Parte 2: EL SECRETO DE ETHAN

Clara pasó toda la noche mirando el techo.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a leer el último mensaje.

“Llevo años esperando que alguien me diera una excusa para invitarte.”

No podía creerlo.

Durante seis años había escondido cada emoción por miedo a perder incluso la amistad profesional que compartían.

Y ahora Ethan hablaba como si hubiera estado esperando exactamente lo mismo.

A las seis y media en punto sonó el timbre.

Clara abrió la puerta.

Ethan llevaba un traje azul marino sin corbata y un pequeño ramo de margaritas blancas.

Ella sonrió con timidez.

—¿Flores?

Él se encogió ligeramente de hombros.

—Le pregunté a una enfermera cuáles eran tus favoritas.

Clara sintió que el corazón volvía a desordenarse.

—¿Y ella lo sabía?

—Todo el hospital lo sabe.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Excepto yo.

—Excepto tú.

El trayecto hasta el hotel Saint James transcurrió entre conversaciones sencillas.

No hablaron de cirugías.

Ni de pacientes.

Hablaron de libros.

De viajes que nunca habían hecho.

De la cafetería donde ambos se escondían durante la residencia para dormir veinte minutos antes de volver a urgencias.

Cuando llegaron al restaurante, el jefe Bennett ya los esperaba en una mesa del fondo.

Sonrió satisfecho al verlos entrar juntos.

—Veo que ninguno escapó.

Después de saludarlos, se levantó.

—Mi trabajo termina aquí.

Y desapareció antes de que pudieran detenerlo.

Clara y Ethan quedaron frente a frente.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente Ethan rompió el silencio.

—¿Puedo confesarte algo?

Ella asintió.

—Hace seis años quise invitarte a cenar.

Clara levantó la vista sorprendida.

—¿Qué pasó?

Él sonrió con cierta vergüenza.

—Escuché a dos residentes decir que estabas saliendo con un cardiólogo.

Ella parpadeó.

—Nunca salí con ningún cardiólogo.

—Lo descubrí meses después.

Los dos rieron.

—¿Y por qué nunca volviste a intentarlo? —preguntó Clara.

Ethan bajó la mirada hacia la copa de agua.

—Porque cada vez que estaba decidido… aparecía otro rumor.

Que estabas comprometida.

Que te mudarías a otro hospital.

Que no mezclabas trabajo con relaciones.

Respiró profundamente.

—Y porque pensé que una mujer como tú merecía alguien que no viviera permanentemente dentro de un quirófano.

Clara negó lentamente con la cabeza.

—Yo pensaba exactamente lo mismo de ti.

Los dos guardaron silencio.

De pronto comenzaron a reír.

Seis años.

Habían perdido seis años por culpa de rumores que ninguno se atrevió a comprobar.

Ethan metió la mano en el bolsillo de su saco.

Sacó un pequeño sobre.

—Hay algo que llevo mucho tiempo guardando.

Se lo entregó.

Clara lo abrió con cuidado.

Dentro había una tarjeta navideña.

Fechada cinco años atrás.

Nunca enviada.

La letra era inconfundiblemente de Ethan.

“Querida Clara: probablemente nunca te entregue esta carta. Solo quería decirte que el mejor momento de cada guardia es cuando descubro que estaremos operando juntos.”

Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Clara.

Había otra.

Y otra más.

Una por cada año.

Cartas escritas.

Jamás enviadas.

En todas aparecía la misma idea.

El miedo a perderla.

Ethan la observó con una mezcla de nervios y ternura.

—Siempre encontraba una razón para no entregarlas.

Clara levantó lentamente la vista.

—¿Sabes qué hice yo durante esos mismos años?

Abrió el bolso.

Sacó una vieja libreta de tapas azules.

Entre sus páginas había entradas para conferencias.

Fotografías de congresos.

Pequeñas notas.

Y, cuidadosamente doblados, varios papeles.

Eran cartas.

También dirigidas a Ethan.

Nunca entregadas.

Él las miró sin poder hablar.

Los dos comenzaron a reír otra vez.

No por diversión.

Sino por la absurda ironía de descubrir que habían vivido la misma historia desde lados opuestos.

En ese instante apareció el jefe Bennett junto a la mesa con una sonrisa imposible de disimular.

—Solo vine a hacer una pregunta.

Los dos lo miraron.

—Después de seis años de perder el tiempo… ¿van a necesitar que también les organice la segunda cita?

Clara y Ethan se miraron.

Él tomó suavemente su mano por primera vez.

—No, doctor.

Sonrió sin apartar los ojos de ella.

—Creo que el resto podemos resolverlo nosotros.

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