A las ocho en punto de la mañana, cuatro sobres blancos esperaban sobre la mesa de la sala de juntas de Grupo Altamira.
Óscar fue el primero en abrir el suyo.
Leyó dos líneas.
El color desapareció de su rostro.
—No… esto debe ser un error.
Brenda rompió el suyo con manos temblorosas.
Su carta decía exactamente lo mismo.
Terminación inmediata de contrato por pérdida de confianza.
Fabián dejó escapar una risa nerviosa.
—Seguro es una auditoría.
Abrió el sobre.
Cinco segundos después ya no sonreía.
Mauricio fue el último.
Aunque trabajaba en otra empresa, había sido citado porque todos sus contratos con Grupo Altamira acababan de quedar suspendidos.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
La puerta de la sala se abrió lentamente.
Entró la directora de Recursos Humanos acompañada por dos abogados y personal de seguridad.
—Buenos días.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—La decisión fue aprobada anoche por unanimidad por el Consejo de Administración.
Doña Elvira, que había insistido en acompañarlos, golpeó la mesa.
—¡Esto es una injusticia!
La directora la observó con absoluta tranquilidad.
—La empresa tiene derecho a terminar relaciones laborales cuando existe conflicto de intereses, ocultamiento de información y aprovechamiento indebido de influencias.
Óscar frunció el ceño.
—¿Qué influencias?
La mujer abrió la carpeta.
—Durante ocho años, varios de ustedes recibieron recomendaciones internas firmadas por la licenciada Daniela Reyes.
Brenda soltó una carcajada.
—¿La Daniela que era nuestra cuñada?
La directora asintió.
—La misma.
Mauricio negó con la cabeza.
—Ella era una simple administrativa.
La directora lo miró fijamente.
—No.
Sacó una credencial corporativa y la dejó sobre la mesa.
—La licenciada Daniela Reyes Altamira nunca trabajó como administrativa.
Los cinco permanecieron inmóviles.
—Durante los últimos ocho años fue Vicepresidenta de Desarrollo Corporativo de este grupo.
El silencio resultó ensordecedor.

Mauricio sintió que las piernas le fallaban.
—Eso… eso no puede ser.
La directora deslizó otra fotografía.
En ella aparecía Daniela sentada junto al presidente del consejo durante la inauguración de un hospital privado.
—¿Reconoce al señor que está a su lado?
Mauricio observó la imagen.
Era el hombre con quien Daniela había hablado después del divorcio.
El mismo al que había llamado “papá”.
La directora respondió antes de que pudiera hacerlo.
—El ingeniero Arturo Reyes Altamira.
Fundador y presidente de Grupo Altamira.
Dueño de más de cuarenta empresas.
Doña Elvira quedó completamente muda.
Recordó cada comida en la que había llamado “muerta de hambre” a Daniela.
Cada vez que la obligó a lavar platos mientras presumía que su hijo mantenía la casa.
Cada burla.
Cada humillación.
Mauricio respiraba con dificultad.
—¿Por qué… nunca nos dijo quién era?
La directora cerró lentamente la carpeta.
—Porque quería saber si ustedes podían querer a una mujer sin fijarse en su apellido.
Nadie respondió.
En ese momento, la pantalla de la sala se encendió automáticamente.
Apareció una videollamada.
Daniela.
Vestía un traje oscuro que ninguno de ellos le había visto jamás.
Sentada en la oficina principal del corporativo.
Detrás de ella se distinguía el logotipo de Grupo Altamira.
Los miró con la misma serenidad con la que había abandonado el juzgado.
—No perdieron su trabajo por divorciarse de mí.
Hizo una breve pausa.
—Lo perdieron porque durante años utilizaron mi confianza como si fuera un privilegio permanente.
Mauricio sintió un nudo en la garganta.
—Daniela… podemos hablar.
Ella negó suavemente.
—Ya hablamos demasiado durante ocho años.
Entonces tomó otro documento que estaba sobre su escritorio.
—Por cierto, hay algo que ninguno de ustedes sabe todavía.
Los cinco levantaron la vista.
Daniela sonrió por primera vez.
—El departamento que intentaron quitarme nunca fue mi único patrimonio.
Lo verdaderamente importante sigue estando a mi nombre… y fue adquirido con dinero que Mauricio creyó suyo durante todo el matrimonio.
El rostro de Mauricio se quedó completamente inmóvil.
Porque, por primera vez, comprendió que el divorcio no solo le había costado a su familia el empleo.
También estaba a punto de descubrir que la fortuna que siempre creyó haber construido… jamás le había pertenecido.