PARTE 2 – LA NOTA ENTRE LAS CENIZAS REVELÓ QUIÉN QUERÍA IMPEDIR LA BODA

Lucía no apartó la mirada de su padrastro.

El oficial seguía esperando al otro lado de la línea.

—¿Señorita? —insistió—. ¿Cuál es su emergencia?

Lucía respiró profundamente.

—Hubo un incendio en mi casa. Creo que fue provocado.

Su madre soltó un grito.

—¡Cuelga ahora mismo!

Pero Lucía dio la dirección completa.

Después dejó el auricular sobre la mesa sin cortar la llamada.

El padrastro avanzó hacia ella.

—Estás destruyendo a esta familia por un vestido.

—No es por el vestido —respondió Lucía—. Es por el dinero que estaba escondido dentro.

El hombre se detuvo.

Fue un gesto mínimo.

Pero suficiente.

Sofía también lo notó.

—¿Qué dinero? —preguntó la madre.

Lucía la miró con incredulidad.

—El dinero para la operación de papá.

El rostro de su madre perdió el color.

—Tu padre no necesita ninguna operación.

Lucía sintió un frío terrible recorrerle la espalda.

Durante seis meses había ahorrado cada moneda.

Había vendido joyas, trabajado horas extras y ocultado el dinero porque su padrastro insistía en que no podían confiar en los bancos.

—El hospital me llamó personalmente —dijo Lucía—. Dijeron que si no pagábamos esta semana, perdería su lugar.

Sofía comenzó a llorar.

—Yo no sabía que el dinero estaba ahí.

—Mentira. Tú me viste coserlo dentro del dobladillo.

La joven bajó la mirada.

El padrastro golpeó la pared.

—¡Basta! Todo esto se salió de control.

Lucía se acercó lentamente al armario quemado.

Entre los restos oscuros encontró un fragmento de papel que el fuego no había consumido por completo.

Solo se distinguían unas pocas palabras:

“Si te casas con Daniel, todos sabrán lo que hizo tu madre.”

El pasillo quedó en silencio.

Lucía levantó la nota.

—¿Qué significa esto?

Su madre retrocedió.

—No lo sé.

Pero Sofía soltó una risa nerviosa.

—Sí lo sabes.

La mujer la miró con terror.

—Cállate.

—Me obligaste a incendiar el armario —gritó Sofía—. Dijiste que solo querías destruir la nota antes de que Lucía la encontrara.

Lucía sintió que el aire desaparecía.

—¿Mamá?

La mujer se apoyó contra la pared.

—No quería hacerte daño.

—Quemaste mi ropa, el dinero y casi toda la casa.

—Porque esa boda no puede celebrarse.

Lucía apretó el papel entre sus dedos.

—¿Por qué?

Antes de que pudiera responder, se escucharon sirenas en la calle.

Dos policías y un inspector de bomberos entraron al pasillo.

El padrastro intentó controlar la situación.

—Fue un accidente doméstico. Mi hijastra está alterada.

El inspector observó el suelo.

Después se agachó junto a la puerta del armario.

—Esto no comenzó por una plancha.

Sacó una pequeña bolsa de evidencia.

Dentro había restos de combustible y una caja de fósforos.

—Alguien preparó el incendio.

Sofía comenzó a temblar.

—Yo encendí el fósforo —confesó—. Pero fue porque mamá me amenazó.

La madre cerró los ojos.

Lucía no podía reconocer a la mujer que tenía enfrente.

—¿Qué secreto estás intentando ocultar?

La policía pidió registrar la habitación.

Detrás de una tabla suelta del armario encontraron varias cartas antiguas, una fotografía y un certificado de nacimiento.

Lucía tomó la imagen.

Su madre aparecía junto a un hombre joven frente a una iglesia.

Aquel hombre no era su padre.

Era Roberto.

El padre de Daniel, su prometido.

—No puede ser —susurró Lucía.

La madre comenzó a llorar.

—Roberto y yo estuvimos juntos antes de que tú nacieras.

Lucía sintió que las piernas le fallaban.

—¿Estás diciendo que Daniel y yo…?

—No —respondió la mujer con desesperación—. Daniel no es tu hermano.

Sacó otra carta de la caja.

—Pero su padre creyó durante años que tú eras hija suya.

Lucía leyó las páginas con manos temblorosas.

Roberto había entregado dinero en secreto durante años.

Dinero destinado a Lucía.

Dinero que jamás llegó a sus manos.

El padrastro dio un paso hacia la puerta.

Uno de los policías lo detuvo.

—¿Adónde va?

El inspector abrió un pequeño cuaderno encontrado detrás de la tabla.

Había fechas, cantidades y firmas.

Cada pago de Roberto aparecía retirado por el padrastro.

—Robaste ese dinero —dijo Lucía.

Él soltó una risa seca.

—Esa familia nunca iba a aceptarte.

—Entonces la operación de mi padre…

El padrastro guardó silencio.

La madre se cubrió el rostro.

Sofía habló entre sollozos.

—No había ninguna operación.

Lucía sintió que algo se rompía dentro de ella.

El hospital nunca había llamado.

Los mensajes, los recibos y las amenazas de perder el turno habían sido falsificados.

Querían que entregara sus ahorros sin hacer preguntas.

Pero aún faltaba lo peor.

Uno de los agentes abrió el certificado de nacimiento.

El nombre del padre biológico de Lucía estaba cubierto con tinta.

Debajo se alcanzaba a leer otro apellido.

Daniel entró corriendo en la casa, empapado por la lluvia.

—Lucía, ¿qué pasó?

Ella levantó el documento.

Daniel se detuvo al reconocer el apellido oculto.

No pertenecía a Roberto.

Pertenecía al hombre que oficiaría su boda dos días después.

El sacerdote era el verdadero padre de Lucía.

Y llevaba meses intentando impedir el matrimonio porque sabía que Daniel ocultaba algo todavía más grave.

Lee la Parte 3.

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