PARTE 2
El brillo metálico desapareció tan rápido como había aparecido.
El magnate retiró lentamente la mano del interior de su saco.
No era un arma.
Era un viejo encendedor plateado con el emblema de Corporación Armand.
El joven lo reconoció al instante.
Su respiración se volvió pesada.
—Todavía lo conservas.
El hombre cerró el puño alrededor del encendedor.
Por primera vez desde que comenzó el enfrentamiento, su expresión dejó de reflejar arrogancia.
Ahora parecía miedo.
Las sirenas de la policía se acercaban cada vez más.
Los teléfonos seguían grabando.
Miles de personas observaban desde las banquetas.
Nadie se atrevía a intervenir.
El jefe de seguridad volvió a incorporarse lentamente.
Tenía el labio abierto por el golpe contra la pared.
—Señor Armand, debemos irnos.
El magnate no respondió.
No apartaba la vista del muchacho.
—¿Cómo te llamas?
El joven sonrió con amargura.
—Diez años buscándome… ¿y ni siquiera recuerdas mi nombre?
El hombre guardó silencio.
—Soy Gabriel Rojas.
El nombre cayó sobre la calle como una piedra.
El magnate retrocedió un paso.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque…
Las palabras quedaron atrapadas en su garganta.
Gabriel sacó otra fotografía del bolsillo.
Era una imagen tomada pocos días antes del incendio.
Aparecían cuatro personas sonriendo frente a una pequeña fábrica.
En un extremo estaba un hombre estrechando la mano del magnate.
—Mi padre confiaba en ti.
Gabriel levantó lentamente la fotografía.
—Firmó contigo el contrato que destruyó nuestra vida.
Los policías llegaron finalmente al lugar.
Dos patrullas bloquearon el tránsito.
Los agentes descendieron rápidamente.
—¡Todos mantengan la calma!
Uno de ellos intentó acercarse.
Gabriel levantó ambas manos.
—No estoy armado.
El magnate permanecía inmóvil.
El oficial observó alternativamente a ambos hombres.
—¿Qué ocurrió aquí?
Antes de que Gabriel respondiera, varios testigos comenzaron a hablar al mismo tiempo.
—El coche casi lo atropella.
—Después empezaron a discutir.
—Todo está grabado.
Decenas de personas levantaron sus teléfonos.
El oficial respiró hondo.
—Necesito que ambos me acompañen.
Gabriel negó con tranquilidad.
—Primero quiero hacer una denuncia formal.
El magnate sonrió con desprecio.
—¿Contra mí?
—Contra usted.
—¿Con qué pruebas?
Gabriel abrió lentamente una mochila que llevaba colgada al hombro.
Sacó una carpeta gruesa.
Después otra.
Y una tercera.
Todas estaban perfectamente clasificadas.
El jefe de seguridad cambió de expresión.
—Señor…
El magnate comprendió inmediatamente lo que significaban aquellos documentos.
—¿Cuánto tiempo llevas preparando esto?
—Diez años.
Gabriel colocó la primera carpeta sobre el cofre del automóvil.
—Contratos falsificados.
La segunda.
—Transferencias bancarias.
La tercera.
—Peritajes del incendio.
Los periodistas comenzaron a llegar.
Las cámaras apuntaban directamente al magnate.
El oficial abrió la primera carpeta.
Su rostro cambió de inmediato.
—¿Estos documentos son auténticos?
—Puede verificar cada firma.
El magnate dio un paso hacia adelante.
—No lea nada sin mi abogado.
Gabriel soltó una risa breve.
—Lo esperaba.
Sacó entonces una pequeña memoria USB.
—Por eso envié copias hace cuarenta minutos.
El hombre quedó completamente inmóvil.
—¿A quién?
—Fiscalía Anticorrupción.
—Estás mintiendo.
—También a tres periodistas de investigación.
Los reporteros se miraron entre sí.
Uno de ellos levantó la mano.
—Acabo de recibir un correo con ese nombre.
Gabriel asintió.
—Tiene la contraseña en el asunto.
El magnate sintió que el color abandonaba su rostro.
Todo estaba ocurriendo exactamente como el joven había planeado.
No era una discusión improvisada.
Era una exhibición pública.
Un escenario del que no podía escapar.
El oficial pidió refuerzos por radio.
Mientras esperaba respuesta, abrió otra página de la carpeta.
Frunció el ceño.
—Aquí aparece un informe de bomberos.
Gabriel señaló una línea específica.
—Lea la fecha.
—Hace diez años.
—Ahora lea la conclusión.
El policía permaneció varios segundos en silencio.
Después levantó lentamente la mirada.
—El incendio pudo haber sido provocado.
Los murmullos crecieron entre la multitud.
El magnate golpeó el cofre del automóvil.
—¡Ese informe fue descartado!
Gabriel respondió sin levantar la voz.
—Fue ocultado.
El hombre dio un paso atrás.
Por primera vez parecía realmente acorralado.

En ese instante, un automóvil gris se detuvo junto a la escena.
Una mujer de unos cincuenta años descendió apresuradamente.
Apenas vio a Gabriel comenzó a llorar.
—¡Gabriel!
El joven giró sorprendido.
—¿Tía Elena?
Ella corrió hasta abrazarlo.
—Pensé que nunca regresarías.
El magnate cerró lentamente los ojos.
Reconocía perfectamente a aquella mujer.
Había sido la contadora principal de la antigua fábrica.
Y también la única persona que desapareció el mismo día del incendio.
Gabriel la sostuvo por los hombros.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo?
Ella respiró profundamente.
—Escondida.
Los periodistas acercaron inmediatamente los micrófonos.
—¿Por qué?
La mujer miró directamente al magnate.
—Porque intentaron matarme.
El silencio fue absoluto.
Ni siquiera las sirenas parecían escucharse ya.
El oficial dio un paso hacia ella.
—¿Puede repetir eso?
—Yo sobreviví al incendio.
Sacó un sobre amarillento del interior de su bolso.
—Y durante diez años protegí esto.
Gabriel observó el sobre con incredulidad.
—¿Qué contiene?
Las manos de Elena temblaban.
—El documento que tu padre firmó una hora antes de morir.
El magnate dio un paso desesperado hacia ella.
—¡No abras ese sobre!
Dos policías se interpusieron inmediatamente.
Elena rompió lentamente el sello.
Extrajo una sola hoja.
El papel estaba parcialmente quemado por uno de los bordes.
El oficial tomó el documento.
Comenzó a leer las primeras líneas.
Su expresión cambió por completo.
Miró primero al magnate.
Después a Gabriel.
Y finalmente volvió a leer el nombre escrito al final de la última página.
—Esto… cambia toda la investigación.
Gabriel sintió un escalofrío.
—¿Qué dice?
El oficial levantó lentamente la vista.
—Que el propietario legal de Corporación Armand nunca fue el señor Armand.
El magnate cerró los ojos.
Como si hubiera esperado escuchar esa frase durante diez largos años.
El policía respiró profundamente antes de terminar de leer la última cláusula.
—Según este documento, el verdadero dueño de todo el imperio era el padre de Gabriel… y alguien falsificó el acta de su muerte apenas doce horas después del incendio.