PARTE 2: LA DUEÑA EN LAS SOMBRAS.

Nadie se atrevió a romper el silencio.

Los documentos seguían abiertos sobre la mesa.

El anciano inversionista respiró hondo antes de levantar la vista.

—Las acciones son auténticas… fueron transferidas esta mañana a nombre de la señora Isabel Ferrer.

El presidente ejecutivo golpeó la mesa.

—¡Eso es imposible! ¡Yo habría sido notificado!

La joven sonrió sin perder la calma.

—Lo fuiste.

Sacó una pequeña tarjeta de acceso de su bolsillo.

—Hace seis meses recibiste un sobre certificado. Lo rompiste sin leerlo y ordenaste que lo tiraran a la basura.

Varios directivos comenzaron a mirarse entre ellos.

Recordaban perfectamente aquel incidente.

El presidente había dicho que no perdía tiempo con “correo de desconocidos”.

—¿Quién eres realmente? —preguntó uno de los consejeros.

La mujer dejó lentamente los guantes de limpieza sobre la mesa.

—Mi nombre no es Laura, como aparece en mi uniforme.

Hizo una pausa.

—Soy Isabel Ferrer.

El nombre cayó sobre la sala como una sentencia.

Dos inversionistas se pusieron de pie de inmediato.

—¿La hija del fundador?

Ella asintió.

Veinte años atrás, tras la muerte del fundador del grupo, todos creyeron que la única heredera había vendido su participación y abandonado el país.

Eso era exactamente lo que el antiguo consejo de administración había querido que el mundo creyera.

—Mientras ustedes celebraban ascensos y repartían bonificaciones, yo limpiaba estas oficinas.

Miró uno por uno a los ejecutivos.

—Escuché cada conversación.

Cada soborno.

Cada contrato inflado.

Cada pago ilegal.

El presidente intentó recuperar el control.

—Todo eso son acusaciones sin pruebas.

Isabel pulsó un pequeño control remoto.

Las pantallas de la sala se encendieron al mismo tiempo.

Comenzaron a reproducirse grabaciones de audio.

La voz del director financiero negociando comisiones ilegales.

La del vicepresidente alterando licitaciones.

La del propio presidente ordenando destruir documentos antes de una auditoría.

El rostro de todos perdió el color.

—¿Cómo obtuviste esas grabaciones? —preguntó alguien.

—Porque nadie presta atención a quien limpia los despachos.

Un guardia de seguridad entró en la sala.

No venía solo.

Detrás de él aparecieron auditores externos y varios abogados del conglomerado.

La directora jurídica tomó la palabra.

—A partir de este momento quedan suspendidos todos los poderes ejecutivos del consejo.

El presidente señaló a Isabel con desesperación.

—¡Ella planeó esto durante años!

—Exactamente —respondió ella—. Porque necesitaba descubrir quién traicionó a mi padre.

La sala quedó completamente inmóvil.

El presidente soltó una risa nerviosa.

—¿Todavía crees que tu padre murió por casualidad?

Isabel sintió un escalofrío.

Durante años había pensado que se trató de un infarto.

El hombre abrió lentamente un viejo maletín que siempre llevaba consigo.

Sacó una fotografía amarillenta.

En ella aparecía el fundador de la empresa sonriendo junto a cuatro hombres.

Tres seguían sentados alrededor de aquella misma mesa.

El cuarto era un rostro completamente desconocido para Isabel.

El presidente dejó la fotografía frente a ella.

—La persona que ordenó la muerte de tu padre nunca trabajó en esta empresa.

Hizo una pausa mientras una sonrisa amarga aparecía en su rostro.

—Y en este momento… ocupa uno de los cargos más poderosos del país.

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