Nadie respiró.
Los ocho hombres armados que custodiaban mi salón permanecían inmóviles mientras una niña de tres años terminaba de dibujar una estrella verde sobre mi barbilla.
Lily sonrió satisfecha.
—Ahora ya no pareces triste.
Nadie había pronunciado esas palabras delante de mí en años.
No porque no lo supieran.
Sino porque nadie se atrevía.
Elena seguía completamente pálida.
—Señor Romano… por favor, la castigaré. No volverá a ocurrir.
La miré.
—¿Castigarla por qué?
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—Le pintó la cara.
Miré nuevamente mi reflejo.
El hombre al que Chicago llamaba monstruo llevaba un arcoíris atravesándole la nariz.
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquello no me molestaba.
Me incliné hacia Lily.
—¿Crees que quedó bonito?
Ella negó con mucha seriedad.
—Todavía no.
Tomó el pincel otra vez.
—Te falta un corazón.
Los guardias intercambiaron miradas.
Nadie sabía si intervenir.
Yo tampoco entendía por qué permanecía quieto.
Pero lo hice.
Lily pintó un pequeño corazón rojo junto a mi sien.
Después dio un paso atrás y aplaudió.
—¡Ahora sí!
Sin darme cuenta, solté una carcajada.
No una sonrisa.
Una risa auténtica.
El sonido rebotó por todo el salón.
Varios hombres me miraron como si acabaran de ver un fantasma.
Marco, mi jefe de seguridad desde hacía doce años, fue el primero en reaccionar.
Jamás me había visto reír.
Jamás.
En ese instante sonó un teléfono.
Marco contestó inmediatamente.
Su expresión cambió.
—Señor…
Volví a ser Adrián Romano.
—Habla.
—Encontramos al hombre que ordenó el ataque del puerto de anoche.
Mi rostro recuperó la frialdad habitual.
—Llévenlo al almacén.
Lily tiró suavemente de mi manga.
—¿Te vas?
La miré.
Esos enormes ojos marrones no conocían el miedo.
Solo tristeza.
—Tengo trabajo.
Ella frunció los labios.
—¿Trabajo feo?
Los guardias bajaron la vista.
Nadie se atrevía a escuchar aquella conversación.
—Sí.
Lily caminó hasta su mochila.
Sacó una hoja doblada.
Era un dibujo.
En él aparecía una casa enorme.
Un hombre muy alto.
Una mujer.
Y una niña sujetando un conejo.
Todos sonreían.
Me entregó el papel.
—Para que no estés solo cuando hagas tu trabajo feo.
Sentí un peso extraño en el pecho.
—Gracias.
Guardé el dibujo dentro del bolsillo interior de mi saco.
Marco observó la escena sin decir una palabra.
Aquello era completamente impropio de mí.
Pero nadie dijo nada.
Aquella noche fui al almacén.
El prisionero estaba arrodillado.
Ensangrentado.
Esperando el destino que todos conocían.
Saqué lentamente el dibujo de Lily.
Lo observé unos segundos.
Después miré al hombre.
—¿Quién te contrató?
Él sonrió.
—Aunque me mates, nunca…
No terminó la frase.
No porque lo golpearan.
Porque vio el dibujo infantil entre mis manos.
Su expresión cambió completamente.
—¿Qué… qué es eso?
Guardé la hoja.
—La última oportunidad que tendrás para decir la verdad.
Tembló.
Durante diez años había interrogado a hombres capaces de soportar cualquier tortura.
Aquel rompió el silencio en menos de treinta segundos.
Pronunció un nombre.
—Vincent DeLuca.
Marco respiró hondo.
Era imposible.
Vincent era mi socio desde hacía quince años.
El hombre que conocía cada una de mis propiedades.
Cada ruta.
Cada cuenta.
Cada rutina.
Regresé a la mansión pasada la medianoche.
Encontré una pequeña luz encendida en la cocina.
Elena seguía allí.
Preparaba té.
Al verme entrar, bajó inmediatamente la cabeza.
—Perdón por lo de hoy.
Negué lentamente.
—No vuelvas a disculparte por tu hija.
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
Saqué el dibujo del bolsillo.
Lo coloqué sobre la mesa.
—Nadie había hecho algo así por mí.
Elena sonrió por primera vez desde que la contraté.
Una sonrisa cansada.

Honesta.
—Lily cree que todas las personas tristes necesitan colores.
Observé el dibujo otra vez.
—Quizá tenga razón.
En ese momento apareció Lily medio dormida, abrazando a Buttons.
Caminó directamente hacia mí.
Sin pedir permiso.
Sin miedo.
Apoyó la cabeza contra mi pierna.
—Ya volviste.
Le acaricié el cabello casi por instinto.
Ella bostezó.
—Sabía que volverías.
La cargué en brazos.
Era tan pequeña que apenas pesaba.
Sus ojitos comenzaron a cerrarse.
Antes de quedarse dormida murmuró algo que me dejó completamente inmóvil.
—Mamá dice que los hombres malos nunca regresan a casa.
Abrió un ojo.
—Pero tú siempre vuelves.
Sentí un nudo en la garganta.
No supe qué responder.
La llevé hasta el sofá sin despertarla.
Entonces Marco entró apresuradamente.
Traía una carpeta negra.
—Señor…
Su voz era diferente.
Urgente.
—Revisamos los archivos de la agencia donde Elena trabajó antes de venir aquí.
Lo miré.
—¿Y?
Abrió la carpeta.
Dentro había una fotografía tomada hacía cuatro años.
En ella aparecía Elena.
Mucho más joven.
Con una niña recién nacida en brazos.
Y, detrás de ella…
Mi hermano mayor, Matteo Romano.
El mismo hombre cuyo cadáver enterré hacía cinco años.
Sentí que el mundo se detenía.
—Eso es imposible.
Marco tragó saliva.
—Hay algo peor.
Sacó el acta de nacimiento de Lily.
En la casilla del padre no aparecía ningún nombre.
Solo una nota escrita a mano por un juez.
“Identidad reservada por razones de seguridad.”
Volví lentamente la mirada hacia la niña que dormía abrazando su conejo.
Por primera vez desde que la conocía, comprendí que quizá Lily no había llegado por casualidad a mi mansión.
Y que Elena no solo estaba escondiendo un pasado.
Estaba protegiendo un secreto capaz de cambiar para siempre el destino de la familia Romano.