Un silencio helado cayó sobre la habitación.
Nadie se atrevió a respirar.
León Montenegro no apartó la vista de la bandeja donde descansaban sus medicamentos.
—Cierren la puerta —ordenó con voz ronca.
Los dos escoltas obedecieron de inmediato.
Mariana abrazó a Sofía con fuerza.
—Señor… es solo una niña.
—Precisamente por eso le creo más que a cualquiera de esta casa.
León señaló la bandeja.
—Tráiganla.
Uno de los guardias la colocó frente a él.
Había cuatro frascos, dos jeringas y un vaso de agua.
Sofía soltó la mano de su madre.
Se acercó despacio.
No podía escuchar las voces con claridad, pero observaba cada gesto con una atención extraordinaria.
Miró los frascos uno por uno.
Después señaló el tercero.
Negó con la cabeza.
Y volvió a hacer la misma seña.
—Malo.
León frunció el ceño.
—¿Siempre hace eso?
Mariana asintió.
—Desde pequeña detecta cosas que nadie entiende. Cuando alguien está enfermo o algo no está bien, dice que siente “vibraciones diferentes”.
Uno de los médicos soltó una risa nerviosa.
—Con todo respeto, señor Montenegro, una niña no puede…
—Cállese.
La voz de León volvió a imponer el silencio.
Tomó el frasco señalado por Sofía.
—Llamen al laboratorio privado.
Quiero un análisis completo.
Ahora mismo.
Dos horas después, el jefe del laboratorio llegó personalmente.
Su rostro estaba completamente pálido.
—Señor…
Dentro del medicamento encontramos pequeñas cantidades de digitalina.
No bastan para matar de inmediato.
Pero administradas durante varias semanas…
Provocan exactamente los síntomas que usted presenta.
Mariana sintió que las piernas le temblaban.
Alguien había cambiado el contenido del frasco.
León cerró lentamente los ojos.
No estaba paranoico.
Alguien realmente intentaba terminar el trabajo que había comenzado con la copa envenenada.
—¿Quién tuvo acceso a mis medicinas?
El administrador respondió de inmediato.
—Solo cuatro personas.
Su médico personal.
La enfermera nocturna.
El jefe de seguridad.
Y…
Se quedó callado.
—Habla.
—Su sobrino, Arturo Montenegro.
La habitación volvió a quedarse en silencio.
Arturo vivía en la hacienda desde hacía veinte años.
León lo había criado como a un hijo después de la muerte de su hermano.
Era el único familiar que aún permanecía a su lado.
En ese momento, Sofía caminó hasta una fotografía antigua sobre la repisa.
En ella aparecía un León mucho más joven junto a un niño de unos diez años.
La pequeña señaló la imagen del niño.
Después volvió a hacer la misma seña.
—Malo.
Todos miraron la fotografía.
El niño era Arturo.
Mariana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

León observó la imagen durante largos segundos.
Luego habló con una calma que asustó incluso a sus hombres de confianza.
—No detengan a nadie.
No digan una sola palabra.
Si el traidor cree que sigo tomando ese medicamento…
Cometerá otro error.
Y esta vez…
Lo atraparé con sus propias manos.
Sofía abrazó con fuerza a su conejita de tela.
Sin saberlo, acababa de señalar al hombre que llevaba más de dos décadas viviendo bajo el mismo techo del capo… y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quedarse con todo su imperio.