El grito de Santiago hizo que Mariana reaccionara antes de pensar.
—¡Al suelo! —ordenó mientras abrazaba a Emilia y jalaba a Mateo detrás del viejo mostrador de la panadería.
En ese mismo instante, los frenos de las tres camionetas chirriaron frente al edificio.
Los panaderos dejaron caer las charolas.
La dueña del local, doña Clara, apagó instintivamente las luces.
Santiago ya no estaba en la puerta.
Había cruzado la calle corriendo y se colocó delante del edificio con los brazos abiertos, mirando fijamente a los hombres que descendían de las camionetas.
El primero era un guardaespaldas que Mariana reconoció al instante.
Había trabajado durante años para su suegro.
Pero quien bajó después hizo que la sangre se le helara.
Verónica.
Vestía un traje blanco impecable, tacones altos y unas gafas oscuras que se quitó lentamente al levantar la vista hacia la ventana del departamento.
Sonrió.
—Sabía que tarde o temprano aparecerías, hermanita.
Mariana sintió que Emilia comenzaba a llorar en silencio.
Mateo, en cambio, permanecía inmóvil.
Observaba todo sin pestañear.
Abajo, Santiago dio un paso al frente.
—No te acerques.
Verónica soltó una carcajada.
—¿Ahora la proteges?
—Siempre debí hacerlo.
Aquellas palabras dejaron a Mariana completamente inmóvil.
Verónica también pareció sorprenderse.
—Qué conmovedor.
Se acercó unos pasos más.
—Lástima que llegues tres años tarde.
Santiago no retrocedió.
—¿Cómo encontraste este lugar?
Ella sonrió con arrogancia.
—La gente habla cuando recibe suficiente dinero.
Después levantó un sobre amarillo.
—Aunque la verdad… vine porque tú empezaste a hacer demasiadas preguntas.
Mariana frunció el ceño.
¿Qué preguntas?
Santiago permanecía completamente serio.
—Devuélveme ese sobre.
—¿Por qué? ¿Porque contiene la verdad?
El corazón de Mariana comenzó a latir con fuerza.
Verónica abrió lentamente el sobre.
Sacó varias fotografías.
Las levantó para que Santiago pudiera verlas.
—Tres años escondiendo a unos niños muy interesantes.
Santiago no apartó la mirada.
—Ellos no tienen nada que ver contigo.
—Pero sí con la fortuna Ferrer.
El silencio cayó sobre la calle.
Mariana sintió un escalofrío.
Verónica continuó hablando con absoluta tranquilidad.
—Papá murió hace dos semanas.
Santiago abrió los ojos.
Era evidente que no lo sabía.
—Antes de morir modificó el testamento.
Verónica sonrió.
—Toda la herencia depende de quién continúe el apellido Ferrer.
Mariana comprendió de inmediato por qué estaban allí.
No buscaban a los niños.
Buscaban a los herederos.
Desde la ventana, Emilia levantó la cabeza.
—Mami… esa señora da miedo.
Mariana la abrazó con fuerza.
Abajo, Santiago dio otro paso.
—Aléjate de ellos.
—¿O qué?
Verónica sacó lentamente otra carpeta.
—Todavía no le has contado lo mejor.
Santiago apretó los puños.
—Cállate.
Ella lo ignoró.
—¿Sabes qué fue lo más divertido de aquella noche en Las Lomas?
Mariana sintió que el aire desaparecía.
—Tú nunca me descubriste con Santiago.
Todos guardaron silencio.
Verónica sonrió mientras pronunciaba cada palabra con absoluta calma.
—Porque jamás pasó nada entre nosotros.
El mundo pareció detenerse.
Mariana dejó de respirar.
Santiago cerró lentamente los ojos.
—No…
Verónica levantó el teléfono.

En la pantalla apareció la famosa fotografía que había destruido el matrimonio.
La imagen donde ella abrazaba a Santiago dormido.
—¿La recuerdas?
Mariana sintió que las piernas le temblaban.
—La tomé después de ponerle un sedante en el whisky.
Nadie habló.
—Él nunca despertó.
El silencio era insoportable.
—Le desabotoné la camisa, me metí en la cama y tomé treinta fotografías desde distintos ángulos.
Santiago seguía inmóvil.
Como si hubiera esperado durante años escuchar aquella confesión.
Verónica rió.
—Después te envié la que más daño podía hacer.
Mariana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Todo…
Todo había sido una trampa.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
Durante tres años había odiado al hombre que aún permanecía frente al edificio dispuesto a recibir cualquier disparo por protegerla.
Santiago levantó lentamente la mirada hacia ella.
Sus ojos estaban llenos de dolor.
—Intenté explicártelo aquella noche…
La voz se le quebró.
—Pero desapareciste antes de escucharme.
Mariana apoyó una mano contra la pared para no caer.
Tres años.
Tres años huyendo.
Tres años criando sola a sus hijos.
Tres años creyendo una mentira.
Entonces uno de los escoltas de Verónica recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Se acercó rápidamente a ella y le susurró algo al oído.
La sonrisa de Verónica desapareció.
Giró lentamente hacia Santiago.
—Así que… ya encontraste el video.
Santiago no respondió.
Solo metió la mano dentro de su abrigo.
Sacó una pequeña memoria USB.
Y cuando Verónica la vio, el miedo reemplazó por primera vez toda su arrogancia.
Porque entendió que aquella memoria contenía la única prueba capaz de demostrar quién había organizado la trampa… y también quién había estado asesinando a cualquiera que intentara descubrirla.