La anciana permaneció inmóvil con el teléfono pegado al oído.
Su expresión de furia desapareció poco a poco.
El color abandonó su rostro.
—¿Quién dice que habla? —preguntó con la voz quebrada.
Del otro lado solo se escuchó una respiración lenta.
Después, una frase.
—La carne nunca salió de su refrigerador.
La llamada se cortó de inmediato.
Un silencio espeso envolvió la cocina.
Mateo observó a su abuela con desconcierto.
Ella dejó el teléfono sobre la mesa con la mano temblorosa.
Por primera vez en años parecía verdaderamente asustada.
—¿Qué quiso decir esa persona? —preguntó Mateo.
La anciana no respondió.
Corrió hacia el refrigerador.
Abrió la puerta de golpe.
La bandeja donde guardaba el resto del cerdo seguía allí.
Intacta.
Ni una sola pieza faltaba.
Mateo sintió que el corazón se detenía.
—Eso… eso no puede ser…
Él estaba seguro de haber sacado varios trozos durante tres noches seguidas.
La anciana giró lentamente hacia él.
—Entonces… ¿qué fue exactamente lo que llevabas cada noche?
Mateo tragó saliva.
Abrió la vieja mochila que había escondido junto a la puerta.
Dentro todavía quedaba un pequeño paquete envuelto en papel periódico.
Lo desenvolvió lentamente.

Los dos quedaron petrificados.
Aquello no era carne de cerdo.
Era un trozo de carne completamente diferente, mucho más oscura y con un olor metálico imposible de ignorar.
La anciana retrocedió horrorizada.
—Eso nunca estuvo en mi cocina…
Mateo levantó la mirada.
—Pero yo la saqué del mismo estante donde siempre guardabas la comida.
Antes de que pudieran decir una palabra más, alguien golpeó tres veces la ventana.
No la puerta.
La ventana de la cocina.
Los dos voltearon al mismo tiempo.
Detrás del vidrio apareció la silueta de un hombre vestido completamente de negro.
Su rostro permanecía oculto bajo un sombrero.
Levantó lentamente una linterna.
Con la otra mano sostuvo un viejo llavero oxidado.
La anciana soltó un grito ahogado.
Reconoció aquel objeto de inmediato.
Era el llavero que pertenecía a su esposo.
El mismo hombre que toda la familia había dado por muerto hacía quince años.
Mateo abrió la puerta dispuesto a correr tras la figura.
Pero afuera no había nadie.
Solo una caja de madera apoyada sobre el suelo húmedo.
Encima había una nota escrita con tinta roja.
“Si quieren saber quién puso esa carne en la casa… abran esta caja delante de toda la familia.”
La anciana comenzó a llorar desconsoladamente.
Porque conocía ese tipo de letra.
Y sabía que quien había dejado aquella caja… conocía el secreto que ella llevaba ocultando desde la noche en que su esposo desapareció.
Lee la Parte 3.