El salón entero estalló en gritos.
El rostro de Renata quedó cubierto de crema blanca mientras la pequeña ampolleta de vidrio rodaba sobre el mantel y se detenía justo frente a los zapatos de Alejandro.
—¡Está loca! —gritó Renata, limpiándose el rostro—. ¡Sáquenla de aquí!
Dos elementos de seguridad corrieron hacia Marisol.
Ella no opuso resistencia.
Levantó ambas manos.
—No me toquen. Esa ampolleta y el pastel tienen que analizarse ahora mismo.
Los invitados comenzaron a grabar.
Algunos pensaban que era una empleada resentida.
Otros miraban a Alejandro esperando que reaccionara.
Él observó el pequeño frasco en el suelo.
Después miró a Marisol.
Nunca la había visto levantar la voz.
—¿Por qué harías algo así? —preguntó con el rostro completamente serio.
Marisol tragó saliva.
—Porque hace cuatro meses escuché a la señorita Renata planear su muerte.
Las risas desaparecieron.
Renata soltó una carcajada nerviosa.
—¿De verdad le van a creer a la sirvienta?
—No les pido que me crean.
Marisol sacó lentamente un sobre amarillo de debajo de su delantal.
—Les pido que revisen esto.
Dentro había fotografías impresas.
La tarjeta del doctor Octavio Sáenz.
El recibo de una farmacia de Toluca.

Imágenes de la primera ampolleta escondida dentro del abrigo de Renata.
Y, encima de todo, un informe de laboratorio fechado dos días antes.
Alejandro lo tomó con manos temblorosas.
Leyó la primera página.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
—Que la sustancia encontrada provoca alteraciones cardíacas progresivas y puede confundirse con una muerte natural.
Renata dio un paso hacia atrás.
—¡Eso es falso!
—Entonces permita que analicen el pastel.
—¡No pienso permitir semejante humillación!
Antes de que pudiera avanzar hacia la mesa, Alejandro levantó una mano.
—Nadie toca ese pastel.
Su voz sonó tan fría que incluso los músicos permanecieron inmóviles.
—Llamen a la policía… y al laboratorio forense.
Renata lo miró incrédula.
—¿Me estás creyendo menos a mí que a una empleada?
Alejandro no respondió de inmediato.
Se limitó a recoger la pequeña ampolleta del mantel utilizando una servilleta.
—Estoy creyendo en las pruebas.
Veinte minutos después, peritos de la fiscalía llegaron a la hacienda y aseguraron el pastel completo, los platos, los cubiertos y la ampolleta frente a cientos de invitados que seguían transmitiendo en directo.
Renata conservó la sonrisa durante casi una hora.
Hasta que uno de los especialistas abrió una segunda caja de evidencia.
Dentro había una huella dactilar perfectamente marcada sobre el vidrio.
El perito levantó la vista.
—Necesitamos comparar esta huella con la de la novia.
Y fue entonces cuando Marisol comprendió que la ampolleta que Renata había vaciado sobre el pastel no sería la prueba que destruiría la boda.
La verdadera prueba llevaba meses esperando escondida… en el teléfono personal de Alejandro.