Sebastián no respondió a la provocación.
Entró despacio, con las manos visibles, sin apartar los ojos del bate que Raúl sostenía a la altura del pecho.
Emiliano estaba acurrucado junto al sofá.
Su camiseta tenía manchas de lágrimas y una manga estaba empapada de sangre.
El brazo izquierdo colgaba en un ángulo antinatural.
—Tío… —susurró el niño.
Sebastián sintió un nudo en la garganta.
Raúl dio un paso al frente.
—Llégate de aquí. Este mocoso se cayó solo.
Sebastián mantuvo la voz serena.
—Si se cayó, deja que me lo lleve al hospital.
—No va a ningún lado.
—Entonces baja el bate.
Raúl sonrió con desprecio.
—No recibo órdenes de un metiche.
En ese instante sonaron sirenas a lo lejos.
Raúl giró apenas la cabeza para mirar por la ventana.
Fue suficiente.
Sebastián avanzó de golpe, empujó una silla con el pie y la lanzó contra el bate.
El golpe desvió el arma.
Raúl perdió el equilibrio.
Sebastián aprovechó el segundo para correr hacia Emiliano, cargarlo entre sus brazos y retroceder hasta la puerta.
—¡No te lo vas a llevar! —rugió Raúl.
Intentó sujetar al niño, pero Sebastián le propinó un empujón seco que lo hizo caer sobre la mesa de centro.
Justo entonces llegaron dos patrullas.
Los oficiales entraron apuntando.

—¡Suelte el bate! ¡Al piso!
Raúl intentó inventar una historia.
—¡Ese hombre entró a mi casa!
Pero Emiliano comenzó a llorar desesperadamente.
—¡Él me pegó! ¡No quiero quedarme con él!
Una paramédica tomó al pequeño mientras otro agente esposaba a Raúl.
Mauricio llegó apenas dos minutos después.
Corrió hasta la ambulancia.
Cuando vio el brazo inflamado de su hijo, sintió que las piernas dejaban de responderle.
—Perdóname… perdóname por no llegar antes…
Emiliano lo abrazó con fuerza usando el único brazo que podía mover.
—Papá… yo sí te llamé rápido…
Mauricio rompió en llanto.
Mientras los médicos inmovilizaban el brazo del niño, una oficial se acercó con expresión seria.
—Señor Ruiz, necesitamos que vea algo.
Lo condujo hasta la habitación de Emiliano.
Todo parecía normal.
Juguetes.
Libros para colorear.
Peluches.
Pero sobre el clóset había una pequeña cámara inalámbrica apuntando directamente hacia la cama del niño.
Mauricio sintió un escalofrío.
—¿Quién instaló eso?
En ese momento Laura llegó corriendo, completamente pálida.
Miró la cámara.
Después miró a Raúl esposado.
Y, en lugar de sorprenderse, bajó lentamente la cabeza.
La detective la observó fijamente.
—Señora… por su reacción, parece que usted ya sabía que esa cámara estaba ahí.
El silencio de Laura fue mucho más aterrador que cualquier respuesta.