La luz roja seguía parpadeando dentro de la estantería.
Uno de los guardias levantó la vista.
Luego miró hacia la puerta.
Su rostro perdió todo el color.
—Cierren la mansión —ordenó con voz temblorosa—. Nadie sale.
Otro hombre tomó su radio.
—Código negro en el segundo piso. Necesitamos al médico ahora.
Yo seguía arrodillada junto al señor Moretti.
No entendía qué significaba un código negro.
Solo sabía que su mano todavía rodeaba mi muñeca y que, poco a poco, comenzaba a respirar.
Una vez.
Después otra.
El sonido seguía siendo débil, pero ya no parecía que cada respiración fuera la última.
—Emma.
La voz de mamá llegó desde el pasillo.
Apareció corriendo con el uniforme arrugado y el rostro cubierto de miedo.
Cuando me vio junto a Alejandro, se llevó ambas manos a la boca.
—¿Qué hiciste?
Le mostré el inyector vacío.
—No podía respirar.
Mamá cayó de rodillas a mi lado.
Primero me revisó los brazos.
Después el rostro.
—Era tu último EpiPen.
—Él lo necesitaba más.
Mamá cerró los ojos.
Pensé que iba a regañarme.
En cambio, me abrazó con tanta fuerza que mi conejo de peluche quedó atrapado entre las dos.
Los médicos privados de Alejandro entraron poco después.
Nos apartaron mientras examinaban su pulso, le administraban medicamentos y colocaban una mascarilla sobre su rostro.
Uno de ellos miró el inyector vacío.
—Esto le dio el tiempo que necesitábamos.
El jefe de seguridad se volvió hacia mí.
—¿Quién te enseñó a usarlo?
—Mamá.
El hombre observó a mi madre.
Por primera vez, ninguno de los guardias la miró como si fuera invisible.
Alejandro fue trasladado a una habitación segura.
Nosotras debíamos regresar al sótano.
Pero antes de que pudiéramos alejarnos, el guardia que había visto la cámara señaló una puerta escondida detrás de la biblioteca.
Dentro había una pequeña sala de vigilancia.
Tres pantallas mostraban distintos ángulos del estudio.
En una de ellas aparecía la copa de vino.
En otra, la puerta.
Y en la tercera, el escritorio de Alejandro.
El jefe de seguridad retrocedió la grabación.
Todos observamos.
Veinte minutos antes de que Alejandro entrara al estudio, un hombre apareció en la pantalla.
Llevaba guantes negros.
Miró dos veces hacia el pasillo.
Luego sacó un pequeño frasco del bolsillo y vertió varias gotas dentro de la botella de vino.
Mamá me cubrió los ojos.
Pero ya había visto su rostro.
Era el mismo guardia que me había agarrado del brazo.
El que había amenazado con despedirla.
Se llamaba Víctor Salas.
Estaba parado en la entrada de la sala de vigilancia.
Mirando su propia traición en la pantalla.
—Es falso —dijo inmediatamente—. Alguien alteró el video.
El jefe de seguridad se volvió hacia él.
—La grabación se almacena en tres servidores distintos.
Víctor llevó lentamente una mano hacia su chaqueta.
Cuatro hombres lo rodearon antes de que pudiera sacar nada.
—No se mueva.
Él miró hacia la salida.
Después me miró a mí.
Nunca olvidaré aquella expresión.
No era remordimiento.
Era rabia.
Como si salvar una vida hubiera sido una falta de respeto hacia sus planes.
—Esa niña no debía estar aquí —murmuró.
Mamá se colocó delante de mí.
El jefe de seguridad dio un paso hacia Víctor.
—¿Por qué lo hizo?
Él sonrió.
—Pregúntenle a la persona que me pagó.
La habitación quedó en silencio.
—¿Quién? —exigió el jefe de seguridad.
Víctor no respondió.
Solo miró hacia una de las pantallas.
En la grabación aparecía otra figura.
Una mujer que había entrado al estudio minutos antes que él.
No había tocado el vino.
Solo había movido discretamente la cámara de un florero hacia la mesa, asegurándose de que todo quedara grabado.
Llevaba un vestido oscuro y un collar de perlas.
