Parte 2: EL PRIMER BESO QUE CAMBIÓ TODAS LAS REGLAS

Clara permaneció inmóvil.

La espalda apoyada contra el tronco.

Daniel seguía tan cerca que podía distinguir una pequeña cicatriz junto a su mandíbula, una que no aparecía en la fotografía que él le había enviado semanas atrás.

—¿Siempre amenazas así a las doctoras? —preguntó ella, intentando recuperar la calma.

Por primera vez, Daniel sonrió de verdad.

Fue apenas un gesto.

Breve.

Pero bastó para transformar por completo el rostro severo del capitán.

—Solo a las que resultan ser mi esposa.

Clara sintió que el corazón comenzaba a latir demasiado deprisa.

Llevaban más de un mes casados.

Y, sin embargo, aquella era la primera conversación que parecía la de un matrimonio.

No la de dos desconocidos unidos por un documento.

—Creo que deberíamos volver —murmuró ella.

Daniel no respondió enseguida.

Soltó lentamente su muñeca.

Después retiró también la mano de su cintura, como si le costara hacerlo.

—Tienes razón.

Ambos caminaron hacia la residencia médica guardando una distancia prudente.

Pero los dos eran demasiado conscientes del otro.


Los días siguientes cambiaron sin que ninguno lo admitiera.

Daniel seguía siendo puntual.

Seguía serio durante los entrenamientos.

Seguía dando órdenes con la misma firmeza.

Pero ahora siempre encontraba un motivo para pasar por la enfermería.

—¿Cómo evolucionó el soldado de la pierna?

—¿Necesitan más suministros?

—El comandante quiere revisar el protocolo sanitario.

Excusas distintas.

El mismo destino.

Clara terminó descubriendo el patrón antes que nadie.

Y empezó a esperarlo.

No junto a la entrada.

Sino dentro de la enfermería, con dos cafés preparados.

—Uno sin azúcar —dijo una tarde.

Daniel arqueó una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

—La primera vez que nos vimos en aquella cafetería pediste exactamente eso.

Él permaneció varios segundos observándola.

—Pensé que no lo recordarías.

Clara sonrió.

—Yo también.


Las bromas dentro de la base aumentaron.

—Capitán, ¿la doctora también revisa su presión todos los días?

—No.

—Entonces, ¿por qué pasa por la enfermería tres veces antes del almuerzo?

Daniel continuó caminando sin responder.

Pero las orejas se le habían puesto ligeramente rojas.

Aquello provocó una carcajada general.

Clara escuchó la historia horas después.

No pudo evitar reír.

—No imaginaba que un capitán pudiera avergonzarse.

—Yo tampoco —respondió Daniel con absoluta seriedad.

Ella volvió a reír.

Y esa risa quedó grabada en la memoria de Daniel mucho más tiempo del que habría querido admitir.


Una semana después, una tormenta obligó a suspender los ejercicios al aire libre.

Los médicos permanecieron de guardia mientras los soldados reorganizaban el equipo.

Clara aprovechó el momento para ordenar medicamentos.

No escuchó la puerta abrirse.

Solo sintió una chaqueta caer sobre sus hombros.

—La calefacción volvió a fallar.

Era Daniel.

—¿Y tú?

—Estoy acostumbrado al frío.

Ella quiso devolverle la prenda.

Él negó con la cabeza.

—Úsala.

La tela conservaba el calor de su cuerpo.

Y también un ligero aroma a madera y jabón.

Por primera vez desde que se casaron, Clara imaginó cómo sería compartir una casa con aquel hombre.

Una casa de verdad.

No un certificado.


Aquella noche sonó la alarma de emergencia.

Un vehículo militar había sufrido un accidente durante un entrenamiento nocturno.

Los heridos comenzaron a llegar uno tras otro.

La enfermería se convirtió en un caos.

Clara pasó más de seis horas operando sin descanso.

Cuando terminó la última cirugía, salió tambaleándose al pasillo.

Daniel estaba sentado frente al quirófano.

Todavía llevaba barro en las botas.

Al verla salir, se puso inmediatamente de pie.

—¿Estás bien?

Clara asintió.

—Todos sobrevivieron.

Solo entonces Daniel dejó escapar el aire que había contenido durante horas.

—Pensé…

Se interrumpió.

—¿Qué pensaste?

Él bajó la mirada.

—Que podías estar entre los heridos.

Clara comprendió que había permanecido allí toda la noche esperándola.

Sin marcharse.

Sin dormir.

Simplemente esperando.

—Estoy bien.

Daniel levantó lentamente la mano.

Esta vez no dudó.

Apartó con enorme delicadeza un mechón de cabello que había quedado pegado a la frente de Clara.

—Lo sé.

El gesto fue tan natural que ninguno de los dos reaccionó de inmediato.

Solo permanecieron mirándose.

Hasta que una enfermera apareció por el pasillo.

—Doctora…

Ambos dieron un paso atrás casi al mismo tiempo.

La enfermera sonrió con evidente diversión.

—Perdón… ¿interrumpo algo?

—No —respondieron los dos al unísono.

La mujer soltó una risa antes de alejarse.

Clara ocultó el rostro entre las manos.

—Nunca voy a olvidar esto.

Daniel tampoco pudo evitar sonreír.

—Yo espero no olvidarlo.


Dos noches después llegó una nueva orden de operaciones.

Daniel debía partir al amanecer.

La misión podía prolongarse varias semanas.

Clara encontró la notificación sobre la mesa del comedor.

No dijo nada durante la cena.

Tampoco él.

Cuando terminaron de comer, caminaron juntos hasta el árbol donde todo había comenzado.

El mismo árbol.

La misma sombra.

Esta vez ninguno fingió buscar privacidad.

Simplemente era su lugar.

—Cuídate —dijo Clara.

—Siempre lo intento.

Ella respiró hondo.

—Eso no es una promesa.

Daniel la observó durante largos segundos.

—Entonces te haré otra.

Metió la mano en el bolsillo de su uniforme y sacó una pequeña llave.

—Es la llave de mi apartamento.

Clara lo miró sorprendida.

—¿Por qué me la das?

—Porque ya no quiero que sientas que estás casada con un desconocido.

Ella cerró lentamente los dedos alrededor de la llave.

Daniel dio un paso más.

—Y porque, cuando regrese…

Hizo una pausa.

Sus ojos ya no ocultaban absolutamente nada.

—…quiero que nuestra primera noche como marido y mujer deje de ser una promesa pendiente.

Clara sintió que el mundo desaparecía alrededor.

Esta vez no retrocedió.

Fue ella quien acortó la distancia.

Apenas unos centímetros.

Daniel levantó la mano con infinita suavidad y acarició su mejilla.

—¿Puedo?

Ella respondió con un leve movimiento de cabeza.

Los labios de Daniel rozaron los suyos por primera vez.

Fue un beso breve.

Torpe.

Inesperadamente dulce para dos personas que apenas comenzaban a conocerse.

Pero justo cuando se separaban, una sirena de máxima alerta resonó por toda la base.

Un soldado corrió hacia ellos sin aliento.

¡Capitán Foster! ¡Cambio de misión! No irá al norte… un helicóptero acaba de desaparecer con todo un equipo de rescate, y usted sale en cinco minutos!

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