Esperé hasta que Rodrigo se quedó dormido.
Su respiración era lenta.
Tranquila.
Como la de alguien convencido de que su plan era perfecto.
Mateo entró descalzo a mi habitación.
Todavía tenía los ojos hinchados de tanto contener el llanto.
—Mamá… ¿de verdad quieren separarnos?
Lo abracé con todas mis fuerzas.
—No mientras yo pueda respirar.
Aquella misma madrugada salimos de casa con dos mochilas y una carpeta donde guardaba las copias del fideicomiso que mi padre había creado años atrás.
No fuimos a casa de ningún familiar.
A las siete de la mañana estábamos sentados frente a la licenciada Valeria Cruz.
Escuchó los nueve minutos completos de la grabación sin interrumpirme.
Cuando terminó, apagó el reproductor y permaneció varios segundos en silencio.
—Esto no es solo un intento de quitarle la custodia.
Me miró directamente a los ojos.
—Aquí hay indicios de fraude, falsificación, abuso de confianza y una posible conspiración.
Entonces Mateo recordó la escritura.
—La vi encima de la mesa.
Tenía la firma de mi abuelo.
Pero decía que la había firmado tres días después de que murió.
La abogada dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
—¿Estás completamente seguro de eso?
Mi hijo asintió.
Nunca lo había visto tan serio.
Esa misma tarde solicitó copias certificadas en el Registro Público de la Propiedad.
Mientras esperábamos, yo llamé al banco que administraba el fideicomiso de mi padre.
Pedí todos los movimientos de los últimos tres años.

La respuesta llegó antes de lo esperado.
Las transferencias por cuatro millones sí existían.
Y todas aparecían autorizadas con una firma que supuestamente era mía.
Sentí un escalofrío.
Jamás había firmado aquellos documentos.
Horas después, la licenciada regresó con una carpeta mucho más gruesa.
Colocó la escritura sobre la mesa.
Mi padre, Ignacio Mendoza, aparecía como vendedor de la casa de San Miguel de Allende.
La fecha era exactamente tres días posterior a su fallecimiento.
Pero aquello no era lo más extraño.
La abogada señaló otra hoja.
—Mire esto.
El notario que certificó la operación también había firmado el acta de defunción de su padre como testigo.
Fruncí el ceño.
—¿Eso es legal?
Ella negó lentamente.
—No debería haber intervenido en ambas actuaciones bajo estas circunstancias.
Algo no encaja.
Continuó revisando cada página con atención.
De pronto encontró un anexo oculto detrás de la escritura principal.
Era un poder especial.
No estaba registrado en ninguna de las copias oficiales.
Y llevaba mi nombre como supuesta otorgante.
La fecha coincidía con una semana en la que yo permanecía hospitalizada por una cirugía documentada.
Era imposible que hubiera estado en aquella notaría.
La licenciada cerró la carpeta y respiró hondo.
—Ahora entiendo por qué querían declararla incapaz.
No necesitaban quitarle únicamente la custodia de Mateo.
Necesitaban impedir que usted descubriera que casi todas las propiedades de su padre habían cambiado de dueño utilizando documentos imposibles de haber sido firmados.
Y si conseguían internarla unos días, tendrían el tiempo suficiente para borrar el último rastro que todavía podía demostrar quién había organizado aquel fraude desde el principio.
Continuará…