PARTE 2
La transmisión se interrumpió durante 3 segundos.
En una camioneta estacionada a 2 calles de la mansión, el agente Iván Rojas golpeó el tablero.
—¡Perdimos la señal!
La mujer sentada frente a 4 pantallas no respondió.
Lucía Ferrer, especialista en operaciones encubiertas, aumentó el volumen del último fragmento recibido.
La respiración débil de Valeria seguía escuchándose detrás de una interferencia constante.
—No está desconectado —dijo—. El micrófono continúa activo. Algo dentro de la casa está bloqueando la frecuencia.
Iván tomó su arma.
—Entonces entramos.
—Todavía no.
—¡La están matando!
Lucía giró hacia él.
—Si irrumpimos sin identificar el laboratorio, destruirán las pruebas y trasladarán a los demás.
Iván apretó los dientes.
Valeria había aceptado infiltrarse en la familia Gu por una razón que solo ellos conocían.
No era dinero.
No era poder.
Tampoco era una misión profesional.
Era venganza.
Cinco años antes, su hermana mayor, Daniela, había trabajado como asistente personal de Adrián Gu, presidente de la corporación.
Una noche desapareció después de enviar un mensaje desesperado:
“Si me pasa algo, busca el archivo Proyecto Orquídea”.
La policía cerró el caso asegurando que Daniela había huido del país.
Valeria nunca lo creyó.
Durante años reunió nombres, movimientos bancarios y fotografías. Todo conducía a la mansión y a un despacho que solo podía abrirse con la llave que Mateo llevaba siempre consigo.
Por eso fingió interesarse en él.
Pero Mateo también había fingido caer en su juego.
Dentro del salón, Valeria permanecía inmóvil sobre la alfombra.
Escuchaba las voces como si llegaran desde el fondo de un túnel.
—¿Cuánto falta? —preguntó Adrián.
Mateo observó su reloj.
—El sedante debería mantenerla sin fuerzas durante 20 minutos.
Valeria sintió un destello de esperanza.
No era el veneno mortal que Mateo había querido hacerle creer.
Era una sustancia diseñada para paralizarla temporalmente.
Él se había jactado de haberla derrotado porque esperaba que el miedo hiciera el resto.
—¿Y si alguien está escuchando? —preguntó Adrián.
Mateo miró alrededor.
—Revisé su bolso, su vestido y sus zapatos.
—Entonces revisaste mal —pensó Valeria.
El micrófono estaba oculto dentro de una pequeña cicatriz artificial detrás de su oreja.
Mateo tomó a Valeria por los hombros y comenzó a arrastrarla hacia el despacho.
Ella dejó caer discretamente una pieza metálica entre las fibras de la alfombra.
Era un repetidor de señal del tamaño de una uña.
En la camioneta, una de las pantallas volvió a encenderse.
—Tenemos conexión —dijo Lucía.
Iván escuchó la voz de Adrián.
—Llévala al sótano. Después llama al doctor.
Lucía amplió el mapa digital de la mansión.
—El sótano no aparece en los planos oficiales.
—Entonces ahí está el laboratorio.
En el pasillo, Mateo arrastró a Valeria hasta un elevador oculto detrás de una biblioteca.
Presionó una secuencia de 6 números.
Valeria los memorizó.
Aunque su cuerpo apenas respondía, su mente seguía completamente despierta.
El ascensor descendió.
Cuando las puertas se abrieron, apareció un corredor iluminado por lámparas blancas.
Había habitaciones cerradas con códigos electrónicos, cámaras de seguridad y varias cajas marcadas con nombres de empresas farmacéuticas.
Mateo arrojó a Valeria sobre una camilla.
—Puedes dejar de fingir —dijo.
Ella no reaccionó.
Mateo se inclinó hacia su rostro.
—Sé que sigues consciente.
Valeria abrió lentamente los ojos.
—Entonces… sabes que escuché todo.
Él sonrió.
—Eso era exactamente lo que quería.
La seguridad con la que habló la desconcertó.
Mateo sacó de su bolsillo la medalla que Valeria llevaba al cuello.
Dentro estaba la última fotografía de Daniela.
—Tu hermana usaba una igual.
El corazón de Valeria se detuvo por un instante.
—¿Dónde está?
—Más cerca de lo que imaginas.
Mateo caminó hacia una puerta metálica y apoyó la mano sobre el lector biométrico.
—Daniela no desapareció por culpa de Adrián.
—Trabajaba para él.
—Trabajaba para todos nosotros.
La puerta se abrió.
Detrás había una oficina llena de carpetas, discos duros y fotografías.
En la pared principal aparecía la imagen de Daniela, acompañada por una lista de operaciones clandestinas.
Debajo de su nombre se leía:
“DIRECTORA DEL PROYECTO ORQUÍDEA”.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Eso es falso.
