PARTE 2: EL VESTIDO DE LAS BUGAMBILIAS.

Rocío caminó bajo la lluvia sin mirar atrás.

La vieja máquina de coser pesaba tanto que terminó sentándose en una banca de la plaza principal para recuperar el aliento.

—¿Hija?

Levantó la vista.

Era doña Amalia, la maestra de costura que le había enseñado a coser cuando apenas tenía quince años.

Al verla empapada, con la maleta y los ojos enrojecidos, no hizo preguntas.

Solo tomó una de las asas de la máquina.

—Vente conmigo.

Aquella noche durmieron en el pequeño taller de costura de doña Amalia.

Mientras intentaba conciliar el sueño, Rocío acariciaba el metal desgastado de su Singer antigua.

Dentro del cajón seguía guardado el cuaderno donde, durante más de diez años, había dibujado vestidos que nunca se atrevió a mostrar.

Luis Miguel siempre se burlaba.

—Con esos garabatos jamás vas a ganar un peso.

A la mañana siguiente, doña Amalia encontró uno de aquellos dibujos.

Era un vestido de novia inspirado en las bugambilias de los pueblos de Jalisco.

Lo observó durante varios minutos.

—¿Esto lo hiciste tú?

Rocío asintió con timidez.

—Solo dibujo cuando no puedo dormir.

La anciana sonrió.

—Entonces deja de esconder tu talento.

Ese mismo día llegó al taller una organizadora de eventos desesperada.

La diseñadora principal había cancelado la confección del vestido para la hija de un importante empresario tequilero.

Faltaban apenas nueve días para la boda.

—Necesito un milagro —dijo la mujer.

Doña Amalia señaló a Rocío.

—Aquí está.

La organizadora la miró de arriba abajo.

Ropa sencilla.

Zapatos gastados.

Una máquina con más de cuarenta años.

Negó con la cabeza.

—No puedo arriesgar una boda así.

Doña Amalia le entregó el cuaderno de diseños.

La mujer comenzó a pasar las hojas.

En la quinta página dejó de respirar.

En la décima sonrió.

En la vigésima cerró el cuaderno lentamente.

—¿Todos estos diseños son tuyos?

—Sí.

—¿Nunca los registraste?

—No tenía dinero.

La organizadora extendió la mano.

—Quiero ese vestido de las bugambilias.

Rocío sintió un nudo en la garganta.

—Haré todo lo posible.

—No.

La mujer sonrió.

—Quiero que hagas lo imposible.

Durante ocho días casi no durmió.

La vieja máquina no dejó de sonar ni un minuto.

Cada puntada llevaba algo de su historia.

Cada bordado recordaba las veces que Luis Miguel le dijo que nunca llegaría a nada.

Mientras tanto, en la antigua casa, Mariela observaba con fastidio cómo Luis Miguel revisaba las cuentas.

La ferretería estaba perdiendo clientes.

Las deudas crecían.

Y el dinero comenzaba a escasear.

—¿No dijiste que esa costurera no servía para nada? —preguntó ella.

Luis Miguel sonrió con desprecio.

—En una semana estará de regreso pidiéndome perdón.

Pero esa misma tarde, todas las estaciones de televisión de Guadalajara interrumpieron su programación local para transmitir la boda del año.

Cuando la novia apareció con un espectacular vestido bordado a mano inspirado en bugambilias mexicanas, el conductor anunció emocionado:

—La autora de esta creación es una diseñadora jalisciense hasta hoy desconocida… Rocío Hernández.

Luis Miguel dejó caer el control remoto.

Reconocería aquellas puntadas en cualquier parte.

Porque durante quince años las vio salir de la misma máquina de coser de la que tantas veces se burló.

Y lo peor estaba por venir.

Al final de la transmisión, el presentador anunció que una reconocida casa de moda de Milán acababa de ofrecerle a Rocío un contrato internacional valuado en millones de pesos.

Pero antes de aceptar, ella hizo una única petición.

Quería recuperar algo que jamás debió perder… y esa decisión cambiaría para siempre la vida de Luis Miguel.

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