No derramé una sola lágrima en el hospital.
Mientras los cirujanos trabajaban para reconstruir la pierna de Mateo, salí al estacionamiento, respiré una vez y marqué el número de la única persona que podía ayudarme.
—Licenciada Sofía Andrade.
—Necesito divorciarme. Hoy.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué pasó?
Miré por la ventana del quirófano.
—Mi esposo eligió salvar a la hija de otra mujer antes que a nuestro hijo… y tuvo el descaro de presumirlo frente a él.
Sofía no hizo más preguntas.
—Empieza a guardar pruebas. Yo me encargo del resto.
Las siguientes cuarenta y ocho horas las pasé junto a la cama de Mateo.
Mauricio apareció varias veces.
Llegaba con juguetes caros, videojuegos y enormes ramos de flores.
Mateo nunca los miró.
Cuando Mauricio quiso tomarle la mano, mi hijo retiró lentamente el brazo.
—¿Te duele mucho, campeón?
Mateo negó con la cabeza.
—La pierna no.
Mauricio sonrió, creyendo que era una buena señal.
Entonces llegó la frase que lo dejó inmóvil.
—Lo que duele es haber descubierto que Renata es más importante que yo.
El silencio dentro de la habitación fue insoportable.
Mauricio intentó explicarse.
—No fue así…
—Sí fue así.
Mateo volvió el rostro hacia la ventana.
—Yo lo vi.
Y yo también.
Una semana después recibimos el alta.
Mientras Mauricio seguía visitando a Valeria casi todos los días “para asegurarse de que Renata superara el trauma”, yo preparaba cada documento con mi abogada.
Estados de cuenta.
Escrituras.
Correos.
Mensajes.
Incluso encontramos transferencias mensuales que Mauricio hacía desde nuestra cuenta familiar al departamento donde vivían Valeria y su hija.
Más de ciento veinte mil pesos en apenas tres meses.
Todo salía del patrimonio de Mateo.
No dije nada.
Solo seguí esperando.
Tres semanas después llegó nuestro aniversario número ocho.
Mauricio escribió un mensaje.
“Esta noche cenemos juntos. Hay que dejar atrás lo ocurrido.”
Acepté.
Él llegó a casa sonriendo, convencido de que el tiempo había borrado todo.
Encontró la mesa perfectamente puesta.
Un pastel de chocolate.
Una pequeña caja con un anillo idéntico al que me había dado cuando me pidió matrimonio.
Y una carta apoyada sobre el plato principal.
Sonrió al verla.
Pensó que era una reconciliación.

Abrió primero la caja.
Dentro del anillo había una inscripción nueva.
“Devuélveselo a quien sí elegiste.”
Su sonrisa desapareció.
Con manos temblorosas abrió la carta.
No era una carta de amor.
Era la notificación oficial de la demanda de divorcio, la solicitud de custodia exclusiva de Mateo y una orden judicial para congelar todas las cuentas compartidas mientras se investigaba el desvío de dinero hacia Valeria.
En la última página solo había una frase escrita con mi puño y letra.
“El día que soltaste la mano de nuestro hijo… también soltaste para siempre la mía.”
En ese instante sonó el timbre.
Mauricio abrió la puerta creyendo que era yo.
Pero quienes estaban afuera no eran flores.
Eran dos actuarios judiciales… y alguien cuya presencia convertiría aquella noche en la peor de toda su vida.
La parte 3 está en los comentarios.