Mamá dejó escapar un suspiro.
—La señora Moretti.
Todos reconocieron a Isabella Moretti.
La hermana mayor de Alejandro.
Ella no había colocado el veneno.
Pero sabía que alguien iba a hacerlo.
Y había preparado la cámara para capturarlo.
El jefe de seguridad ordenó que la localizaran.
La encontraron en el invernadero, sentada tranquilamente junto a una fuente.
Cuando la llevaron ante nosotros, ni siquiera pareció sorprendida.
—Víctor actuaba para otra persona —dijo—. Yo llevaba semanas sospechando de él.
Alejandro, todavía débil, pidió que la llevaran a su habitación.
Mamá intentó sacarme, pero él levantó una mano.
—La niña se queda.
Su voz era apenas un murmullo.
Yo me senté junto a mamá, abrazando mi conejo.
Isabella colocó sobre la cama una carpeta gris.
—Las terminales de Veracruz han estado perdiendo dinero durante seis meses —explicó—. Alguien modificó rutas, facturas y permisos.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Víctor?
—Solo era el intermediario.
Isabella abrió la carpeta.
Dentro había transferencias, fotografías y registros de llamadas.
—La persona que ordenó envenenarte necesitaba que murieras antes de la reunión del consejo de mañana.
—Dime el nombre.

Isabella deslizó una fotografía sobre la cama.
Alejandro la miró.
Su expresión cambió por completo.
Mamá apretó mi mano.
Yo no reconocí al hombre de la imagen.
Pero todos los demás sí.
Era Gabriel Moretti.
El primo de Alejandro.
El hombre que administraba la seguridad, las cuentas privadas y las propiedades familiares.
La única persona que conocía cada rutina de la mansión.
—Eso es imposible —susurró Alejandro.
Isabella negó lentamente.
—No lo es.
Señaló uno de los registros.
—Gabriel transfirió dinero a Víctor hace tres días.
Alejandro cerró los ojos.
La traición no provenía de un rival.
Venía de alguien que cenaba en su mesa.
Alguien que lo llamaba hermano.
Entonces Isabella sacó una última hoja.
—Hay algo más.
Era un contrato de compraventa de la mansión.
La firma de Alejandro aparecía al final.
Pero la fecha era del día siguiente.
—Gabriel esperaba anunciar tu muerte esta noche —dijo Isabella—. Mañana habría presentado este documento y tomado el control de todas las propiedades.
Alejandro observó la firma falsificada.
Después me miró.
—¿Cómo te llamas?
—Emma.
—Emma, tú salvaste mi vida.
Bajé la mirada hacia mi mochila.
—Ahora ya no tengo medicina.
Él guardó silencio.
Mamá se apresuró a intervenir.
—Yo compraré otra cuando reciba el sueldo.
Alejandro giró lentamente hacia el jefe de seguridad.
—Consigan todos los EpiPens que necesite.
Mamá negó con la cabeza.
—No aceptamos caridad.
—No es caridad.
Alejandro volvió a mirarme.
—Es una deuda que nunca terminaré de pagar.
Creí que todo había terminado.
Pero esa misma noche, mientras los hombres buscaban a Gabriel, una alarma comenzó a sonar en el ala oeste.
La caja fuerte personal de Alejandro había sido abierta.
Faltaban documentos.
Pasaportes.
Y un registro con los nombres de todas las personas que habían trabajado para su familia durante veinte años.
Incluido el nombre de mi madre.
Alejandro leyó la página arrancada del archivo.
Después levantó la vista hacia ella.
—Señora Elena…
Mamá palideció.
—¿Sí?
—Usted no comenzó a trabajar en esta casa hace cuatro años.
La habitación quedó completamente en silencio.
Alejandro sostuvo el registro entre los dedos.
—Según este documento, estuvo aquí la noche en que asesinaron a mi padre.
Mamá apretó mi mano con tanta fuerza que me dolió.
Entonces comprendí que ella no me había escondido en el sótano únicamente para protegerme del peligro.
Me había escondido porque sabía exactamente quién podía entrar en aquella mansión.
Y porque el hombre que había envenenado a Alejandro no era el único secreto que llevaba años intentando mantener enterrado.