Parte 2: EL HOMBRE QUE HABÍA OLVIDADO CÓMO SENTIR

Aquella noche, Alejandro Montenegro no regresó inmediatamente a la hacienda.

Permaneció varios minutos bajo la lluvia, inmóvil frente al pequeño departamento donde vivían Mariana y Lucía.

A través de la cortina desgastada seguía observando a la niña.

Lucía había colocado cuidadosamente la mitad más pequeña del pan sobre un plato de plástico.

Luego tomó la fotografía de su padre, la limpió con la manga del suéter y sonrió con una ternura que resultaba insoportable.

—Hoy mamá comió un poquito más —susurró—. Ya casi no llora cuando cree que estoy dormida.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

No recordaba la última vez que alguien había sonreído así dentro de aquella inmensa hacienda.

Regresó sin decir una palabra.

A la mañana siguiente llamó a Ernesto, el administrador que llevaba más de veinte años trabajando para la familia Montenegro.

—Quiero el expediente completo de Mariana Salgado.

Ernesto levantó la vista, sorprendido.

—¿Ocurrió algo?

—Solo tráelo.

Dos horas después, una carpeta descansaba sobre el escritorio de Alejandro.

Lo que encontró allí lo obligó a releer cada página varias veces.

Mariana había trabajado como auxiliar administrativa hasta que la empresa donde estaba cerró.

Su esposo, Gabriel Salgado, era operador de maquinaria pesada.

Había muerto dieciocho meses atrás mientras protegía a varios compañeros durante un derrumbe en una obra.

La indemnización jamás llegó.

La constructora se declaró insolvente pocas semanas después.

Desde entonces, Mariana sobrevivía aceptando cualquier empleo.

Incluso había vendido las alianzas de matrimonio para pagar tratamientos médicos cuando Lucía enfermó de neumonía.

Alejandro cerró lentamente la carpeta.

No encontró deudas por caprichos.

No encontró apuestas.

No encontró compras innecesarias.

Solo una larga lista de sacrificios.

Aquella misma tarde, mientras caminaba por los jardines, vio nuevamente a Lucía.

La niña estaba sentada en un rincón, cosiendo el brazo roto de su muñeca con un hilo azul.

Alejandro se detuvo frente a ella.

Lucía levantó inmediatamente la cabeza.

—Buenos días, señor.

—¿Qué haces?

—La señorita Lola perdió un brazo.

Le mostró la muñeca con absoluta naturalidad.

—Pero todavía puede abrazar.

Aquella respuesta le arrancó un gesto que hacía años no aparecía en su rostro.

No llegó a convertirse en sonrisa.

Pero estuvo cerca.

—¿Tienes hambre?

Lucía negó con rapidez.

—No, señor.

En ese mismo instante, su estómago emitió un fuerte sonido.

La niña bajó la cabeza, avergonzada.

—Perdón…

Alejandro permaneció inmóvil unos segundos.

Después llamó por el comunicador.

—Rosa.

La cocinera apareció casi de inmediato.

—¿Sí, patrón?

—Desde hoy habrá desayuno, comida y cena para Mariana y su hija.

Todos los días.

Rosa sonrió discretamente.

—Ya era hora.

Alejandro la miró.

—¿Qué dijiste?

La mujer carraspeó.

—Nada, patrón.

Aquella noche, Mariana encontró varias charolas de comida caliente esperando junto a la cocina del personal.

Corrió inmediatamente hacia Alejandro.

—Señor Montenegro… debe haber un error.

—No lo hay.

—No puedo aceptar todo esto.

Él continuó leyendo unos documentos sin levantar la vista.

—Entonces tírelo.

Mariana guardó silencio.

—Pero mañana volverán a preparar lo mismo.

Los ojos de la mujer comenzaron a humedecerse.

—No quiero deberle nada.

Alejandro finalmente levantó la mirada.

—Nadie le está regalando nada.

Forma parte de las condiciones de trabajo.

Mariana comprendió que aquella era la única forma en que aquel hombre sabía ayudar sin herir el orgullo ajeno.

Bajó ligeramente la cabeza.

—Gracias.

Mientras tanto, desde el segundo piso, alguien observaba toda la escena.

Ricardo Montenegro, hermano menor de Alejandro, dejó lentamente su copa sobre la barandilla.

—Qué interesante…

Murmuró con una sonrisa torcida.

—Una empleada y su hija están consiguiendo lo que nadie logró en tres años.

A la mañana siguiente, Ricardo interceptó a Mariana en el pasillo.

—Así que tú eres la nueva favorita de mi hermano.

Mariana retrocedió un paso.

—Solo hago mi trabajo, señor.

Él sonrió con falsa amabilidad.

—Procura recordarlo.

Cuando Ricardo se marchó, Lucía salió de detrás de una columna.

Había escuchado toda la conversación.

Tomó la mano de su madre.

—¿Nos van a echar?

Mariana la abrazó con fuerza.

—No, mi amor.

Todo estará bien.

Pero ni siquiera ella estaba convencida.

Esa misma tarde, Alejandro recibió la visita inesperada de un viejo comandante que durante años había protegido a su familia.

Entró sin rodeos.

—Necesitas ver esto.

Colocó un sobre sobre el escritorio.

Dentro había varias fotografías.

La primera mostraba a Ricardo reuniéndose en secreto con dos empresarios rivales.

La segunda, a uno de los guardias de la hacienda entregándole dinero.

La tercera hizo que Alejandro se pusiera de pie de golpe.

En ella aparecía claramente Ricardo observando desde un automóvil el pequeño edificio donde vivían Mariana y Lucía.

El comandante habló con voz grave.

—No creo que esté interesado en ellas.

Creo que quiere utilizarlas para llegar hasta ti.

Alejandro sintió el mismo frío que había recorrido su cuerpo tres años atrás, el día en que recibió la noticia de la explosión.

Apretó las fotografías entre los dedos.

Entonces comprendió que la guerra que había creído terminar con la muerte de Isabel jamás había desaparecido.

Solo había estado esperando un nuevo punto débil.

Y, por primera vez desde que perdió a su familia, ese punto débil tenía nombre.

Lucía.

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