Aquella noche no pude dormir.
Renata respiraba a mi lado dentro de la cuna portátil que Lucía había improvisado con una caja grande y varias mantas. Valeria y Camila dormían abrazadas en el sofá, agotadas después de llorar durante horas.
Yo seguía mirando una y otra vez la transferencia de 760,000 pesos.
El dinero había salido de nuestra cuenta conjunta apenas veinticuatro horas antes de que Mauricio fuera al hospital a recogerme.
La fecha me hizo sentir un escalofrío.
Mientras yo daba a luz, él estaba enviando una fortuna a otra mujer.
—¿Quién eres, Mauricio? —susurré con la voz rota.
A la mañana siguiente llamé al banco.
La ejecutiva confirmó que la operación había sido autorizada con una firma registrada a mi nombre.
Mi corazón se detuvo.
—Eso es imposible.
—Señora, tenemos la documentación correspondiente.
Pedí una copia de inmediato.
Dos horas después tenía el archivo frente a mí.
La firma llevaba mi nombre.
Pero no era mía.
Habían imitado el trazo casi a la perfección.
Solo alguien que hubiera visto cientos de veces mi firma podía haberlo hecho.
Lucía observó el documento durante varios minutos.
—Esto es falsificación.
Yo asentí sin dejar de mirar el papel.
Entonces recordé algo.
Tres meses antes, Mauricio me había pedido que firmara varias hojas “en blanco” para adelantar unos trámites de la empresa porque, según él, yo estaría demasiado incómoda con el embarazo para ir después a las oficinas.
Firmé sin sospechar.
Ahora sentía náuseas.
¿Había utilizado aquellas hojas para fabricar la autorización?
Mientras intentaba ordenar mis pensamientos, sonó el teléfono.
Era Mauricio.
—No hagas un escándalo.
Ni siquiera preguntó por las niñas.
—Solo quiero recuperar lo que es mío.
Él soltó una risa seca.
—La casa nunca fue realmente tuya.

Colgué sin responder.
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
Esta vez era de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Mauricio aparecía abrazando a Fernanda frente a una clínica privada.
Ella acariciaba su enorme vientre mientras él sonreía como nunca había sonreído en las fotografías de nuestras hijas.
Debajo había una sola frase.
“El heredero llegará en dos meses.”
Sentí que el aire desaparecía.
Pero el verdadero golpe llegó esa misma tarde.
El abogado que había llevado la compra de nuestra casa me llamó personalmente.
—Señora Elena… necesito verla hoy mismo.
—¿Ocurrió algo?
Hubo unos segundos de silencio.
—Encontramos otra autorización con su firma.
Y si ese documento es falso… alguien intentó poner también la propiedad de la casa a nombre de otra persona.
La parte 3 está en los comentarios.