Alejandro sintió que el mundo entero se detenía.
Miró al niño.
Después a Mariana.
Volvió a mirar el medallón.
—¿Qué quiso decir con que su papá no sabe que existe?
Mariana respiró profundamente.
Durante cinco años había imaginado ese momento.
Ninguna de aquellas versiones se parecía a la realidad.
—Emiliano, ve un momento con la señorita Laura.
La tripulante tomó al pequeño de la mano y lo llevó hacia la cubierta superior.
Solo entonces Mariana levantó la vista.
—Nunca tuve la oportunidad de decírtelo.
Verónica soltó una risa nerviosa.
—¿Ahora resulta que también vas a inventarte un hijo?
Alejandro no apartó los ojos de Mariana.
—Respóndeme.
Ella abrió lentamente la carpeta azul que siempre llevaba en su mochila de trabajo.
Sacó un sobre amarillento.
Los bordes estaban desgastados por los años.
—Lo guardé desde el día del divorcio.
Se lo entregó sin decir una palabra.
Alejandro reconoció inmediatamente la letra.
Era la de su madre.
Abrió la carta.
“Mariana:”
“Cuando recibas esto, espero que ya hayas firmado el divorcio.”
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Siguió leyendo.

“Alejandro jamás aceptará criar un hijo contigo.”
“Ya hablé con el médico y también con el abogado.”
“Si realmente lo quieres, desaparece de su vida.”
Las manos comenzaron a temblarle.
Miró a Mariana.
Ella permanecía completamente inmóvil.
Volvió a bajar la vista.
“El embarazo solo arruinaría su carrera.”
“Si decides continuar, hazlo lejos de él.”
“Yo me encargaré de que nunca lo descubra.”
Alejandro sintió que le faltaba el aire.
—No…
Buscó la última página.
Allí estaba la firma de su madre.
Inconfundible.
Levantó lentamente la cabeza.
—¿Cuándo recibiste esto?
—El mismo día que firmamos el divorcio.
—¿Por qué nunca me buscaste?
Las lágrimas aparecieron por primera vez en los ojos de Mariana.
—Porque también recibí una llamada.
Alejandro frunció el ceño.
—¿De quién?
—De tu madre.
Su voz se quebró.
—Me dijo que habías decidido empezar una nueva vida con Verónica.
Que sabías del embarazo.
Y que habías respondido que ese bebé solo sería un estorbo.
Alejandro dio un paso hacia atrás.
—Yo jamás dije eso.
—Ahora lo sé.
Verónica observaba la escena sin decir una palabra.
Alejandro volvió a mirar la carta.
Cada línea destruía un recuerdo.
Cada palabra convertía cinco años de culpa en una mentira.
En ese momento sonó su teléfono.
La pantalla mostró un nombre que hizo que la sangre se le helara.
Mamá.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Del otro lado solo se escuchó una respiración agitada.
Luego la voz temblorosa de su madre.
—Alejandro… no leas nada de lo que Mariana te entregue.
Es demasiado tarde para explicar lo que hice.
Pero hay algo que ninguno de ustedes sabe.
Antes de que pudiera continuar, la llamada se cortó.
Y, en ese mismo instante, un empleado del puerto corrió hacia el capitán del yate con un sobre urgente.
Venía dirigido exclusivamente a Alejandro.
En el remitente solo aparecía una frase escrita a mano.
“La verdad sobre la muerte de tu padre comienza aquí.”