PARTE 2: LA LLAVE MANCHADA DE SANGRE.

Elena apenas alcanzó a cruzar el umbral trasero cuando una mano cubierta con un guante negro la sujetó del brazo con una fuerza brutal.

Ella abrió la boca para gritar.

Pero el desconocido colocó un dedo sobre sus labios.

—Si quieres seguir con vida, deja de correr.

La lluvia caía con tanta intensidad que apenas podía distinguir su rostro bajo la capucha oscura.

—¿Quién eres?

—Alguien que acaba de salvarte.

Dentro de la mansión comenzaron a escucharse voces desesperadas.

—¡Cierren todas las salidas!

—¡No dejen escapar a Elena!

El hombre soltó lentamente el brazo de la joven.

—Todos creen que mataste al abuelo.

—¡Yo no hice nada!

Las lágrimas se mezclaban con el agua que resbalaba por su rostro.

—Lo sé.

Aquella respuesta hizo que Elena se quedara completamente inmóvil.

—Porque el verdadero asesino sigue dentro de esa casa.

Un relámpago iluminó el jardín durante un segundo.

El hombre sacó del bolsillo un pequeño sobre impermeable.

—El abuelo me pidió que te lo entregara únicamente si él moría esta noche.

El corazón de Elena comenzó a golpear con violencia.

Abrió el sobre con manos temblorosas.

Dentro había una fotografía antigua.

En ella aparecía el abuelo abrazando a una niña pequeña.

Aquella niña era Elena.

Pero había otra persona junto a ellos.

Una mujer cuyo rostro había sido cuidadosamente recortado con unas tijeras.

Detrás de la fotografía había una frase escrita con la letra del anciano.

“Perdóname por ocultarte la verdad durante veintitrés años.”

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué significa esto?

El desconocido respondió sin apartar la vista de la mansión.

—Tú nunca fuiste la nieta del abuelo.

—¿Qué?

—Eres su hija.

El mundo entero pareció detenerse.

Antes de que pudiera reaccionar, un disparo rompió el silencio de la madrugada.

La bala impactó contra el tronco del árbol que estaba junto a ellos.

—¡Ahí están! —gritó una voz desde la terraza.

Varias linternas comenzaron a iluminar el jardín.

El hombre empujó a Elena detrás de unos arbustos.

—Nos encontraron.

Dentro de la mansión, Gabriel observaba la escena desde una ventana con una expresión completamente distinta a la de un hijo desesperado.

Sonreía.

Lentamente levantó un teléfono y dijo con absoluta calma:

—Fallaste.

Entonces, desde la oscuridad del bosque, una voz femenina respondió con frialdad:

—No te preocupes… todavía no sabe quién mató realmente a su padre.

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