Don Eusebio no apartó la vista de los documentos.
Mientras el policía leía en voz alta la supuesta denuncia por secuestro, él seguía observando aquella segunda hoja escondida bajo el expediente.
Reconoció inmediatamente el sello del Registro Agrario.
No pertenecía al juzgado.
Pertenecía a un trámite de compraventa.
—Oficial —dijo con calma—. Antes de llevarse a los niños, ¿podría mostrarme todas las hojas del expediente?
Ramona dio un paso al frente.
—No tiene ningún derecho.
—Déjelo verlas —respondió el comandante.
El agente tomó el legajo y lo revisó.
Frunció el ceño.
—Aquí hay un contrato de transmisión de derechos parcelarios.
Ramona palideció.
Anselmo intentó arrebatarle los papeles al policía.

—Eso no tiene nada que ver con este asunto.
—Al contrario —contestó don Eusebio—. Tiene todo que ver.
Señaló a Lucía.
—Esa parcela pertenecía a sus padres.
El comandante comenzó a leer.
El documento autorizaba a Ramona, como tutora provisional, a vender las cuatro hectáreas heredadas por los menores a una empresa agrícola llamada Desarrollos Sierra Verde.
El representante legal era Anselmo Cárdenas.
El precio fijado equivalía a menos de la décima parte de su valor real.
Lucía abrazó con más fuerza a Mateo.
—Mi papá decía que esa tierra era lo único que nunca debíamos vender.
Ramona perdió la paciencia.
—¡Son unos niños! ¡No saben lo que les conviene!
Don Eusebio la miró fijamente.
—¿O lo que te conviene a ti?
El silencio cayó sobre el patio.
El anciano pidió revisar la última página.
Allí aparecía una huella digital atribuida a Lucía.
El comandante levantó la vista.
—La menor tiene nueve años.
—Exactamente —respondió Eusebio—. ¿Cómo pudo autorizar una venta si ni siquiera sabe leer los documentos legales?
Anselmo dio media vuelta para regresar a su caballo.
—Esto es una pérdida de tiempo.
Pero dos policías le cerraron el paso.
El comandante guardó cuidadosamente los papeles.
—Hasta aclarar esta situación, la venta queda suspendida.
Ramona comenzó a llorar.
Decía que todo era por el bienestar de sus sobrinos.
Que ella solo quería darles una vida mejor.
Entonces Lucía habló por primera vez desde que habían llegado.
—Si tanto nos quería… ¿por qué escondía las cartas de mi mamá?
Todos se quedaron inmóviles.
La niña sacó de su vestido un pequeño sobre arrugado.
—Las encontré debajo del colchón donde dormía mi tía.
Don Eusebio abrió el sobre.
Dentro había tres cartas escritas por la madre de los niños pocas semanas antes de morir.
En una de ellas aparecía una frase subrayada varias veces.
“Si algún día me pasa algo, jamás permitan que Ramona sea la tutora de mis hijos. Ella sabe dónde está escondido el testamento de su padre.”
El comandante levantó lentamente la mirada.
—¿Qué testamento?
Lucía señaló hacia el viejo nogal que crecía junto a la parcela heredada.
Con voz temblorosa respondió:
—Mi papá dijo que, si algún día desaparecía, buscáramos debajo de la piedra con forma de cruz.
Y Ramona, al escuchar aquellas palabras, cayó de rodillas.
Porque entendió que el secreto que llevaba años ocultando estaba a punto de salir a la luz.