A la mañana siguiente actué como si no hubiera leído aquel mensaje.
Preparé el desayuno.
Me fui a trabajar.
Sonreí cuando Mauricio me preguntó si ya había encontrado el abrigo.
—Seguro aparecerá —respondí.
Pero antes de salir compré dos cámaras pequeñas de movimiento.
Una quedó escondida detrás de unos libros en la sala.
La otra dentro de una caja de zapatos en nuestro clóset.
No quería discutir.
Quería saber la verdad.
Esa misma noche desapareció otro objeto.
Mi carpeta azul con estados de cuenta, escrituras y copias de mis inversiones.
—Otra vez perdiste tus papeles —comentó doña Beatriz con una sonrisa apenas disimulada.
No respondí.
Esperé.
Dos días después, mientras Mauricio y su madre fueron al supermercado para comprar todo lo del cumpleaños de ella, revisé las grabaciones.
Al principio no ocurrió nada.
Hasta que apareció doña Beatriz entrando a nuestra habitación.
Abrió mi clóset.
Sacó la carpeta azul.
Después tomó una libreta escondida bajo su colchón.
La abrió sobre la cama.
Sentí un escalofrío.
Cada página tenía una tabla cuidadosamente dibujada.
En la primera columna decía:
“Objeto.”
En la segunda:
“Fecha.”
En la tercera:
“Reacción de Daniela.”
Y en la última:
“Nivel de duda.”
Leí algunas filas sin poder creerlo.
“Guantes — 6 de noviembre — Preguntó tres veces — Ya empieza a desconfiar de sí misma.”
“Perfume — 21 de noviembre — Lloró — Mauricio logró convencerla.”
“Documentos bancarios — 8 de diciembre — Pensó que los dejó en la farmacia.”
“Abrigo — 14 de enero — Busca cámaras del edificio. Vigilar.”

Me quedé helada.
No estaban robando por necesidad.
Estaban llevándome lentamente a creer que estaba perdiendo la memoria.
Pero lo peor aún estaba por aparecer.
Doña Beatriz guardó la libreta y sacó un sobre café escondido entre la ropa de Mauricio.
Dentro había varios estados de cuenta.
El saldo vencido aparecía marcado con plumón rojo.
$280,000.
Debajo había una carta del banco.
“Último aviso antes del procedimiento judicial.”
En ese momento Mauricio entró a la habitación.
—Si seguimos haciéndolo así, en dos meses aceptará firmar un poder para manejar sus cuentas.
Doña Beatriz asintió con absoluta tranquilidad.
—Cuando crea que ya no recuerda dónde deja las cosas, tampoco recordará lo que firma.
Daniela sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
Toda la desaparición de sus pertenencias…
Todas las burlas…
Todas las falsas acusaciones…
No buscaban volverla loca.
Buscaban convencerla de que era incapaz de administrar su propio dinero.
Y usar su patrimonio para pagar una deuda de $280,000 que jamás le perteneció.