Sebastián permanecía inmóvil frente al monitor donde aparecían los estudios de Mariana.
El obstetra respiró profundamente antes de hablar.
—Su esposa no llegó a este estado por el embarazo.
Le mostró otra hoja.
—La anemia es consecuencia de una desnutrición prolongada.
Sebastián sintió que la garganta se cerraba.
—Pero… ella comía bien.
El médico negó lentamente.
—No, señor Navarro.
Señaló los análisis.
—Llevaba meses sin recibir la alimentación que necesitaba una mujer embarazada.
Cada palabra era un golpe.
Mariana seguía dormida bajo los efectos del tratamiento.
Sebastián tomó su mano.
La sintió más fría de lo que recordaba.
Entonces observó algo que jamás había notado.
Las uñas quebradas.
Los nudillos agrietados.
Pequeñas heridas cicatrizadas en las muñecas.
La enfermera se acercó con discreción.
—¿Es usted el esposo?
Él asintió.
—Su esposa siempre venía sola a las consultas.
Frunció el ceño.
—¿Sola?
—Sí.
La enfermera bajó la voz.
—Varias veces llegó diciendo que ya había desayunado.
Hizo una pausa.
—Pero se desmayaba antes de terminar la revisión.
Sebastián sintió un vacío en el estómago.
Durante todos aquellos meses él había estado convencido de que su madre cuidaba de Mariana.
Regresó inmediatamente a la casa.
Elvira continuaba dando órdenes al personal como si nada hubiera ocurrido.
Al verlo entrar, cruzó los brazos.
—¿Ya se le pasó el berrinche?
Sebastián no respondió.
Abrió la despensa.
Los estantes estaban llenos de productos importados.
Vitaminas.
Carnes.
Frutas.
Todo lo que él pagaba para Mariana.
Pero casi todos los envases seguían cerrados.
En cambio, encontró otro refrigerador en la cocina auxiliar.
Vacío.
Solo había arroz blanco, tortillas secas y un recipiente con caldo aguado.
El chef bajó inmediatamente la cabeza.
—Señor…
—¿Quién daba las órdenes?
El hombre tardó varios segundos en responder.
—La señora Elvira.
—¿Qué órdenes?
El cocinero tragó saliva.
—La comida especial era para las reuniones de la señora.
Miró el suelo.
—A la señora Mariana nos prohibían servirle carne, pescado o fruta sin autorización.
Sebastián sintió que la sangre le hervía.
Elvira golpeó la mesa.
—¡No escuches a los empleados!
—¿También es mentira esto?
Sebastián levantó una carpeta de gastos.
Había cientos de compras cargadas a la tarjeta que él entregó para cuidar a Mariana.
Joyas.
Bolsos.
Restaurantes.
Viajes.
Ninguna relacionada con vitaminas o alimentación prenatal.
Su madre intentó justificarse.
—Después pensaba reponer el dinero.
Él la miró con una frialdad desconocida.
—Mientras mi hijo pasaba hambre.
Nadie volvió a hablar.
Horas después llegó el abogado de la empresa.
Traía una carpeta llena de documentos.
—Sebastián.
—¿Qué encontraste?
El abogado colocó varios estados de cuenta sobre la mesa.
—Revisamos los movimientos de la tarjeta.
Pasó una página.
—Durante los últimos ocho meses hubo retiros constantes en efectivo.
—¿Cuánto?
—Más de cuatrocientos veinte mil dólares.
Elvira dejó escapar un pequeño jadeo.
—Eso…
El abogado continuó.

—Y encontramos transferencias hacia una cuenta vinculada a Iván.
Sebastián levantó lentamente la vista.
—¿Mi hermano?
El abogado asintió.
—Durante meses.
Cuando Sebastián regresó al hospital, Mariana ya estaba despierta.
Ella intentó sonreír.
—¿Cómo está el bebé?
Él le acarició el rostro.
—Va a estar bien.
Mariana bajó la mirada.
—Perdón…
Él frunció el ceño.
—¿Por qué me pides perdón?
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Tu mamá decía que si te contaba algo… te ibas a divorciar de mí.
Sebastián sintió que el pecho se rompía.
—También decía que tú ya tenías otra mujer.
Mariana cerró los ojos.
—Y que solo estabas esperando que naciera el bebé para echarnos.
Él la abrazó con cuidado.
—Nunca vuelvas a creer una sola palabra de eso.
En ese momento entró el obstetra acompañado por una trabajadora social.
Traían un nuevo expediente.
El médico miró directamente a Sebastián.
—Necesitamos hacerle una pregunta.
—Claro.
Abrió lentamente la carpeta.
—Mientras revisábamos los análisis de su esposa encontramos algo que no coincide con su historial clínico.
Sebastián sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurrió?
El obstetra colocó sobre la cama dos expedientes distintos.
Ambos llevaban el nombre de Mariana.
Pero las firmas eran diferentes.
—Alguien acudió al hospital en tres ocasiones haciéndose pasar por su esposa para modificar su tratamiento prenatal y cancelar suplementos esenciales. Las cámaras de seguridad ya fueron solicitadas, porque todo indica que el sufrimiento fetal no fue producto únicamente del maltrato… sino de una intervención deliberada que ahora podría investigarse como intento de homicidio.