PARTE 2: LA LLAMADA QUE ARRUINÓ EL PLAN.

Verónica tardó unos segundos en responder.

Su seguridad desapareció por completo.

—Yo… solo supuse que tendría que aparecer.

Sebastián no apartó la mirada de ella.

—No respondas lo que no pregunté.

El silencio se volvió insoportable.

Mariana seguía inmóvil.

Su hija continuaba dormida en brazos del hombre que todos describían como implacable.

Uno de los guardias rompió el silencio.

—Señor, la señora Verónica llamó hace veinte minutos desde la recepción.

Sebastián giró lentamente.

—¿A quién?

El guardia consultó su radio.

—Dijo que era una llamada urgente relacionada con una menor.

Verónica palideció.

—Era… era por protocolo.

Sebastián entregó con cuidado a Renata a Mariana.

Después sacó su teléfono.

—Tráiganme el registro completo de las llamadas internas.

La gerente comenzó a retroceder.

—No hace falta llegar tan lejos.

—Al contrario.

Su voz fue fría.

—Apenas estamos empezando.

En ese instante sonó el celular de Mariana.

La pantalla mostraba un nombre que le hizo temblar las manos.

Mamá.

Contestó.

No alcanzó a decir una palabra.

—Ya hablamos con el DIF.

La voz de su madre sonaba extrañamente tranquila.

—Les contamos que abandonaste a la niña para irte a trabajar.

Mariana sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué hiciste?

—Lo correcto.

Tu hija estará mejor con una familia responsable.

Las piernas le fallaron.

Sebastián tomó el teléfono antes de que cayera al suelo.

—¿Quién habla?

Del otro lado hubo silencio.

Después la mujer respondió.

—Soy la abuela de esa niña.

—Entonces escúcheme bien.

La voz de Sebastián hizo que hasta los guardias permanecieran inmóviles.

—La menor nunca fue abandonada.

Está bajo las cámaras de seguridad de mi restaurante desde las dos de la tarde.

Hubo un silencio absoluto.

Sebastián continuó.

—Y la persona que llamó primero para denunciar un supuesto abandono fue una empleada mía.

Miró directamente a Verónica.

—Exactamente diecisiete minutos antes de que la niña desapareciera.

La gerente comenzó a sudar.

—Eso… eso tiene una explicación.

—Perfecto.

Sebastián señaló las cámaras del techo.

—La veremos junto con los videos.

Cinco minutos después, el jefe de seguridad llegó con una tableta.

Reprodujo las grabaciones del almacén.

Mariana rompió a llorar.

No había sido un descuido.

Las imágenes mostraban claramente a Verónica entrando al almacén, levantando a Renata mientras seguía dormida y dejándola cuidadosamente junto a la puerta que conducía al sótano privado.

Después salía, sacaba el teléfono y realizaba una llamada.

El registro apareció inmediatamente en la pantalla.

Destino: Teresa Salgado.

La madre de Mariana.

Nadie dijo una palabra.

Sebastián observó nuevamente a Verónica.

—¿Por qué hiciste esto?

La mujer bajó la cabeza.

—Porque la abuela me prometió dinero…

Respiró con dificultad.

—Dijo que, si el DIF le quitaba la niña a Mariana, ella obtendría la custodia y una parte de una herencia familiar.

Mariana sintió que el mundo se detenía.

—¿Herencia?

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué herencia?

Pero antes de que alguien pudiera responder, uno de los guardias recibió una llamada urgente.

Levantó la vista con el rostro completamente serio.

—Señor…

Miró a Sebastián.

—Acaban de llegar dos trabajadores sociales… y traen una orden para retirar inmediatamente a la bebé.

Lo que ninguno de ellos sabía era que la orden había sido firmada apenas una hora antes… usando documentos falsificados con la firma de Mariana.

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