—Daniela creó el sistema que estás intentando destruir —respondió Mateo—. Adrián solo puso el dinero.
—Mi hermana descubrió lo que hacían y quiso denunciarlos.
—Tu hermana fue quien nos enseñó a ocultarlo.
Mateo colocó una memoria sobre la mesa.
—Aquí está su confesión.
Valeria intentó incorporarse, pero sus brazos no respondieron.
—No te creo.
—Entonces escucha.
Mateo conectó la memoria.
La voz de Daniela llenó la habitación:
—Mi nombre es Daniela Ferrer. Si Valeria encuentra esta grabación, significa que Mateo no logró mantenerla alejada.
Valeria dejó de luchar.
Era su voz.
No una imitación.
No una grabación manipulada.
Daniela continuó:
—Valeria, nunca debiste buscarme. Yo no fui una víctima de la familia Gu. Fui su socia.
En la camioneta, Lucía e Iván escuchaban cada palabra.
Iván miró la pantalla.
—¿Sabías algo de esto?
Lucía no respondió.
Su rostro había perdido el color.
Dentro del sótano, la grabación siguió:
—Proyecto Orquídea comenzó como un sistema para identificar redes de corrupción. Pero Adrián comprendió que la información podía utilizarse para controlar jueces, empresarios y funcionarios. Yo lo ayudé a convertirlo en un arma.
Valeria sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
Todos aquellos años había construido su vida alrededor de la idea de salvar la memoria de su hermana.
Ahora aquella memoria comenzaba a desmoronarse.
—¿Está viva? —preguntó.
Mateo apagó la grabación.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado limpia.
Valeria lo observó.
—¿Dónde?
—No puedo decírtelo todavía.
—¿Por qué?
La sonrisa de Mateo desapareció.
—Porque Daniela fue quien ordenó que te trajéramos aquí.
Valeria sintió un frío profundo.
Mateo tomó un teléfono y activó una videollamada.
La pantalla mostró una habitación oscura.
Una mujer apareció lentamente frente a la cámara.
Su rostro estaba más delgado y su cabello era más corto, pero Valeria la reconoció de inmediato.
—Daniela…
Su hermana la miró sin emoción.
—Te advertí que dejaras de buscarme.
Valeria intentó levantarse.
—Creí que estabas muerta.
—Eso era lo mejor para las dos.
—¿Trabajas con ellos?
Daniela guardó silencio.
—¡Respóndeme!
—Yo soy quien dirige el proyecto ahora.
Mateo permaneció a un lado, observando la reacción de Valeria.
Pero entonces Daniela hizo algo inesperado.
Levantó discretamente 3 dedos.
Los bajó.
Después levantó 2.
Valeria recordó aquel código.
Cuando eran niñas, Daniela lo utilizaba para advertirle que alguien estaba escuchando.
Tres, dos.

Tercera puerta.
Segundo cajón.
Valeria desvió apenas los ojos hacia la oficina.
La tercera puerta estaba al fondo.
Mateo no había notado la señal.
—Valeria —continuó Daniela—, entrega el micrófono y olvida todo lo que viste.
—No puedo.
—Entonces no saldrás de esa casa.
La llamada terminó.
Mateo extendió la mano.
—Ya la escuchaste. Dame el transmisor.
Valeria cerró los ojos.
—Está dentro de la medalla.
Mateo miró el objeto que había dejado sobre la mesa.
Fue el error que ella necesitaba.
Mientras él intentaba abrirla, Valeria reunió la poca fuerza que había recuperado, deslizó la mano hasta el borde de la camilla y presionó el botón de emergencia oculto bajo su anillo.
En la camioneta, la pantalla mostró una señal roja.
—Autorización recibida —dijo Lucía—. Entramos ahora.
Los vehículos de la Fiscalía comenzaron a avanzar hacia la mansión.
Mateo abrió la medalla.
Estaba vacía.
Cuando comprendió el engaño, Valeria ya había rodado de la camilla y alcanzado la tercera puerta.
Introdujo el código del elevador.
La cerradura se abrió.
Dentro encontró un escritorio.
Abrió el segundo cajón.
Había un expediente con su propio nombre.
En la primera página aparecía una fotografía suya tomada 15 años atrás.
Debajo había una prueba genética y una frase escrita por Daniela:
“Valeria no es mi hermana. Es la hija secreta de Adrián Gu”.
Valeria levantó la vista hacia Mateo.
Él estaba inmóvil en el umbral.
—Ahora entiendes por qué nunca quise hacerte daño —dijo.
Las alarmas de la mansión comenzaron a sonar.
Mateo cerró la puerta detrás de él.
—Y también entiendes por qué Adrián jamás puede descubrir que encontraste ese expediente.