El automóvil negro se detuvo frente a la entrada principal del hotel.
Todos los invitados observaron en absoluto silencio.
El conductor descendió primero.
Después abrió la puerta trasera con respeto.
Un hombre de cabello canoso bajó del vehículo.
Vestía un elegante traje gris y caminaba apoyado en un bastón de madera oscura.
Mi exsuegra sonrió al verlo.
—¡Señor Ramírez! Llegó justo a tiempo para presenciar cómo esta muchacha destruye la boda de su vida.
El anciano ni siquiera la miró.
Caminó directamente hacia mí.
Luego inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Isabel, el consejo de administración ya está reunido. Solo falta usted.
Los murmullos invadieron el vestíbulo.
Mi exnovio frunció el ceño.
—¿Consejo de administración?
Respiré profundamente.
Había llegado el momento de dejar de esconder la verdad.
—Mi padre falleció hace seis meses.
Todos guardaron silencio.
—Antes de morir dejó establecido que no asumiría la presidencia del Grupo Salvatierra hasta demostrar que era capaz de elegir correctamente a las personas que me rodeaban.
Mi exsuegra comenzó a perder el color del rostro.
—¿Qué… qué significa eso?
Saqué una carpeta azul del automóvil.
Dentro estaba el expediente completo de la familia de mi prometido.
—Durante un año investigamos discretamente a quienes pretendían unirse a nuestra familia.
Mi exnovio abrió mucho los ojos.
—¿Me investigaste?
—No. Nos investigamos mutuamente.
Abrí la carpeta.
Había estados financieros.
Contratos.
Préstamos.
Transferencias.
Y una lista de deudas superiores a ocho millones de dólares.
El señor Ramírez habló con serenidad.
—Su empresa lleva dieciocho meses sobreviviendo únicamente gracias a créditos que jamás podrán pagar.
La hermana de mi ex comenzó a llorar.
La madre dio un paso hacia mí.
—Podemos hablar esto en privado.
Negué lentamente.
—Hace una hora querían quedarse con la herencia que mis padres construyeron durante cuarenta años.
Levanté el documento de mi dote.
—No era dinero para una boda.
Era el certificado que me otorgaba el control del cincuenta y uno por ciento del Grupo Salvatierra.
El salón entero estalló en exclamaciones.
Mi exnovio dio un paso atrás.
—¿Tú… eres la nueva presidenta?
—Desde esta mañana.
La anciana cayó de rodillas.
—Por favor… podemos empezar de nuevo.
La observé con absoluta calma.
—Hace veinte minutos decía que en su casa nadie respetaba la opinión de mis padres.
Ahora quería vivir de su apellido.
Me di la vuelta para subir al automóvil.
Entonces uno de los abogados del grupo recibió una llamada.
Su expresión cambió por completo.
—Señorita Isabel…
—¿Qué ocurre?
El abogado tragó saliva.
—Acaban de retirar ciento veinte millones de dólares de la cuenta principal del grupo usando una autorización firmada… con su firma.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Eso es imposible.
El abogado levantó lentamente la vista.
—La autorización fue presentada hace exactamente treinta minutos…
Giró la pantalla de la tableta hacia mí.
En el documento aparecía mi firma.
Perfecta.
Pero yo jamás había firmado aquel retiro.
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