Parte 2: LA PROMESA QUE LLEGUÉ DIEZ AÑOS TARDE

Nadie habló durante varios segundos.

Samuel seguía mirándome.

Emily aún sostenía su brazo.

Yo respiraba con dificultad.

Había recorrido cientos de kilómetros convencida de que todavía quedaba tiempo.

Pero el tiempo había seguido avanzando sin preguntarme.

—¿Podemos hablar? —pregunté finalmente.

Samuel bajó la mirada.

Después miró a Emily.

Ella sonrió con una serenidad inesperada.

—Ve. Yo terminaré de acomodar las mesas.

Cuando ella entró en la casa, Samuel caminó lentamente hacia el viejo taller donde había pasado media vida tallando madera.

Todo seguía igual.

El banco de trabajo.

Las herramientas.

El olor a pino recién cortado.

Solo él había cambiado.

Su cabello tenía algunas canas.

Su pierna caminaba con mucha más dificultad.

Y, aun así, seguía transmitiendo la misma calma de siempre.

Fui la primera en romper el silencio.

—Descubrí demasiado tarde de dónde salió el dinero para la universidad.

Samuel sonrió apenas.

—N-no importaba.

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

—Claro que importaba.

Trabajaste durante años para que yo pudiera cumplir mi sueño.

Y yo…

Bajé la cabeza.

—Yo dejé de escribir.

Él permaneció callado.

—Siempre pensaba regresar el mes siguiente.

Luego aparecía otro proyecto.

Otro trabajo.

Otra excusa.

Samuel acarició distraídamente una pequeña figura de madera que estaba sobre la mesa.

—S-siempre fuiste muy ocupada.

No había reproche en su voz.

Y eso dolía todavía más.

—Volví porque quería decirte que…

Las palabras se quedaron atrapadas.

Él terminó la frase por mí.

—¿Que ahora sí estabas lista?

Asentí lentamente.

Samuel cerró los ojos unos segundos.

Después habló con una tranquilidad que jamás olvidaré.

—Yo también esperé.

Mucho tiempo.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Cuánto?

Sonrió con tristeza.

—Cinco años.

Después diez.

Luego dejé de contar.

Cada vez que llegaba una carta…

Pensaba que quizá dirías que volvías.

Cada vez que sonaba el teléfono…

Pensaba que eras tú.

Respiró lentamente.

—Pero un día comprendí que estaba esperando a alguien que ya tenía otra vida.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

—Nunca dejé de pensar en ti.

Samuel negó con suavidad.

—Pensar no siempre alcanza.

El silencio volvió a llenar el taller.

Entonces abrió un viejo cajón.

Sacó una caja metálica completamente oxidada.

La misma donde había guardado el dinero para mis estudios.

La colocó frente a mí.

—Ábrela.

Dentro había decenas de sobres.

Todos llevaban mi nombre.

Nunca los había visto.

—¿Qué es esto?

—Las cartas que nunca envié.

Tomé la primera.

Tenía fecha de ocho años atrás.

“Hoy recibí tu fotografía con toga. Me sentí orgulloso, aunque ya casi no escribes.”

Abrí otra.

“Escuché que conseguiste trabajo en la ciudad. Espero que seas feliz.”

Otra más.

“Hoy pensé llamarte, pero no quería interrumpir tu nueva vida.”

Cada sobre guardaba una parte del tiempo que yo había perdido.

Levanté la vista completamente destrozada.

—¿Por qué nunca las mandaste?

Samuel sonrió.

—Porque el amor no debe convertirse en una deuda.

No quería que regresaras por culpa.

Quería que regresaras porque realmente querías hacerlo.

Sentí que el pecho se rompía.

—Y ahora…

Llegué demasiado tarde.

Él no respondió.

En ese momento Emily apareció discretamente en la puerta.

Traía dos tazas de té.

Nos miró a ambos.

Después dejó las tazas sobre la mesa.

—Samuel.

Los invitados empezarán a llegar dentro de una hora.

Él asintió.

Cuando Emily estaba por marcharse, la detuve.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Ella sonrió.

—Claro.

—¿Sabes… que él estuvo enamorado de mí?

Emily no bajó la mirada.

Ni pareció incómoda.

Simplemente respondió con absoluta serenidad.

—Sí.

Lo sé desde el primer día.

Sentí que el corazón se detenía.

—Entonces…

¿Por qué aceptaste casarte con él?

Emily observó a Samuel con una ternura imposible de fingir.

—Porque nunca me prometió olvidarte.

Solo me prometió algo mucho más importante.

Volvió a mirarme.

—Que, si algún día regresabas antes de nuestra boda y todavía lo amabas de verdad, jamás me mentiría sobre lo que sentía.

Todo el taller quedó en silencio.

Miré a Samuel.

Él permanecía inmóvil.

Emily respiró profundamente.

Después tomó lentamente el anillo de compromiso que llevaba en la mano.

Lo dejó sobre la mesa de madera.

Y pronunció unas palabras que ninguno de los dos esperaba escuchar.

La boda empieza en una hora. Samuel… por primera vez en tu vida, deja de pensar en lo que los demás necesitan de ti. Mírala a ella… mírate a ti mismo… y decide con quién quieres pasar el resto de tu vida. Yo aceptaré tu respuesta, sea cual sea.

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