PARTE 2: LA CAJA ENTERRADA BAJO EL ARROYO SECO.

Guadalupe apagó la lámpara de inmediato.

El ruido del motor se acercaba entre el lodo mientras la lluvia golpeaba con fuerza el techo improvisado.

No tenía tiempo para sacar la caja.

Tomó unas tablas, las colocó sobre la grieta y arrastró un costal encima justo cuando los faros iluminaron el interior.

—¡Buenas noches! —gritó Cástulo desde la puerta—. Mi tío Rosendo quiso saber si seguía viva.

Guadalupe sostuvo su vientre con una mano.

—Aquí sigo.

Cástulo recorrió la construcción con la mirada.

Sus ojos se detuvieron exactamente sobre las tablas que ocultaban el hueco.

—¿Se abrió el piso?

—La lluvia levantó un poco el cemento.

Él avanzó un par de pasos.

La chiva comenzó a balar con fuerza y se interpuso entre ambos.

—Hasta los animales la defienden —rió con desprecio.

Después dejó un sobre sobre una piedra.

—Última oferta. Mi tío le paga $30,000 por todo el terreno. Si espera más, cuando anulen la compra no recibirá un solo peso.

Guadalupe ni siquiera tocó el sobre.

—Dígale que no vendo.

Cástulo sonrió con frialdad.

—Luego no diga que nadie quiso ayudarla.

La camioneta desapareció entre la tormenta.

Solo entonces Guadalupe volvió a levantar las tablas.

Don Refugio, que había llegado empapado minutos antes, descendió primero al agujero con ayuda de una cuerda.

La caja estaba oxidada, pero seguía intacta.

Entre los dos lograron subirla.

No tenía candado.

Solo un grueso alambre.

Cuando lo cortaron, apareció un paquete envuelto en lona encerada.

Dentro había decenas de escrituras antiguas, mapas dibujados a mano y un cuaderno de tapas negras.

En la primera página podía leerse:

“Propiedades del ejido Arroyo Seco. Inventario de 1986.”

Don Refugio palideció.

—Esto llevaba cuarenta años desaparecido…

Guadalupe pasó las hojas lentamente.

Había planos de manantiales subterráneos, registros de nacimientos de agua y firmas de antiguos propietarios.

Pero una carpeta roja llamó especialmente su atención.

En la portada aparecía un solo nombre.

Rosendo Cabrera.

Al abrirla encontró contratos de compra con huellas digitales de campesinos analfabetos, recibos por cantidades ridículas y varias hojas donde las superficies habían sido alteradas a mano.

Don Refugio cerró los ojos.

—Ya entendí por qué quería ese terreno.

—¿Qué significa todo esto?

El anciano respiró hondo.

—Hace cuarenta años, Rosendo no compró esas tierras… las robó usando documentos falsificados.

Antes de que Guadalupe pudiera responder, el sonido de varios motores volvió a escucharse afuera.

No era una camioneta.

Eran tres.

Las luces rodearon lentamente el terreno.

Y una voz gritó desde la oscuridad:

—¡Sabemos que encontraron la caja! ¡Entréguenla ahora mismo o esta noche nadie saldrá de aquí!

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