Lucía corrió bajo la lluvia abrazando el sobre contra su pecho como si fuera la única cosa capaz de mantenerla con vida.
Detrás de ella todavía se escuchaban los gritos desesperados de Mateo.
—¡Lucía! ¡No te vayas! ¡Regresa!
Ella no volvió la cabeza.
Durante diez años siempre había regresado.
Aquella noche sería la primera vez que no lo haría.
Al llegar al garaje trasero, abrió rápidamente su automóvil con las manos temblando.
Justo cuando iba a encender el motor, alguien golpeó la ventanilla.
Lucía dio un respingo.
Era Ernesto, el jefe de seguridad de la familia.
El mismo hombre que llevaba ocho años trabajando para Mateo.
—No tenga miedo, señora.
Ella dudó unos segundos antes de bajar apenas unos centímetros el cristal.
—¿Qué quiere?
Ernesto miró hacia la mansión.
Las voces seguían escuchándose entre los truenos.
—No tengo mucho tiempo. Ellos registrarán toda la casa buscando ese sobre.
Lucía lo sujetó con más fuerza.
—¿Cómo sabe que lo tengo?
El hombre respiró profundamente.
—Porque fui yo quien lo escondió hace dos semanas.
Lucía abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué?
Ernesto sacó una pequeña llave metálica del bolsillo.
—Dentro del sobre solo hay copias.
Ella sintió que el corazón se detenía.
—¿Copias?
—Los originales están en una caja de seguridad. Mateo nunca logró encontrarlos.
Lucía permaneció completamente inmóvil.
Durante años creyó que Ernesto era el empleado más leal de su esposo.
—¿Por qué me ayuda?
El jefe de seguridad bajó la mirada.
—Porque le debo la vida a su padre.
Antes de que Lucía pudiera responder, una explosión de cristales hizo temblar la mansión.
Ambos levantaron la vista.
Las luces se apagaron por completo.
Ernesto habló con urgencia.
—Escúcheme bien. Lo que Mateo vendió no era solamente la empresa.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
El hombre apretó la llave entre los dedos.
—También firmó la entrega de algo que nunca le pertenecía.
Lucía frunció el ceño.

—¿Qué cosa?
Ernesto levantó lentamente la mirada.
—Su hija.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es imposible.
—No es una cláusula de custodia.
Sacó un documento doblado del interior de su chaqueta.
—Es un acuerdo firmado hace cinco años… mucho antes de que usted descubriera las deudas.
Lucía abrió el papel con las manos temblorosas.
En la última página apareció una firma que reconoció al instante.
No era la de Mateo.
Era la de alguien que ella había enterrado hacía cuatro años.
Su propio padre.