La intensa luz obligó a Elena a cerrar los ojos durante un instante.
El sótano quedó completamente en silencio.
El captor sonrió.
—Ya llegaron por ustedes.
Dos hombres vestidos con chaquetas oscuras entraron empujando varias cajas metálicas.
Detrás de ellos apareció una mujer elegante, con un portapapeles en la mano y una expresión completamente indiferente.
Observó a las jóvenes como si fueran simples objetos.
—¿Cuántas quedan? —preguntó sin levantar la vista.
—Cinco listas para salir mañana al amanecer —respondió el captor.
Elena sintió un escalofrío.
Aquella mujer no era una víctima.
Formaba parte de la organización.
Mientras todos discutían los documentos, nadie prestó atención a sus manos.
La cuerda ya no la sujetaba.
Con el cristal escondido entre los dedos, cortó discretamente las ataduras de la joven que tenía a su lado.
La muchacha abrió los ojos con sorpresa.
—No hagas ruido —susurró Elena.
Una por una, comenzó a liberar a las demás.
Cada segundo parecía eterno.
De pronto, uno de los hombres señaló hacia ellas.
—¿Por qué esa chica tiene las manos detrás de la espalda?
El captor dio un paso al frente.
Elena comprendió que ya no podía seguir fingiendo.
Empujó con todas sus fuerzas una vieja estantería de madera.
Las cajas cayeron al suelo con un estruendo ensordecedor.
Las bombillas estallaron.
El sótano quedó sumido en la oscuridad.
Los gritos llenaron la habitación.
—¡Atrápenlas!
Las jóvenes comenzaron a correr guiándose únicamente por la tenue luz que entraba desde la puerta.
Elena tomó a una de las chicas de la mano.
—¡Síganme!
Subieron las escaleras a toda velocidad.
Detrás de ellas resonaban pasos y amenazas.
Al llegar al piso superior, Elena encontró una oficina.
Sobre el escritorio había varios pasaportes, teléfonos móviles y una computadora portátil todavía encendida.
En la pantalla aparecía una lista con decenas de nombres.
Fechas.

Fotografías.
Destinos.
No eran solo cinco víctimas.
Había muchas más.
Sin pensarlo dos veces, Elena conectó uno de los teléfonos y activó la transmisión en directo de la computadora.
Todo comenzó a emitirse automáticamente en internet.
Los rostros de los traficantes.
Las listas de víctimas.
Los documentos.
Las conversaciones.
El captor irrumpió en la oficina furioso.
—¡Apaga eso ahora mismo!
Elena retrocedió sin dejar de sostener el teléfono.
En ese instante, desde el exterior comenzaron a escucharse sirenas.
El captor sonrió con una tranquilidad que desconcertó a todos.
—No se alegren todavía.
Miró fijamente a Elena y dijo con una frialdad aterradora:
—La policía que viene… trabaja para nosotros.
Las chicas quedaron paralizadas.
Porque comprendieron que escapar del sótano era solo el comienzo.
El verdadero enemigo podía estar esperándolas al otro lado de la puerta.
Lee la Parte 3.