A las nueve con cincuenta y cinco de la mañana estacioné mi automóvil frente a la residencia de Arturo Santillán, en Bosques de las Lomas.
La misma casa donde mi hija había celebrado cumpleaños, aniversarios y reuniones benéficas.
Ahora cada ventana parecía observarme como un testigo silencioso.
Respiré hondo.
No llevaba armas.
Solo una bolsa de cuero con la memoria encriptada, un teléfono nuevo y una carpeta aparentemente inofensiva.
Antes de bajar recibí un mensaje de Julián.
—Encontré algo. No firme nada. Gane tiempo.
No explicó más.
Eso bastó.
Arturo abrió la puerta antes de que tocara el timbre.
Vestía camisa blanca impecable, reloj de lujo y una expresión cansada cuidadosamente ensayada.
Al verme, sonrió con tristeza.
—Gracias por venir, señora Elena. Sé que estos días han sido insoportables para ambos.
Lo abracé.
Sentí cómo su cuerpo se relajaba.
Creyó que seguía siendo la viuda frágil que necesitaba apoyarse en alguien.
—Encontré la carpeta de Valeria —dije mientras levantaba el portafolios—. No entendí casi nada.
Sus ojos brillaron.
No por dolor.
Por codicia.
Entramos al despacho.
Sobre el escritorio ya esperaba un notario.
También un asesor financiero y dos abogados.

Todo estaba preparado.
Demasiado preparado.
—Solo necesitamos regularizar algunos documentos que Valeria dejó pendientes —explicó Arturo con una voz suave—. Después podremos cerrar este capítulo.
Abrí lentamente la carpeta.
Había hojas en blanco encima.
Debajo, únicamente una fotografía de Valeria sonriendo.
Nada más.
Arturo frunció el ceño.
—¿Dónde están los demás documentos?
Lo miré directamente.
—¿Cuáles?
Durante un segundo perdió el control.
Solo un segundo.
Pero después volvió a sonreír.
—Los del fideicomiso.
—Curioso…
Incliné la cabeza.
—Porque yo jamás mencioné un fideicomiso.
El silencio cayó como una losa.
El notario dejó de escribir.
Uno de los abogados levantó lentamente la vista.
Arturo comprendió que acababa de cometer un error.
Intentó corregirse.
—Quise decir… los papeles de la fundación.
Sonreí con tranquilidad.
—Demasiado tarde.
En ese mismo instante mi teléfono vibró.
Era Julián.
Contesté en altavoz.
—Elena, ya terminé la revisión.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Durante los últimos dieciocho meses, Arturo transfirió más de doce millones de pesos desde la Fundación Valeria Rivas hacia tres empresas fantasma.
Nadie habló.
El color desapareció del rostro de Arturo.
Pero lo que dijo Julián después hizo que incluso el notario dejara caer la pluma.
—Y encontré un seguro de vida por cinco millones de dólares contratado apenas veinte días antes de la muerte de Valeria… donde el único beneficiario es Arturo Santillán.
Arturo ya no parecía un viudo.
Parecía un hombre que acababa de entender que la verdadera investigación apenas comenzaba.