La echaron de la mesa porque dijeron que no merece formar parte de esta familia.
El salón quedó en absoluto silencio.
Don Alejandro se levantó despacio.
Su rostro, normalmente sereno, reflejaba una furia contenida.
Miró al padre de los niños.
—¿Tú permitiste esto?
El hombre no encontró palabras.
Solo bajó la cabeza avergonzado.
La madrastra intentó intervenir.
—Todo fue un malentendido…
Pero el anciano levantó la mano para hacerla callar.
—He visto toda la transmisión.
La vi desde el automóvil antes de entrar.
Más de un millón de personas también la vieron.
Nadie volvió a respirar.
Don Alejandro sacó una carpeta de cuero.
La dejó sobre la mesa.
—Hace seis meses mandé realizar una auditoría privada porque sospechaba que alguien estaba utilizando mi nombre para manipular la herencia.
La madrastra comenzó a temblar.
El anciano abrió el expediente.
Dentro había transferencias bancarias.
Documentos notariales.
Y varias conversaciones impresas.
—Aquí están las pruebas de que intentaste modificar mi testamento sin mi autorización.
Los invitados soltaron un murmullo de asombro.
La mujer negó desesperadamente.
—¡Eso es falso!
Entonces Mateo sonrió.
—Todavía falta lo más importante.
Sacó una memoria USB del bolsillo.
La conectó al televisor del comedor.
En la pantalla apareció una grabación realizada semanas antes.
Se veía claramente a la madrastra ofreciendo dinero al notario para excluir a Lucía de toda la herencia.
El padre quedó completamente paralizado.

—¿Cómo… conseguiste esa grabación?
Mateo respondió con calma.
—Porque el notario decidió entregármela antes de morir.
Sabía que algún día intentarían destruir a mi hermana.
Don Alejandro cerró lentamente la carpeta.
Después miró a todos los presentes.
—A partir de este momento, todos los poderes de administración quedan anulados.
Y el nuevo fideicomiso entra en vigor hoy mismo.
La madrastra sonrió con alivio, creyendo que aún conservaba una oportunidad.
Pero el anciano pronunció la frase que destruyó todas sus esperanzas.
—La única heredera universal de esta familia… siempre fue Lucía.
Lee la Parte 3.