Mariana volvió a cerrar la puerta del cuarto con seguro.
Durante varios segundos solo escuchó el latido acelerado de su corazón.
La caja seguía abierta sobre la cama.
Sacó el primer contrato.
Era una inversión de ciento ochenta mil dólares realizada dos años atrás.
El segundo superaba los doscientos veinte mil.
El tercero hablaba de un fondo inmobiliario por más de trescientos mil dólares.
Los tres documentos llevaban su nombre como titular.
Pero aquella firma no era la suya.
Era una imitación.
Muy buena.
Lo suficiente para engañar a cualquiera que nunca hubiera visto cómo escribía realmente.
Abrió la libreta negra.
Cada página contenía fechas, cantidades y pequeñas anotaciones escritas por Doña Ofelia.
“Mariana nunca revisa los estados de cuenta.”
“Mauricio ya consiguió otra copia de su identificación.”
“Cuando vendamos las inversiones, diremos que ella autorizó todo.”
Mariana sintió un escalofrío.
Aquello no era un abuso familiar.

Era un fraude cuidadosamente planeado.
Tomó fotografías de cada hoja antes de guardar todo exactamente como lo había encontrado.
Entonces sonó el teléfono.
Era Mauricio.
—Ya se te pasó el berrinche o todavía sigues haciendo drama por la comida.
Mariana respiró despacio.
—Ven por las cosas de tu mamá.
—Esta tarde iremos los dos.
—Perfecto. Aquí los espero.
Colgó sin discutir.
Una hora después llegó al banco donde siempre recibía su salario.
Pidió hablar directamente con el gerente.
Mientras revisaban su historial, el hombre frunció el ceño.
—Señora Salgado… ¿usted autorizó tres movimientos de inversión usando un poder especial?
Mariana negó lentamente.
—Jamás.
El gerente abrió otra carpeta.
—Entonces esto es mucho más serio de lo que imaginaba.
Sobre el escritorio apareció una copia certificada de un poder notarial.
Su fotografía estaba allí.
Su nombre también.
Pero la firma volvía a ser falsa.
Y había algo todavía peor.
El documento autorizaba a Mauricio Salgado a disponer libremente de todas las inversiones presentes y futuras realizadas a nombre de Mariana.
El gerente levantó la vista.
—Si este poder es falso, alguien intentó quedarse con todo su patrimonio.
Mariana sintió que las piezas finalmente encajaban.
La obsesión de Doña Ofelia por echarla de la casa.
La tranquilidad con la que Mauricio aceptó el divorcio.
Los insultos.
Las humillaciones.
Nada había sido improvisado.
Necesitaban que abandonara la vivienda creyendo que ya no tenía nada.
Lo que ellos ignoraban era que el gerente acababa de activar el protocolo antifraude del banco.
Y, exactamente veinte minutos después, el primer teléfono que empezó a sonar no fue el de Mariana.
Fue el de Mauricio.