Mariana no preguntó qué llevaba aquel paquete.
Simplemente obedeció.
Subió a la camioneta con los ojos todavía hinchados de tanto llorar.
Doña Teresa condujo en silencio.
Nunca había visto a su suegra tan seria.
Tan decepcionada.
Tan herida.
Subieron los tres pisos.
Doña Teresa abrió la puerta con la copia de llaves que Diego le había dado años atrás “por cualquier emergencia”.
Aquella noche, comprendió que la emergencia había llegado.
Diego seguía profundamente dormido.
El ventilador giraba lentamente.
La cama ocupaba casi toda la habitación.
La mitad izquierda estaba vacía.
Exactamente el espacio donde debía dormir Mariana.
Doña Teresa dejó el paquete sobre el colchón.
Luego encendió todas las luces.
Diego abrió los ojos sobresaltado.
—¿Mamá?
¿Qué haces aquí?
Ella no respondió.
Desató lentamente el mecate.
Retiró el papel estraza.
Y apareció un viejo colchón individual.
Delgado.
Gastado.
Con manchas de humedad.
Diego frunció el ceño.
—¿Qué significa esto?
Doña Teresa habló con una tranquilidad que helaba la sangre.
—Es el colchón donde tú dormías cuando tenías siete años.
Lo guardé todos estos años.
Pensé que nunca volvería a necesitarlo.
Diego seguía sin entender.
—¿Y?
Su madre señaló el piso.
—Ponlo ahí.
Él soltó una risa incómoda.
—¿Para qué?
—Porque desde hoy tú vas a dormir abajo.
Mariana levantó lentamente la vista.
Diego también.
—¿Qué?
Doña Teresa dio un paso al frente.
—Tu esposa embarazada vuelve a esta cama.
Y tú vas a dormir donde, según tú, “no pasa nada”.
En el coche.
O sobre ese colchón.
Como prefieras.
Diego comenzó a molestarse.
—Mamá, este es un asunto entre nosotros.
Ella lo interrumpió.
—No.
Dejó de ser un asunto privado el día que obligaste a una mujer de treinta y cuatro semanas de embarazo a dormir en un automóvil.
El silencio cayó sobre la habitación.
Doña Teresa se giró hacia Mariana.
—¿Cuántas noches fueron?
Mariana respondió casi avergonzada.
—Dieciséis.
La mujer cerró los ojos.
Dieciséis.
Su propio hijo había dejado a su esposa embarazada dieciséis noches dentro de un coche.
Cuando volvió a abrirlos, ya no había tristeza.
Solo una enorme decepción.
—¿Sabes qué recuerdo de tu padre?
—preguntó mirando a Diego.
Él permaneció callado.
—Cuando yo estaba embarazada de ti trabajaba doce horas en una fábrica.
Una noche llegué con fiebre.
Él durmió sentado en una silla durante tres semanas para que yo pudiera acomodarme en la cama.
Jamás volvió a mencionar el tema.
Porque para él cuidar a su familia no era un favor.
Era una obligación.
La voz comenzó a quebrársele.
—¿En qué momento aprendiste a tratar así a la mujer que lleva a tu hija?
Diego bajó la mirada.
—Yo solo necesitaba descansar.
Doña Teresa respondió inmediatamente.
—¿Y Mariana qué necesitaba?
No hubo respuesta.
—¿Dormir?
¿Sentirse segura?
¿No tener miedo de bajar tres pisos sola de madrugada?
Cada pregunta pesaba más que la anterior.
Mariana rompió el silencio.
—Nunca quise molestarte.
Diego la miró por primera vez aquella noche.
Ella continuó hablando con una serenidad que dolía más que cualquier grito.
—Llegó un momento en que ya no lloraba porque me mandaras al coche.
Lloraba porque empecé a creer que realmente estorbaba.
Las palabras golpearon a Diego como una bofetada.
Doña Teresa sacó entonces otro objeto del paquete.
Era una pequeña caja de cartón.
La colocó sobre la cama.
—¿Sabes qué hay aquí?
Diego negó con la cabeza.
—Todas las cartas que tu padre me escribió cuando estaba embarazada de ti.
Él la observó confundido.
—Cada una termina igual.
Abrió una de ellas.
Leyó en voz alta.
“Gracias por cuidar a nuestro hijo mientras yo cuido de ustedes.”
La habitación quedó completamente en silencio.
Doña Teresa volvió a cerrar la caja.
—Tu padre murió creyendo que habías aprendido lo que significa ser esposo.
Esta noche descubrí que estaba equivocada.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Diego.
Era la primera vez desde que todo empezó.
Sin embargo, Mariana ya no lloraba.
Simplemente tomó su almohada de embarazo.
La dejó nuevamente sobre la cama.
Y habló con una calma absoluta.
—No quiero que cambies porque tu mamá te regañó.
Quiero que cambies porque entiendes el daño que hiciste.
Si eso no pasa…
No pienso criar a mi hija enseñándole que este es el amor que merece.
A la mañana siguiente, Diego despertó solo.
Mariana ya no estaba.
La cama aparecía perfectamente tendida.
Sobre la almohada encontró una nota escrita con la letra de su esposa.
“Me fui con tu mamá para asistir a mi cita médica.”
“Necesito unos días para pensar si todavía quiero regresar a esta casa.”
Debajo había una segunda hoja.
No era de Mariana.
Era de doña Teresa.
Solo tenía una frase.
“Si mi nieta nace creyendo que una mujer embarazada debe dormir en un coche para que un hombre descanse, habré fracasado dos veces como madre.”
Diego permaneció inmóvil varios minutos.
Pero el verdadero golpe llegó apenas una hora después.
Su teléfono sonó.
Era el hospital.
La voz de la doctora fue seria.

—Señor Diego…
Necesitamos que venga inmediatamente.
La presión arterial de Mariana ha subido de forma preocupante.
Y existe la posibilidad de que tengamos que adelantar el nacimiento de su hija.
Leer la Parte 3 a continuación.