Dormí con un solo ojo abierto aquella noche.
Esperé a que doña Graciela creyera que la infusión había hecho efecto.
Escuché cómo apagaba la televisión, cerraba la puerta de su habitación y caminaba por el pasillo con sus pantuflas.
No me moví.
Veinte minutos después sentí que alguien abría lentamente la puerta de mi cuarto.
Era ella.
Se acercó hasta mi bolso y comenzó a revisarlo con absoluta tranquilidad, como si tuviera derecho sobre cada una de mis cosas.
Cuando encontró el pequeño frasco de vidrio donde había guardado la bebida, sonrió.
—Sabía que desconfiabas de mí.
Lo guardó dentro del bolsillo de su bata y salió sin imaginar que una cámara, escondida entre unos libros, había grabado cada segundo.
A la mañana siguiente fingí no saber nada.
Ella me sirvió el desayuno con una sonrisa exageradamente amable.
—Anoche dormiste mejor, ¿verdad?
—Muchísimo —respondí.
Mauricio levantó apenas la vista del celular.
No notó que su madre acababa de mentirme a la cara.
Ni preguntó por qué yo tenía unas ojeras cada vez más profundas.
Esa misma tarde fui al laboratorio privado donde trabajaba una antigua compañera de la fábrica.
Le entregué otro frasco idéntico que había guardado días antes.
—Solo necesito saber qué contiene.
Tres días después recibí la llamada.
—Daniela… tienes que venir personalmente.
Su tono bastó para acelerar mi corazón.
El informe señalaba la presencia de sustancias sedantes que, consumidas de forma continua, podían provocar somnolencia, desorientación y dependencia.
No eran medicamentos recetados.

Mucho menos ingredientes para una infusión casera.
Salí del laboratorio temblando.
Por primera vez comprendí que aquello no era una simple humillación doméstica.
Alguien llevaba meses alterando mi cuerpo.
Esa noche enfrenté a Mauricio.
Le mostré el análisis.
Esperé que reaccionara.
Que se indignara.
Que protegiera a su esposa.
Pero solo suspiró.
—Seguro el laboratorio se equivocó.
Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
—¿También se equivocó la cámara?
Saqué el teléfono y reproduje el video donde su madre robaba el frasco de mi bolso.
Mauricio permaneció inmóvil.
No dijo una palabra.
Solo tomó el celular, vio las imágenes durante unos segundos y me devolvió el aparato.
—No quiero problemas con mi mamá.
Aquella frase valió más que cualquier confesión.
Esa misma noche trasladé en secreto todas mis herramientas al pequeño taller de Santa Tere.
También abrí una cuenta bancaria nueva.
Comencé a guardar copias de cada factura médica, cada análisis clínico y cada conversación.
Porque ya no intentaba convencer a Mauricio de nada.
Estaba preparándome para salir de aquella casa.
Sin embargo, mientras ordenaba unos documentos antiguos en el cajón del escritorio, encontré un sobre amarillo escondido bajo varias pólizas de seguro.
Dentro había una receta médica firmada dos años atrás.
El nombre del paciente no era el de doña Graciela.
Tampoco el mío.
Era el de Mauricio.
Y el medicamento recetado tenía exactamente el mismo principio activo que aparecía en el análisis de aquella supuesta infusión.
Continuará…