Tardé casi una hora en quitar los cuatro tornillos de la rejilla.
Cuando por fin logré abrir el hueco, apenas cabía mi brazo.
Estiré la mano hasta alcanzar el cerrojo exterior.
El dolor en la pierna era insoportable.
Pero el miedo a morir en aquella casa era todavía mayor.
A las doce y cuarenta y siete de la madrugada conseguí abrir la puerta.
Me arrastré hasta la calle bajo la lluvia.
Una patrulla municipal pasó por la avenida apenas unos minutos después.
El oficial que descendió del vehículo no hizo preguntas innecesarias.
Al verme cubierta de golpes y con la pierna deformada, pidió una ambulancia de inmediato.
Desperté después de la cirugía.
La fractura era tan grave que tuvieron que colocarme una placa de titanio.
La doctora explicó que, si hubiera llegado unas horas más tarde, la falta de circulación habría puesto en riesgo la pierna.
Tres días después, Mauricio apareció en el hospital acompañado por Beatriz y don Rogelio.
Entraron sonriendo.
Como si fueran una familia preocupada.
Mauricio incluso llevaba un ramo de flores.
—Mi amor… qué susto nos diste.
Daniela permaneció completamente en silencio.
No discutió.
No lloró.
Solo tomó su teléfono y lo dejó sobre la mesa de noche con la pantalla encendida.
Beatriz se acercó a la cama.
—Escúchame bien.
Cuando venga la policía vas a decir exactamente lo que hablamos.
Que resbalaste limpiando la cocina.
¿Entendido?
Daniela no respondió.
Mauricio bajó la voz.
—Si inventas otra cosa, nadie te va a creer.
La puerta de la habitación volvió a abrirse.
Entró una enfermera con una carpeta clínica.
Sonrió al ver a la familia.
—Qué bueno que llegaron.
Necesito que esperen un momento antes de hablar con la paciente.
Mauricio fingió preocupación.
—Claro.
La enfermera revisó el expediente.

Después levantó la vista.
—Solo necesitamos confirmar algo para la Fiscalía.
Los tres dejaron de sonreír.
—¿Fiscalía? —preguntó Beatriz.
La enfermera asintió con naturalidad.
—Sí.
Como la paciente ingresó con una fractura compatible con una agresión y múltiples lesiones de diferentes fechas, el hospital activó automáticamente el protocolo para posibles casos de violencia familiar.
El silencio cayó sobre la habitación.
Mauricio tragó saliva.
—Debe tratarse de un error.
La enfermera negó con la cabeza.
—No lo es.
Además, durante la cirugía encontramos hematomas antiguos en distintas etapas de cicatrización.
Eso significa que las lesiones no ocurrieron el mismo día.
Beatriz dio un paso atrás.
—Ella es muy torpe.
Siempre se anda golpeando.
La enfermera cerró lentamente la carpeta.
—Eso también lo revisamos.
Y precisamente por eso el médico legista ya emitió su dictamen.
Mauricio sintió que el rostro se le helaba.
Daniela seguía sin decir una sola palabra.
Solo observaba.
Entonces la enfermera pronunció la frase que terminó de destruir la coartada.
—Por cierto, antes de entrar escuché toda la conversación.
Miró directamente a Mauricio.
—Y el teléfono de la señora Daniela estaba grabando desde que ustedes cruzaron la puerta.
Los tres giraron instintivamente hacia el celular.
La pantalla seguía iluminada.
El indicador rojo de grabación continuaba avanzando.
Pero lo que ninguno esperaba fue que, en ese mismo instante, dos agentes de la Fiscalía entraran acompañados por el médico legista.
Uno de ellos levantó una orden judicial.
—Señor Mauricio, señora Beatriz…
Necesitamos que nos acompañen.
Además de la grabación recién obtenida, acabamos de recibir el informe pericial de la cocina de su domicilio.
Y confirma que las manchas de sangre encontradas en el piso… pertenecen a la señora Daniela y son compatibles con el lugar donde ocurrió la agresión.