Paola permaneció inmóvil.
Su sonrisa había desaparecido por completo.
Esteban seguía sosteniendo a Valentina con una tranquilidad que contrastaba con el silencio de la oficina.
—Le hice una pregunta —repitió él—. ¿Cómo sabía quién era el padre de la niña?
Paola tragó saliva.
—Bueno… todos comentan esas cosas.
Mariana negó inmediatamente.
—Aquí nadie conoce a Rodrigo.
Nunca hablé de él con nadie.
Esteban desvió la mirada hacia los guardias.
—Cierren la puerta.
Los dos obedecieron sin hacer preguntas.
La oficina quedó completamente en silencio.
Valentina seguía dormida sobre el pecho del empresario, ajena a todo.
Entonces sonó un teléfono.
Era el de Paola.
En la pantalla apareció un nombre.
Rodrigo.
Mariana sintió que el estómago se le revolvía.
Esteban alcanzó a leer el identificador antes de que Paola escondiera el celular.
—Conteste.
Ella dudó.
—Ahora.
Temblando, respondió y activó el altavoz.
—¿Ya la encontraron? —preguntó la voz de Rodrigo sin siquiera saludar—. Dile a la gerente que no deje salir a Mariana con la niña. Yo voy para allá con mi mamá.
Nadie habló.
Rodrigo continuó.
—Si logramos demostrar que ella mete al bebé al trabajo, el juez me dará la custodia mucho más fácil.
Mariana sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
No era una casualidad.
Todo había sido preparado.
Paola apagó la llamada con manos temblorosas.
Esteban la observó durante unos segundos.
—Así que utilizó este restaurante para organizar un problema familiar.
Ella intentó justificarse.
—Solo quería ayudar al padre.
—No.
Interrumpió Esteban.
—Quería perjudicar a una empleada.
Y eso es muy distinto.
Quince minutos después, Rodrigo llegó acompañado de su madre.
Entraron al restaurante convencidos de que encontrarían a Mariana sola y desesperada.
La primera persona que vieron fue a Esteban Larios.
Con Valentina todavía dormida en brazos.
Rodrigo se quedó paralizado.
—Yo… vine por mi hija.
Esteban no respondió de inmediato.
Miró primero a Mariana.
—¿Él aporta regularmente para la manutención?
Ella bajó la cabeza.
—Hace meses que no deposita nada.
La madre de Rodrigo dio un paso adelante.
—Mi hijo puede ofrecerle una familia estable.
Mariana sintió ganas de reír.
Estable.
El mismo hombre que desaparecía durante semanas y solo llamaba cuando necesitaba aparentar ser un buen padre.
Esteban entregó cuidadosamente a Valentina a su madre.
Después se volvió hacia Rodrigo.
—¿Puede decirme cuándo fue la última vez que compró pañales?
Rodrigo abrió la boca.
No respondió.
—¿Qué leche toma su hija?
Silencio.
—¿Cuándo fue su última vacuna?
Otra vez nada.
El empresario asintió lentamente.
—Entonces no ha venido por ella.
Ha venido por una oportunidad.
La oficina volvió a quedar en silencio.
En ese momento llamaron a la puerta.
Era el jefe de recursos humanos.
Traía una carpeta.
—Señor Larios, encontré algo que debería ver.
Dentro había varias solicitudes firmadas por Mariana durante los últimos meses.
Cambios de turno.
Permisos para consultas pediátricas.
Y tres reportes disciplinarios.
Todos firmados por Paola.
El problema era que las cámaras del restaurante demostraban que, en dos de esas fechas, Mariana había llegado puntualmente.
Los reportes eran falsos.
Esteban cerró lentamente la carpeta.
Miró directamente a Paola.
—¿Cuántas veces intentó provocar su despido?
Ella comenzó a llorar.
—Solo seguía instrucciones.
Rodrigo levantó la cabeza de golpe.
—¡No me metas en esto!
Paola lo señaló con el dedo.
—Tú me prometiste que, si Mariana perdía el trabajo, aceptarías volver contigo y podrías pedir la custodia.
La oficina estalló en murmullos.

Mariana sintió que el aire volvía a entrar en sus pulmones.
Por fin todo tenía sentido.
Los retrasos.
Las humillaciones.
La desaparición de Valentina.
Nada había sido casual.
Esteban tomó el teléfono interno.
—Seguridad.
Necesito que acompañen a la señora Paola y a estos dos visitantes hasta la salida.
Y, por favor, que nadie borre las grabaciones de las cámaras de hoy.
Cuando los tres fueron escoltados fuera del restaurante, Mariana rompió a llorar por primera vez.
No de miedo.
De alivio.
Pensó que también perdería el único trabajo que le permitía alimentar a su hija.
En cambio, Esteban tomó una hoja y la deslizó hacia ella.
—Léala con calma.
Mariana observó el documento.
Era un contrato.
Ascenso a supervisora de operaciones.
Con aumento de sueldo.
Y un beneficio adicional.
Guardería conveniada para hijos de empleados.
Lo miró sin poder hablar.
—¿Por qué haría esto por mí?
Esteban sonrió por primera vez.
—Porque una madre que, con solo trescientos cuarenta y dos pesos en la cuenta, sigue levantándose para trabajar en lugar de abandonar a su hija…
Es exactamente el tipo de persona que quiero dirigiendo este restaurante.
Mariana abrazó con fuerza a Valentina.
Mientras besaba su pequeña frente comprendió que aquel día había llegado pensando que lo perdería todo.
Y terminó recuperando algo mucho más importante.
La certeza de que nadie volvería a utilizar el amor que sentía por su hija para destruir su vida.