PARTE 2: LAS TARJETAS ERAN MÍAS.

A las siete cincuenta y cinco de la noche, el salón principal del Hotel Imperial de Polanco estaba lleno.

Sesenta invitados levantaban sus copas mientras Daniel caminaba entre las mesas saludando como si acabara de conquistar el mundo.

Fernanda sonreía con un vestido blanco ceñido.

Graciela repetía a cualquiera que quisiera escucharla que, por fin, su hijo había encontrado “una mujer de categoría”.

Nadie imaginaba que faltaban cinco minutos para que todo se derrumbara.

El primer tiempo de la cena terminó entre aplausos.

Daniel tomó el micrófono.

—Gracias por acompañarnos en esta nueva etapa. Hoy cierro un capítulo de mi vida y comienzo otro mucho mejor.

Los invitados brindaron.

Fernanda lo besó.

—Mi amor, demuestra quién eres.

Daniel levantó su tarjeta negra.

—Esta noche no existe límite de gasto.

Las risas llenaron el salón.

A las ocho en punto, el jefe de meseros recibió una llamada en su auricular.

Solo respondió:

—Entendido.

Mientras tanto, comenzaron a llegar las botellas de champaña francesa.

Mariscos.

Cortes premium.

Postres importados.

La cuenta seguía creciendo.

Daniel disfrutaba cada minuto.

Quince minutos después pidió que llevaran los puros y un coñac de colección.

—Hoy todo corre por mi cuenta.

El gerente financiero del hotel se acercó discretamente con la terminal bancaria.

Daniel deslizó la tarjeta.

Operación rechazada.

Frunció el ceño.

—Otra vez.

Segundo intento.

Rechazada.

Sacó otra tarjeta.

También fue rechazada.

Luego una tercera.

Y una cuarta.

Su sonrisa desapareció.

—Debe ser un problema del sistema.

El gerente mantuvo la educación.

—Permítame verificar.

En ese instante comenzaron a sonar varios teléfonos al mismo tiempo.

El de Daniel.

El de Fernanda.

El de Graciela.

El de su hermano.

El de su contador.

Más de cien llamadas y notificaciones llegaron casi al mismo tiempo.

Daniel respondió la primera.

—¿Bueno?

La voz de su director financiero sonó desesperada.

—¿Qué hiciste? Todas las tarjetas corporativas quedaron canceladas hace exactamente veinte minutos.

Antes de responder, entró otra llamada.

Era el banco.

Luego otra.

Y otra más.

Todas hacían exactamente la misma pregunta.

—Señor Daniel, ¿quién va a cubrir los cargos pendientes?

Los invitados comenzaron a mirarse entre sí.

El ambiente festivo desapareció.

El gerente del hotel dio un paso al frente.

—Disculpe, señor. La cuenta actual asciende a seiscientos cuarenta y ocho mil trescientos veinte pesos. Necesitamos otra forma de pago.

Daniel respiró hondo.

—Mi esposa…

Se detuvo al darse cuenta de lo que acababa de decir.

Ya no tenía esposa.

En ese momento, las puertas del salón se abrieron lentamente.

Entré acompañada por Mauricio, director jurídico de Grupo Alcántara, y por el gerente general del banco emisor de las tarjetas.

Mauricio colocó una carpeta sobre la mesa principal.

—Buenas noches.

Miró directamente a Daniel.

—Venimos a aclarar una pequeña confusión.

Abrió la primera página.

—Ninguna de las doce tarjetas utilizadas durante los últimos ocho años pertenecía al señor Daniel Ramírez.

El silencio fue absoluto.

Mauricio continuó leyendo.

—Todas eran tarjetas adicionales emitidas sobre las cuentas personales y empresariales de la señora Verónica Alcántara, presidenta de Grupo Alcántara.

Daniel sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Pero aquello apenas explicaba el dinero.

La siguiente carpeta demostraría que, durante años, alguien había estado utilizando la firma digital de Verónica para cometer un fraude que podía enviar a más de una persona directamente a prisión.

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