El empresario ya había abierto la puerta de su automóvil cuando escuchó la voz de la joven.
—No se vaya. Tengo todo grabado.
El hombre se detuvo.
La arrogancia desapareció de su rostro durante un segundo.
Después volvió a sonreír.
—Borra ese video.
La muchacha sostuvo el teléfono contra su pecho.
—No.
El pitbull comenzó a gruñir.
Varias personas retrocedieron.
Yo me puse de pie con dificultad y levanté a mi perro herido entre los brazos.
—No te acerques a ella —advertí.
El empresario cerró la puerta del coche y caminó nuevamente hacia nosotros.
—No saben con quién se están metiendo.
La joven desbloqueó la pantalla.
—Sí sabemos.
Reprodujo la grabación.
El video mostraba al pitbull corriendo sin correa.
Mostraba el momento exacto en que atacó a mi mascota.
También mostraba al empresario golpeándome cuando intenté separarlos.
Los murmullos aumentaron.
Algunos vecinos comenzaron a sacar sus propios teléfonos.
El hombre apretó la mandíbula.
—Ese video no demuestra el contexto.
—El contexto es que su perro atacó primero —respondió la joven—. Y después usted golpeó a un hombre indefenso.
El empresario sacó una tarjeta de su bolsillo.
—Te pagaré por el teléfono.
Ella soltó una risa amarga.
—No está a la venta.
—Todo el mundo tiene un precio.
—Entonces hoy conocerá a la primera persona que no lo tiene.
El hombre intentó arrebatarle el dispositivo.
Pero una voz firme surgió detrás de nosotros.
—Ni un paso más.
Un policía fuera de servicio avanzó entre la multitud.
Llevaba ropa deportiva y una placa colgada del cuello.
—He visto toda la grabación —dijo—. Y también vi cuando intentó intimidar a los testigos.
El empresario lo miró con desprecio.
—Llame a su superior. Él sabe quién soy.
—Precisamente por eso no llamaré a nadie de su lista de contactos.
El agente pidió refuerzos por radio.
El magnate soltó una carcajada.
—Mañana estarás sin trabajo.
El policía no respondió.
Se limitó a observar al pitbull.
El animal tenía manchas oscuras alrededor del hocico.
No eran solo de mi perro.
Había sangre seca de diferentes tonalidades.
La joven amplió una parte de la grabación.
Antes de atacarnos, el animal había salido corriendo desde una camioneta negra estacionada junto al parque.
La puerta trasera permanecía abierta.
Dentro se veía una jaula.
Y en el suelo había otros collares rotos.
El agente frunció el ceño.
—¿Qué transporta en ese vehículo?
El empresario perdió el color del rostro.
—Eso no es asunto suyo.
—Ahora sí lo es.
Dos patrullas llegaron minutos después.
Los oficiales revisaron la camioneta.
Encontraron jaulas, medicamentos sin etiquetar y documentos con direcciones de propiedades privadas.
Uno de los policías sacó una libreta.
Había fechas, cantidades de dinero y nombres de animales.
La multitud comenzó a comprender que aquello no era un simple incidente en el parque.
El hombre organizaba peleas clandestinas.
Su perro había sido entrenado para atacar.
El empresario intentó marcharse.
—No pueden detenerme sin una orden.
La joven levantó nuevamente su teléfono.
—También grabé lo que dijo antes de golpearlo.
Reprodujo el audio.
La voz del magnate se escuchó con claridad.
“Si tu perro sobrevive, la próxima vez lo llevaremos al almacén.”
Yo sentí un escalofrío.
—¿Qué almacén?
El empresario guardó silencio.

El policía revisó la libreta.
Una dirección aparecía repetida varias veces.
Era una vieja fábrica abandonada en las afueras de la ciudad.
Los agentes lo esposaron mientras él gritaba amenazas contra todos.
Su perro fue asegurado por especialistas sin lastimarlo.
Cuando lo alejaron, el animal dejó de gruñir.
Parecía más asustado que agresivo.
La joven se acercó a mí.
—Hay algo más que debe ver.
Me mostró un fragmento grabado antes del ataque.
El empresario discutía por teléfono junto a la camioneta.
Su voz era baja, pero se entendía perfectamente.
“Mañana eliminaremos a todos los animales antes de que llegue la inspección.”
La policía organizó un operativo inmediato en la fábrica.
Yo llevé a mi perro a una clínica veterinaria.
Horas después, el agente me llamó.
Habían encontrado decenas de animales vivos.
También hallaron archivos con nombres de funcionarios, empresarios y policías que protegían las peleas.
Pero lo más extraño estaba dentro de una oficina cerrada.
En una pared había fotografías de personas que habían denunciado al magnate durante años.
Mi rostro aparecía entre ellas.
La fotografía había sido tomada mucho antes del ataque.
Debajo de mi nombre había una orden escrita con tinta roja:
“Provocarlo en el parque. Debe parecer un accidente.”
Entonces entendí que el empresario no había soltado a su perro por descuido.
Había ido hasta allí para atacarme.
Y alguien cercano a mí le había pagado para hacerlo.
Lee la Parte 3.