El joven siguió observando el pequeño emblema dorado que sobresalía del bolsillo de la anciana.
No podía confundirse.
Había visto aquel sello muchos años atrás.
Pertenecía a la antigua Casa Real.
El conductor habló con voz temblorosa.
—Nos están siguiendo desde hace cuatro calles.
Todos miraron por las ventanas.
Tres camionetas negras avanzaban detrás del autobús sin guardar distancia.
Los pasajeros comenzaron a inquietarse.
La anciana sujetó con fuerza su bolso.
—No pueden alcanzarme…
No otra vez…
El joven la miró fijamente.
—¿Quiénes son?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Llevan años buscando algo que nunca encontraron.
Antes de poder explicar más, una de las camionetas aceleró y bloqueó el autobús en medio de la avenida.
El conductor frenó de golpe.
Las puertas permanecieron cerradas.
Cinco hombres descendieron de los vehículos.
Todos vestían de negro.
Uno de ellos mostró una placa.
—Somos agentes de seguridad privada.
Necesitamos hablar con una pasajera.
El joven no apartó la mirada.
—Si son agentes, llamen a la policía.
El hombre sonrió.
—No tenemos tiempo para eso.
Golpeó la puerta del autobús.
La anciana comenzó a llorar en silencio.
—Encontraron el medallón…
El joven volvió a mirar el objeto brillante.
No era un simple adorno.
Era un antiguo medallón con el escudo de la familia real.
Pero al tomarlo entre sus manos notó algo extraño.
Pesaba demasiado.
Presionó accidentalmente uno de sus bordes.
El medallón se abrió.
Dentro apareció una diminuta llave plateada.
Y un microchip protegido por una cápsula transparente.
La anciana cerró los ojos.
—Ese chip demuestra quién traicionó a la familia hace treinta años.
Todos quedaron inmóviles.
Los hombres del exterior comenzaron a forzar las puertas del autobús.
Uno de los pasajeros marcó inmediatamente al servicio de emergencias.
Mientras tanto, el joven entregó el medallón a la anciana.
Ella negó con la cabeza.
—No.
Ahora debes conservarlo tú.
Si ellos me atrapan…
…también desaparecerá la verdad.
En ese momento se escucharon sirenas acercándose.
Los hombres vestidos de negro intercambiaron miradas nerviosas.
Pero el líder sonrió con absoluta tranquilidad.

Sacó otra credencial del bolsillo.
El joven la observó detenidamente.
No pertenecía a una empresa privada.
Llevaba el emblema oficial del Ministerio de Justicia.
La anciana dio un paso atrás.
Su voz apenas fue un susurro.
—Entonces…
…también lograron infiltrarse allí.
El joven comprendió que aquella persecución nunca había sido un simple intento de robo.
Era una operación cuidadosamente preparada para recuperar una prueba capaz de derrumbar a las personas más poderosas del país.
Lee la Parte 3.