El silencio que siguió a la confesión del patriarca fue más aterrador que cualquier amenaza.
Nadie se atrevía a respirar.
Su Wan permanecía de pie junto a la puerta, incapaz de comprender por qué todas aquellas miradas se habían vuelto hacia ella.
Durante años había trabajado en aquella mansión como una simple asistente.
Había soportado humillaciones, insultos y desprecios sin conocer la razón.
Ahora todo parecía cambiar.
La joven que durante veinte años había sido presentada como la única nieta legítima dejó caer lentamente el bolso al suelo.
—Eso… eso es imposible…
Su voz apenas pudo salir.
El anciano levantó otro documento.
—La prueba de ADN llegó esta mañana.
No existe ninguna duda.
Tú nunca perteneciste a esta familia.
Un murmullo recorrió el enorme salón.
Los accionistas invitados comenzaron a intercambiar miradas de preocupación.
Si aquello era cierto, toda la sucesión del grupo empresarial quedaba completamente anulada.
Fue entonces cuando Gu Jinchen dio dos pasos hacia adelante.
Todos esperaban que defendiera a la falsa heredera.
Sin embargo, ocurrió algo que nadie imaginó.
Se volvió lentamente hacia Su Wan.
La observó durante varios segundos.
Y, ante la sorpresa de todos, inclinó ligeramente la cabeza.
—Señorita Su.
Permítame ofrecerle una disculpa.
El salón entero quedó paralizado.
Incluso el patriarca abrió los ojos con incredulidad.
Su Wan frunció el ceño.
—¿Disculparse… por qué?
Gu Jinchen respiró profundamente.

—Porque hace cinco años descubrí que alguien había cambiado a dos niñas al nacer.
Pensé que usted conocía la verdad.
Por eso la mantuve lejos de esta familia.
Prefería que viviera como una persona común antes que convertirla en el próximo objetivo de quienes buscaban esta herencia.
Aquellas palabras dejaron a todos sin habla.
La falsa heredera comenzó a retroceder lentamente.
—¡Está mintiendo!
—¿De verdad?
Gu Jinchen sacó una pequeña memoria USB del bolsillo de su saco.
La colocó sobre la mesa.
—Aquí están las grabaciones del hospital.
También aparecen las personas que pagaron por intercambiar a las recién nacidas.
El patriarca extendió la mano con evidente nerviosismo.
Pero antes de tocar la memoria, una voz desesperada interrumpió el silencio.
—¡No la reproduzcan!
Todos giraron al mismo tiempo.
Quien acababa de gritar era la mujer que había criado a la falsa heredera durante veinte años.
Tenía el rostro completamente descompuesto.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Cayó de rodillas frente al patriarca.
—Fui yo…
El aire pareció desaparecer del salón.
—Yo acepté el dinero…
Pero no fue para hacer rica a mi hija.
Lo hice porque amenazaron con matar a la verdadera bebé si me negaba.
El patriarca sintió que las piernas dejaban de responderle.
—¿Quién te amenazó?
La mujer levantó lentamente la vista.
Miró directamente a Gu Jinchen.
Y pronunció un nombre que hizo palidecer incluso al poderoso magnate.
—No fue él…
Fue su propio padre.
El rostro de Gu Jinchen perdió todo el color.
Porque el hombre al que todos creían muerto desde hacía diez años…
acababa de ser señalado como el verdadero responsable de destruir a ambas familias.
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