Doña Elena dejó caer el teléfono sobre el mármol.
Sus manos temblaban sin control.
—Eso… eso debe ser un error…
Lucía guardó silencio.
Por primera vez desde que entró en aquella mansión, ya no parecía una joven intimidada.
Carlos la observó confundido.
—Lucía… ¿qué está pasando?
Ella respiró profundamente.
—Hay cosas que nunca pude contarte.
El abogado que acababa de llegar a la casa dio un paso al frente.
Llevaba un portafolio negro con el emblema del Grupo Altamira.
—Señora Lucía, todos los documentos ya fueron ejecutados.
Abrió la carpeta.
Dentro había certificados de acciones.
Actas notariales.
Y una carta firmada por el fundador del conglomerado.
Doña Elena intentó acercarse.
El abogado cerró inmediatamente la carpeta.
—Lo siento.
Usted ya no tiene ninguna autoridad para revisar estos documentos.
Carlos seguía sin comprender.
—¿Heredera de qué?
Lucía levantó lentamente la mirada.
—Hace veinte años mi abuelo creó el Grupo Altamira.
Cuando falleció, mi padre decidió ocultar nuestra identidad para que yo pudiera crecer lejos de los intereses económicos.
Doña Elena comenzó a negar desesperadamente.
—¡Eso es imposible!
El abogado sonrió con serenidad.
—No lo es.
Durante los últimos tres años la señorita Lucía trabajó bajo un nombre discreto.
Nadie en esta familia sabía quién era realmente.
Porque esa fue la condición impuesta por su padre antes de entregarle el control definitivo del grupo.
Carlos tomó la mano de Lucía.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Ella lo miró con tristeza.
—Porque quería saber si alguien podía quererme sin conocer mi apellido.
El silencio invadió la sala.
Entonces el abogado colocó otro documento sobre la mesa.
—Hay un asunto adicional.
Doña Elena observó el papel.
Su rostro perdió todo el color.
Era un contrato de préstamo.
Años atrás había utilizado acciones del Grupo Altamira como garantía para financiar varios negocios.
Aquellas acciones nunca le pertenecieron legalmente.
Habían sido utilizadas mediante documentos falsificados.
El abogado habló con firmeza.
—Por esa razón, todas sus cuentas han sido congeladas mientras concluye la investigación.
La hija de Doña Elena rompió a llorar.
—¿Entonces… mi boda?
—Los fondos con los que pensaban celebrarla están bajo investigación judicial.
Nadie dijo una palabra.
Carlos abrazó a Lucía.
—No me importa el dinero.
Solo quiero irme contigo.

Lucía sonrió por primera vez.
Pero antes de responder, otro abogado entró apresuradamente en la mansión.
Traía un sobre lacrado.
—Señorita Lucía…
Acabamos de localizar el testamento privado de su padre.
Hay una cláusula que nadie conocía.
Solo debía abrirse si alguien intentaba comprar su matrimonio o humillarla por dinero.
Lucía rompió el sello lentamente.
Mientras leía las últimas líneas, levantó la vista hacia Doña Elena.
Sus ojos ya no reflejaban tristeza.
Solo una absoluta determinación.
Porque aquel documento no solo cambiaba el futuro de la boda.
También decidía quién conservaría… y quién perdería para siempre toda su fortuna.
Lee la Parte 3.