PARTE 2 – LA MUJER QUE YA ESTABA MUERTA

Isabel leyó la frase una segunda vez.

“Después del divorcio no te tocará casi nada. Después del funeral, todo será tuyo.”

Sus manos comenzaron a temblar, pero no cerró la conversación.

Deslizó el dedo hacia arriba.

Los mensajes anteriores eran todavía peores.

Doña Carmen había enviado fotografías de documentos, cuentas bancarias y escrituras. En una de ellas aparecía la casa de Valle de Bravo, la propiedad que el padre de Isabel le había dejado antes de morir.

“Tu esposa todavía no ha cambiado el testamento.”

Alejandro respondió:

“Estoy trabajando en eso.”

“¿Y si se niega?”

“Ya no tendrá fuerzas para negarse.”

Isabel sintió que la fiebre dejaba de ser importante.

Durante semanas había sufrido mareos, náuseas y un cansancio que ningún médico lograba explicar. Algunas mañanas despertaba con la garganta irritada y los brazos entumecidos. Alejandro siempre preparaba su té antes de salir.

—Estás trabajando demasiado —le decía mientras le acercaba la taza—. Tienes que dejar la farmacia en manos de alguien más.

Isabel había creído que se preocupaba por ella.

Ahora comprendía que estaba comprobando cuánto tiempo tardaba en debilitarse.

Tomó fotografías de toda la conversación y se las envió a doña Matilde. La abogada respondió inmediatamente:

“No borre nada. Apague la conexión a internet de la tablet y guárdela. Voy para allá.”

Veinte minutos después, alguien tocó la puerta.

Isabel miró por la mirilla y vio a doña Matilde acompañada por un hombre de traje oscuro que sostenía un maletín.

—Soy Tomás Varela, investigador privado —se presentó él cuando entraron—. Su padre me contrató hace seis años.

Isabel frunció el ceño.

—Mi padre murió hace cuatro.

—Precisamente por eso estoy aquí.

El silencio se volvió pesado.

Tomás abrió el maletín y sacó una carpeta amarilla. En la portada estaba escrito el nombre de Isabel y una fecha de seis años atrás.

—Don Ernesto Ortega sospechaba que Alejandro se había acercado a usted por interés —explicó—. Me pidió investigar sus deudas, sus negocios y a su familia.

Isabel sintió una punzada de indignación.

—Mi padre nunca me dijo nada.

—Porque usted estaba enamorada y él temía perderla. Pero dejó instrucciones muy claras: si algo le ocurría y Alejandro intentaba quedarse con sus propiedades, yo debía entregar este expediente.

Tomás colocó varias fotografías sobre la mesa.

En la primera aparecía Alejandro entrando en un casino. En la segunda estaba reunido con dos hombres desconocidos. En la tercera abrazaba a la mujer del coche gris.

Isabel tomó la fotografía.

—¿Quién es ella?

—Daniela Ferrer. No es solamente su amante. Es administradora de una empresa que Alejandro utiliza para ocultar deudas.

Doña Matilde señaló otro documento.

—Debe más de veintidós millones de pesos. Si sus acreedores descubren que no puede pagar, podría perderlo todo.

—Pero él no tiene acceso a mis propiedades.

—Mientras usted esté viva, no —respondió Tomás.

La frase cayó como una piedra.

Isabel se llevó una mano al pecho.

—Entonces planea matarme para pagar sus deudas.

—Hay algo más —dijo el investigador—. Alejandro no heredaría automáticamente todas sus propiedades. A menos que exista un testamento nuevo.

Doña Matilde levantó la vista.

—¿Ha firmado algún documento recientemente?

Isabel recordó una tarde, tres semanas antes, cuando Alejandro llevó a casa a un supuesto agente de seguros. Ella estaba mareada y apenas podía mantener los ojos abiertos. Le entregaron varios formularios.

—Firmé una actualización de la póliza médica.

—¿Leyó todas las hojas?

Isabel negó lentamente.

Tomás y doña Matilde intercambiaron una mirada.

La abogada tomó su teléfono.

—Voy a solicitar copias certificadas de todos los documentos presentados a su nombre durante el último mes.

Inés llamó poco después.

—Ya tengo el análisis preliminar de la funda —dijo con voz tensa—. No puedo darte detalles por teléfono, pero hay una sustancia que no debería estar ahí.

—¿Puede matarme?

La doctora guardó silencio durante unos segundos.

—Con exposición repetida, puede provocar síntomas graves. Necesito hacerte más estudios y entregar la muestra a un laboratorio autorizado.

Isabel cerró los ojos.

No era una amenaza imaginaria.

Alejandro llevaba semanas intentando enfermarla.

—Escúchame —continuó Inés—. No comas ni bebas nada que él te prepare. Y por ningún motivo te quedes sola con él.

En ese momento, la cerradura de la puerta se movió.

Todos se quedaron inmóviles.

Alejandro había regresado.

Doña Matilde guardó la tablet dentro de su bolso. Tomás recogió las fotografías y entró con ella en el cuarto de lavado, cuya puerta quedaba oculta detrás de la cocina.

Isabel apenas tuvo tiempo de sentarse en el sofá y cubrirse con una manta.

Alejandro entró cargando una maleta.

—Isa, ¿sigues despierta?

Ella fingió despertar sobresaltada.

