Parte 2: LA MUJER QUE BEBIÓ DE LA BOTELLA

El estacionamiento de la estación de descanso estaba casi vacío.

Las luces blancas iluminaban el asfalto húmedo mientras varios automóviles permanecían detenidos junto a la tienda abierta las veinticuatro horas.

Apenas bajé del coche, vi a Marcus caminando de un lado a otro con el teléfono en la mano.

Su rostro estaba completamente pálido.

—Claire… gracias por venir.

—¿Dónde está Ethan?

No respondió de inmediato.

Solo levantó lentamente la mano y señaló hacia la parte trasera del edificio.

Sentí un nudo en el estómago.

Corrí sin esperar más explicaciones.

Al doblar la esquina escuché nuevamente aquella tos desesperada.

Era una mujer.

Estaba inclinada sobre un banco metálico, con los ojos completamente llorosos, respirando con dificultad mientras sostenía una botella de agua que apenas podía beber.

Un paramédico le hablaba con calma.

—Respire despacio.

—No fue una reacción alérgica grave.

—Solo una irritación muy fuerte.

Entonces vi a Ethan.

Permanecía junto a ella, sujetándole la espalda con una preocupación que jamás había visto cuando yo enfermaba.

Aquella imagen me atravesó el pecho.

Él levantó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Por un instante pareció olvidar cómo respirar.

—Claire…

Su voz apenas salió.

La mujer también levantó lentamente el rostro.

Y en ese mismo instante comprendí por qué Marcus había insistido en que fuera sola.

No era una amante cualquiera.

Era Emily.

La hermana menor de Ethan.

Sentí que el mundo entero daba un vuelco.

—¿Emily?

Ella abrió mucho los ojos.

—Claire… yo…

La observé sin entender absolutamente nada.

Emily vivía en Chicago.

Al menos eso era lo que Ethan me había repetido durante años.

Supuestamente trabajaba allí como arquitecta y apenas visitaba Ohio dos veces al año.

Entonces…

¿Qué hacía viajando con mi esposo?

Marcus se acercó lentamente.

—No es lo que parece…

Giré hacia él.

—¿De verdad crees que existe una explicación lógica para esto?

Nadie respondió.

Solo se escuchaba el ruido lejano de los camiones pasando por la autopista.

Finalmente Ethan dio un paso hacia mí.

—Déjame explicarte.

Retrocedí inmediatamente.

—Empieza por decirme por qué tu hermana está bebiendo de una botella que llevas escondida en la cajuela desde hace años.

El silencio volvió a caer.

Emily cerró lentamente los ojos.

Después murmuró:

—Porque… siempre compartimos esa botella.

Las palabras me dejaron completamente inmóvil.

Compartían.

Siempre.

No una vez.

No aquella noche.

Siempre.

Miré a Ethan.

—¿Cuántas veces?

Él bajó la cabeza.

—Muchísimas.

—¿Durante cuánto tiempo?

Otra pausa.

Después respondió con una voz casi rota.

—Desde antes de casarnos.

Sentí un frío recorrer todo mi cuerpo.

Durante un segundo imaginé lo peor.

Mi mente construyó escenas imposibles.

Traición.

Mentiras.

Años enteros de engaños.

Pero entonces Emily comenzó a llorar.

—Claire… no pienses eso.

Negó con fuerza mientras intentaba recuperar el aire.

—No existe ninguna relación entre nosotros.

—Jamás.

—Él es mi hermano.

La miré fijamente.

No sabía si creerle.

Ethan respiró profundamente.

—La botella nunca fue para esconder una aventura.

—Entonces explícame por qué tiene una marca de labial.

Emily levantó lentamente la mano.

—Porque yo siempre bebía primero.

Sentí que algo seguía sin encajar.

—¿Y por qué demonios viajan juntos sin decirme nada?

Los dos volvieron a guardar silencio.

Marcus suspiró con frustración.

Parecía debatirse entre hablar o mantenerse al margen.

Finalmente dijo:

—Porque Ethan hizo una promesa.

Ethan cerró inmediatamente los ojos.

—Marcus…

—Ya basta.

Marcus negó con la cabeza.

—Esto llegó demasiado lejos.

Me miró directamente.

—Hace cinco años Emily tuvo un accidente.

Fruncí el ceño.

Nunca había escuchado hablar de ningún accidente.

Marcus continuó.

—Desde entonces necesita recibir un tratamiento experimental cada tres semanas.

—La clínica está en Cincinnati.

Sentí que el corazón volvía a acelerarse.

—¿Tratamiento?

Emily asintió lentamente.

—Tengo una enfermedad autoinmune muy rara.

Levantó la manga del suéter.

Pequeñas cicatrices cubrían su brazo.

—Las infusiones me ayudan a seguir caminando.

Miré a Ethan.

—¿Y por qué me ocultaste algo así?

Él tragó saliva.

—Porque Emily me lo pidió.

Ella bajó la mirada.

—No quería que toda la familia sintiera lástima por mí.

—Ni que tú cargaras con otra preocupación.

Intenté ordenar mis pensamientos.

Todo aquello explicaba parte del misterio.

Los viajes.

La botella.

La presencia constante de Marcus.

Pero todavía quedaban demasiadas preguntas.

—¿Y el labial?

Emily sonrió con tristeza.

—Siempre uso el mismo color.

Un rosa muy claro.

Exactamente el mismo que yo había visto aquella mañana.

Respiré lentamente.

Durante horas había estado convencida de que pertenecía a otra mujer.

Y, sin embargo…

Algo seguía sin convencerme.

Miré nuevamente la botella que permanecía sobre el banco.

El paramédico la había dejado a un lado.

Todavía quedaba un poco de refresco.

Entonces recordé algo.

Marcus había dicho por teléfono:

“Ethan tuvo un problema.”

Pero quien había bebido era Emily.

Fruncí el ceño.

—Marcus.

Él levantó la vista.

—Cuando me llamaste dijiste que Ethan había tenido un problema.

¿Por qué?

Marcus abrió la boca.

Pero Ethan respondió primero.

—Porque…

Se quedó inmóvil.

Observando fijamente la botella.

Su rostro perdió completamente el color.

Siguió la dirección de su mirada.

Solo entonces descubrí que la tapa estaba abierta.

Y que el nivel del refresco había bajado mucho más de lo que recordaba.

Demasiado.

Muchísimo más.

Emily solo había dado dos pequeños sorbos.

Entonces…

¿Quién había bebido el resto?

Vi cómo Ethan comenzaba a temblar.

Sus labios se entreabrieron.

Miró lentamente hacia el enorme estacionamiento.

Había decenas de automóviles entrando y saliendo.

Su respiración se volvió agitada.

Después pronunció una frase que hizo que la sangre se congelara dentro de mis venas.

Claire… esa no era la única botella que llevaba en la cajuela.

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