Consuelo sintió que las manos le temblaban.
Durante unos segundos fue incapaz de abrir el sobre.
Su nombre seguía escrito con la misma caligrafía elegante que recordaba de tantos años atrás.
“Para Consuelo”.
La fecha correspondía a veintisiete años antes.
Lucero la observaba sin respirar.
—Ábralo, abuela.
Consuelo rompió cuidadosamente el sobre.
Dentro había una carta doblada y una pequeña llave de bronce.
La carta comenzaba con una frase que la dejó inmóvil.
“Si estás leyendo esto, significa que Perfecta nunca cumplió mi última voluntad.”
Consuelo reconoció inmediatamente la firma.
Era de don Ernesto.
El antiguo dueño de la hacienda.
El hombre para quien había trabajado casi toda su vida.
Con los ojos llenos de lágrimas continuó leyendo.
“Sé que mi enfermedad avanza y no estoy seguro de llegar a tiempo para protegerte.”
“Durante cuarenta años fuiste la persona más leal que conocí.”
“El dinero escondido en este colchón te pertenece.”
Consuelo dejó escapar un sollozo.
Lucero siguió leyendo en voz alta.
“Es el pago de todos los salarios, aguinaldos y prestaciones que nunca recibiste porque mi esposa insistía en administrarlo todo.”
La anciana sintió que el pecho le dolía.
Toda una vida trabajando.
Toda una vida creyendo que jamás había merecido nada.
Y aquel dinero había estado esperándola durante décadas.
Pero la carta continuaba.
“Si Perfecta decidió entregarte el colchón, fue porque jamás imaginó lo que escondía.”
Lucero levantó la vista.
—¿Ella nunca supo que estaba aquí?
Consuelo negó lentamente.
Don Ernesto había preparado todo antes de morir.

También había escondido la llave.
Y una última instrucción.
“Ve al despacho antiguo de la hacienda. La llave abre el último cajón de mi escritorio.”
Las dos se miraron en silencio.
A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, Consuelo y Lucero entraron discretamente en la vieja oficina que llevaba años cerrada.
La cerradura cedió al primer intento.
Dentro del cajón encontraron un segundo sobre.
Esta vez había documentos notariales.
Recibos.
Escrituras.
Y un cuaderno donde don Ernesto registraba cada pago destinado a Consuelo.
Ninguno aparecía firmado por ella.
Todos llevaban una sola anotación escrita por él.
“Perfecta retiró el dinero.”
Lucero sintió un escalofrío.
—Abuela…
Pasó la siguiente página.
Había una lista de todas las trabajadoras de la hacienda.
Junto a cada nombre aparecía la misma observación.
Salarios retenidos.
Prestaciones nunca entregadas.
Liquidaciones inexistentes.
Consuelo comprendió que no había sido la única víctima.
Mientras revisaban el último compartimento del escritorio apareció un pequeño cassette.
Sobre la etiqueta podía leerse:
“Reproducir únicamente si algún día Consuelo descubre la verdad.”
Lucero encontró un viejo reproductor cubierto de polvo.
Presionó el botón.
La voz de don Ernesto llenó lentamente la habitación.
—Consuelo… si escuchas esto, significa que fracasé.
La anciana comenzó a llorar.
—Intenté dejarte protegida, pero descubrí demasiado tarde que mi propia esposa llevaba años robando el dinero destinado a quienes levantaron esta hacienda conmigo.
En ese momento se escuchó un fuerte golpe detrás de ellas.
La puerta del despacho acababa de cerrarse.
Consuelo giró lentamente.
Doña Perfecta estaba allí.
No venía sola.
Detrás de ella había dos hombres y un abogado.
La patrona sonrió con absoluta frialdad.
—Así que finalmente encontraron lo que llevé veintisiete años buscando.
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