—¿Alejandro?

—La reunión terminó antes. Tomé el primer vuelo.

Se acercó para besarle la frente, pero Isabel giró el rostro y tosió.

Él sonrió.

No era una sonrisa afectuosa.

Era la expresión de un hombre satisfecho al verla débil.

—Te ves peor —dijo—. Deberías ir a la cama.

—Prefiero quedarme aquí.

Alejandro dejó la maleta junto a la puerta y caminó hacia la cocina.

—Voy a prepararte un té.

—No tengo sed.

Él se detuvo.

—Siempre tomas té cuando estás enferma.

—Hoy no.

Por primera vez, la máscara de preocupación desapareció de su rostro.

—¿Ocurrió algo mientras yo no estaba?

Isabel sintió que su corazón golpeaba con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo.

—¿Qué tendría que ocurrir?

Alejandro la observó durante varios segundos.

Después miró hacia la recámara.

—¿Dormiste en nuestra cama?

—Te dije que estaba en el sofá.

—Claro.

Entró en la habitación.

Isabel lo vio revisar la almohada. Levantó la funda limpia, tocó la tela y miró alrededor. Luego abrió el cesto de ropa sucia.

Cuando regresó, su rostro estaba más pálido.

—¿Cambiaste las sábanas?

—Derramé agua.

—¿Dónde está la funda anterior?

Isabel apretó la manta entre los dedos.

—La tiré.

Alejandro se acercó lentamente.

—¿Por qué la tiraste?

—Porque estaba manchada.

Él se sentó a su lado.

Demasiado cerca.

—Isa, sabes que puedes contarme cualquier cosa.

—También tú.

Durante unos segundos, ninguno apartó la mirada.

Entonces sonó el teléfono de Alejandro.

La pantalla se iluminó sobre la mesa.

“Mamá.”

Él rechazó la llamada, pero casi de inmediato llegó un mensaje.

“¿Ya comprobaste que durmió en la almohada?”

Isabel alcanzó a leerlo.

Alejandro tomó el celular con rapidez.

—Es sobre un asunto familiar.

—¿Tu madre sabe que volviste?

—Sí.

—Qué extraño. Yo pensaba que seguías en Monterrey.

El rostro de Alejandro se endureció.

—¿Por qué dices eso?

Isabel se dio cuenta de que había cometido un error.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta con fuerza.

Alejandro se levantó.

—¿Esperas a alguien?

—No.

Los golpes volvieron a sonar.

—¡Señora Isabel! —gritó una voz femenina desde el pasillo—. ¡Abra, por favor!

Isabel reconoció a Rocío, la encargada de la farmacia.

Alejandro abrió solo unos centímetros.

Rocío estaba llorando.

—Necesito hablar con doña Isabel.

—Está enferma. Vuelve mañana.

—No puede esperar.

Rocío empujó la puerta y entró sosteniendo un sobre.

—Hoy vino un notario a la farmacia —dijo sin dejar de mirar a Isabel—. Preguntó por qué usted no se presentó a firmar la venta.

—¿La venta de qué?

Rocío tragó saliva.

—De la farmacia y de la casa de Valle de Bravo.

Isabel se volvió hacia su marido.

Alejandro ya no parecía preocupado.

Parecía furioso.

—Eso es un malentendido —dijo—. Yo me encargaré.

Rocío sacó una copia del documento.

—El notario dijo que la señora Isabel autorizó todo hace dos días.

Doña Matilde salió entonces del cuarto de lavado.

—Mi clienta no autorizó ninguna venta.

Alejandro retrocedió.

Tomás apareció detrás de ella y cerró la puerta principal con llave.

Por primera vez, el miedo cruzó el rostro de Alejandro.

—¿Qué significa esto?

Isabel se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero su voz salió firme.

—Significa que encontré la funda. Leí tus mensajes. Y sé lo que estabas poniendo en mi almohada.

Alejandro miró hacia la puerta, calculando la distancia.

—Estás delirando por la fiebre.

—El laboratorio no delira.

—Mi madre escribió esas cosas porque está enferma.

—¿Y también falsificó mi firma?

Alejandro apretó la mandíbula.

—No sabes en qué te estás metiendo.

—Sé que intentaste matarme.

Su expresión cambió.

Ya no intentó fingir.

—Todo habría sido más fácil si hubieras firmado cuando te lo pedí.

Rocío se llevó una mano a la boca.

Doña Matilde activó discretamente la grabadora de su teléfono.

—Acaba de admitir que falsificó documentos —dijo.

Alejandro soltó una risa seca.

—No tienen idea de quién está detrás de esto.

—Tu madre —respondió Isabel—. Daniela. Tus acreedores.

—No.

Alejandro miró directamente a su esposa.

—Tu padre.

Isabel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Mi padre está muerto.

—Eso es lo que todos creen.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, el teléfono de Isabel vibró dentro de su bolsillo.

Era un mensaje de un número desconocido.

Abrió la fotografía adjunta.

En ella aparecía su padre, vivo, sentado dentro de una habitación que Isabel reconoció inmediatamente.

Era el despacho de la casa de Valle de Bravo.

Debajo de la imagen había una sola frase:

“Si quieres saber por qué Alejandro debía convertirte en una mujer muerta, ven sola antes del amanecer.”

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