PARTE 2: LA CARTA ENSANGRENTADA.

El sobre cayó al suelo con un golpe seco que rompió el silencio.

Todos dirigieron la mirada hacia la puerta principal.

El hombre caminó lentamente hasta recogerlo.

Sobre el sello de cera roja había un símbolo que jamás pensó volver a ver.

Su expresión cambió de inmediato.

La mujer notó el temblor de sus manos.

—¿Qué ocurre?

Él guardó silencio.

El pequeño Xiaoxing abrazó con fuerza la pierna de su padre.

—Papá…

El hombre acarició suavemente su cabeza.

—No pasa nada.

Pero todos comprendieron que estaba mintiendo.

Rompió el sello y desplegó la carta.

Solo había una frase escrita con tinta oscura.

“Una deuda de hace diez años jamás desaparece.”

Su respiración se detuvo por un instante.

La mujer dio un paso hacia él.

—¿Quién la envió?

Él dobló lentamente el papel.

—Alguien que creía muerto.

Los sirvientes comenzaron a inquietarse.

El anciano mayordomo palideció al ver el emblema grabado en el sobre.

—Ese sello…

Nadie respondió.

El hombre levantó la vista hacia la ventana.

La sombra que los observaba ya había desaparecido.

Corrió hasta el jardín.

Solo encontró huellas recientes sobre la tierra mojada.

Y una pequeña medalla de jade.

Al verla, la mujer dejó escapar un grito ahogado.

—Esa medalla…

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—La llevaba mi hermano el día que desapareció.

El hombre la miró sorprendido.

—¿Estás segura?

Ella asintió sin dudar.

Durante años creyó que su hermano había muerto en un accidente.

Pero aquella medalla jamás apareció entre sus pertenencias.

El hombre cerró el puño con fuerza.

Todo empezaba a encajar.

La desaparición del hermano.

Las amenazas recibidas años atrás.

Y el ataque que destruyó su antigua familia.

No habían sido hechos aislados.

Siempre existió un responsable.

En ese momento sonó el teléfono de la mansión.

El hombre respondió sin apartar la vista de la oscuridad.

Una voz distorsionada habló lentamente.

—Disfruta esta noche con tu esposa y con Xiaoxing.

Porque será la última vez que los veas juntos.

La llamada terminó.

Un escalofrío recorrió la espalda de todos.

El hombre levantó a Xiaoxing entre sus brazos y tomó la mano de la mujer.

Su mirada ya no reflejaba culpa.

Solo determinación.

—Esta vez no voy a huir.

Entonces, desde la carretera frente a la mansión, comenzaron a encenderse decenas de faros.

Una larga fila de vehículos negros avanzaba lentamente hacia la entrada principal.

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