Mauricio tardó varios segundos en reaccionar.
Miró la carpeta abierta como si las hojas fueran a cambiar por arte de magia.
—¿Qué significa esto? —preguntó con la voz seca.
Valeria no levantó el tono.
—Significa que durante cinco años viviste creyendo que todo era tuyo… cuando nunca firmaste un solo documento.
Él soltó una risa nerviosa.
—Deja de jugar.
Ella deslizó la primera escritura sobre la mesa.
—El departamento donde vive tu madre fue comprado dos años antes de conocerte. Está inscrito únicamente a mi nombre.
Mauricio hojeó las páginas con desesperación.
Su respiración empezó a acelerarse.
—Eso… eso no puede ser.
—Claro que puede.
Valeria colocó otro documento.
—Y esta casa también.
El color desapareció del rostro de Mauricio.
Durante años había presumido ante familiares y amigos que era dueño de dos propiedades en Guadalajara.
Incluso había prometido heredarlas algún día.
Todo era mentira.
Su teléfono comenzó a sonar.
Era Beatriz.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué pasa, mamá?
La voz de su madre llegó alterada.
—¡El administrador del edificio vino esta noche! Dice que debemos firmar un nuevo contrato de ocupación. ¿Qué tontería es esa?
Mauricio tragó saliva.
Miró otra vez la escritura.
Valeria respondió antes que él.
—No es ninguna tontería.
Tomó el teléfono de las manos de Mauricio.
—Buenas noches, señora Beatriz.
Al otro lado hubo un silencio incómodo.
—¿Valeria?
—Sí.
Su voz permaneció tranquila.
—Quería avisarle personalmente que a partir del próximo mes dejará de ocupar gratuitamente mi departamento.
—¿Cómo que tu departamento?

—El mismo donde vive desde hace nueve años.
Beatriz soltó una carcajada.
—No inventes. Ese inmueble es de mi hijo.
Valeria sonrió con tristeza.
—Revise el Registro Público de la Propiedad mañana por la mañana.
Y colgó.
Mauricio golpeó la mesa.
—¡No puedes echar a mi madre!
—No la estoy echando.
Lo miró fijamente.
—Le estoy dando treinta días para encontrar otro lugar.
—¡Eso es una venganza!
—No.
Valeria negó lentamente.
—La venganza habría sido dejarla celebrar toda la noche sin decir una palabra.
Hizo una pausa.
—Esto se llama poner límites.
En ese momento Andrés llegó al departamento con un portafolios.
Saludó a su hermana y dejó varios documentos sobre la mesa.
—Ya preparé la solicitud de divorcio.
También traje otra cosa.
Sacó un sobre amarillo.
—Los estados de cuenta que me pediste revisar.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué estados?
Andrés abrió el expediente.
—Los de la empresa de tu madre.
Las páginas estaban llenas de transferencias.
Fechas.
Cantidades.
Firmas.
Valeria observó a Mauricio sin apartar la mirada.
—Mientras yo pagaba su fiesta de cumpleaños…
Deslizó la última hoja hacia él.
—…tu madre llevaba más de tres años usando mi firma para solicitar préstamos que jamás autoricé.
Mauricio dejó caer los documentos.
Porque, por primera vez en toda la noche, comprendió que el divorcio ya no era el mayor de sus problemas.
La investigación apenas acababa de comenzar.