PARTE 2 – LA ORDEN DE YANCE REVELÓ QUIÉN HABÍA ORGANIZADO EL SECUESTRO

El estruendo sacudió la bodega.

Las luces parpadearon con violencia.

Los mercenarios de la fila derecha soltaron sus armas y buscaron refugio detrás de las columnas de concreto.

Yance se lanzó al suelo en el mismo instante.

La esposa gritó su nombre.

Pero antes de que el líder enmascarado pudiera reaccionar, una cuerda descendió desde las vigas.

Tres hombres vestidos de negro bajaron desde el techo.

No disparaban a ciegas.

Cada movimiento había sido calculado para bloquear las salidas y obligar a los secuestradores a rendirse.

—¡Nadie se mueva! —ordenó uno de ellos—. ¡Suelten las armas!

El líder sujetó a la esposa de Yance y la colocó frente a él.

—¡Detén a tus hombres o ella pagará por tu estupidez!

Yance levantó lentamente la cabeza.

Su expresión ya no mostraba miedo.

—No puedes usarla como escudo.

—Acabas de elegirla por encima de tu madre —se burló el hombre—. Claro que puedo.

Yance miró hacia la anciana.

Su madre seguía inclinada hacia adelante, respirando con dificultad.

Sin embargo, todavía permanecía consciente.

Entonces sonrió débilmente.

—Lo hiciste bien, hijo.

El secuestrador la miró con desconcierto.

Ella enderezó la espalda.

Sacó de la manga un pequeño inhalador y respiró profundamente.

El ataque de asma había sido una actuación.

La esposa de Yance también dejó de llorar.

Su expresión aterrada desapareció.

—¿Qué está pasando? —preguntó el líder.

Yance flexionó las manos.

La cuerda que supuestamente lo mantenía atado cayó al suelo.

—Nos diste diez segundos para elegir —respondió—. Nosotros tuvimos tres horas para preparar tu caída.

El hombre enmascarado retrocedió.

Aquello nunca había sido un secuestro improvisado.

Yance había descubierto días antes que alguien estaba vigilando a su familia.

En lugar de huir, permitió que el plan avanzara para identificar a todos los implicados.

Los nudos eran falsos.

Los francotiradores habían entrado antes del anochecer.

Y el collar de su esposa escondía un transmisor que llevaba registrando cada conversación desde que llegaron.

—¿Por qué elegiste salvarla a ella? —preguntó el líder, intentando ganar tiempo.

Yance señaló a su madre.

—Porque sabía que ella podía protegerse.

Después miró a su esposa.

—Pero también sabía que ustedes querían llevársela viva.

El hombre se quedó inmóvil.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque nunca pediste dinero.

Yance caminó lentamente hacia él.

—Querías obligarme a elegir frente a una cámara.

Una luz roja seguía encendida sobre una mesa metálica.

Todo había sido transmitido en secreto.

No buscaban una recompensa.

Buscaban destruir su reputación, hacer creer que había abandonado a su madre y provocar una guerra dentro de su propia familia.

Uno de los hombres de Yance retiró la cámara y encontró una conexión cifrada.

—La señal sigue activa —informó—. Alguien está viendo esto desde otro lugar.

El líder enmascarado comenzó a reír.

—Crees que ganaste porque controlaste esta bodega.

—No —respondió Yance—. Gané cuando comenzaste a hablar.

Su esposa dejó caer discretamente el collar.

El dispositivo reprodujo la voz del secuestrador.

“Cuando Yance elija a una de las dos, enviaremos el video al consejo y diremos que ordenó la muerte de la otra.”

La madre cerró los ojos.

—Así que querían quitarle la compañía.

Yance asintió.

Él dirigía un consorcio de seguridad marítima y ocupaba un puesto decisivo dentro de un consejo internacional.

Si el video se hacía público, sus socios lo apartarían de inmediato.

El líder sacó lentamente una pequeña llave del bolsillo.

—Aunque me detengan, nunca sabrás quién pagó por todo esto.

La esposa de Yance lo observó con atención.

—Yo sí conozco esa llave.

Todos giraron hacia ella.

La mujer se acercó con cautela.

—Pertenece al despacho privado de tu padre.

Yance sintió un frío repentino.

Su padre había muerto tres años atrás.

Tras su fallecimiento, el despacho quedó sellado y nadie, ni siquiera la familia, tenía permiso para entrar.

—¿Dónde la conseguiste? —preguntó Yance.

El hombre enmascarado apretó la llave entre los dedos.

—Me la entregó la persona que organizó esta noche.

Los hombres de Yance consiguieron reducirlo y retiraron su máscara.

La madre soltó un grito ahogado.

El secuestrador no era un mercenario desconocido.

Era Esteban, el antiguo jefe de seguridad de la familia.

El mismo hombre que había acompañado al padre de Yance durante veinte años.

—Tú asististe a su funeral —dijo la anciana—. Juraste que protegerías a mis hijos.

Esteban bajó la mirada.

—Su esposo nunca murió.

El silencio fue absoluto.

Yance lo sujetó por el cuello de la chaqueta.

—¿Qué acabas de decir?

—El cadáver del funeral no era suyo.

Esteban señaló la cámara que aún transmitía.

—Todo esto fue una prueba.

—¿Una prueba para quién?

La pantalla instalada sobre la mesa se encendió sola.

Apareció la silueta de un hombre sentado en una habitación oscura.

La voz era más vieja, pero Yance la reconoció inmediatamente.

—Para saber si todavía eras capaz de sacrificar a tu propia sangre por el poder.

La madre de Yance comenzó a temblar.

Su esposa le tomó la mano.

Yance miró fijamente la pantalla.

—Padre.

El hombre inclinó lentamente el rostro hacia la luz.

Era él.

Vivo.

Y sonreía.

—Elegiste a tu esposa —dijo—. Exactamente como temía.

Yance apretó los puños.

—¿Tú organizaste el secuestro?

—No solamente el secuestro.

El padre levantó una carpeta frente a la cámara.

En la portada aparecía el nombre de la esposa de Yance.

Debajo había fotografías, movimientos bancarios y una prueba genética.

—También organicé tu matrimonio.

La esposa dejó de respirar.

Yance miró el documento con horror.

Su padre continuó:

—La mujer por la que acabas de arriesgarlo todo no es quien tú crees.

Lee la Parte 3.

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