Mariana observó la pantalla sin comprender una sola palabra.
No había ningún botón mágico.
Solo una aplicación abierta con un enorme círculo azul.
Los criminales comenzaron a reír.
—¿Ese idiota piensa salvarlas con un teléfono?
El joven permaneció completamente inmóvil.
—Haz exactamente lo que te digo.
Mariana, desesperada, deslizó el dedo hacia la derecha.
En ese mismo instante, el teléfono emitió un sonido agudo.
La pantalla cambió automáticamente.
Apareció un mapa en tiempo real.
Un pequeño punto rojo marcaba el callejón donde todos se encontraban.
Debajo surgió un mensaje.
“Alerta enviada. Operativo activado.”
El líder de los delincuentes dejó de sonreír.
Reconocía perfectamente aquella interfaz.
Su rostro perdió todo el color.
—¡Maldita sea…!
Uno de los matones dio un paso atrás.
—Jefe… ese sistema es de…
No alcanzó a terminar la frase.
El joven guardó el teléfono con absoluta tranquilidad.
—Demasiado tarde.
Un ruido de motores rompió el silencio.
Varias camionetas negras cerraron los dos extremos del callejón.
Las luces iluminaron cada rincón.
Los delincuentes quedaron completamente rodeados.
Hombres con chalecos tácticos descendieron de los vehículos.
—¡Nadie se mueva!
Los matones intentaron escapar.
No tuvieron oportunidad.
En pocos segundos estaban inmovilizados contra el suelo.
Mariana corrió inmediatamente hacia su madre.
La abrazó con todas sus fuerzas.
Las dos lloraban sin poder decir una palabra.
El joven observaba la escena desde unos metros de distancia.
Un comandante se acercó hasta él.
Sin decir una sola palabra, levantó la mano derecha y le entregó una carpeta sellada.
El oficial adoptó inmediatamente la posición de firme.
—Misión cumplida, señor.
Mariana levantó lentamente la vista.
No entendía por qué un comandante trataba a aquel muchacho con semejante respeto.
Entonces el joven abrió la carpeta.

En la primera página aparecieron varias fotografías de los cuatro detenidos.
Debajo de cada imagen figuraban decenas de delitos cometidos durante los últimos ocho años.
Secuestros.
Extorsiones.
Desapariciones.
Pero la última fotografía dejó a Mariana completamente paralizada.
Era el rostro de su propio padrastro.
El hombre que llevaba tres años viviendo bajo el mismo techo que ellas.
El joven cerró lentamente la carpeta.
—Todo esto empezó mucho antes de esta noche.
Mariana sintió que el mundo entero se derrumbaba.
Creía que acababan de sobrevivir a un simple asalto.
En realidad, acababa de descubrir que su familia había estado viviendo durante años junto al verdadero jefe de aquella organización criminal.